Mi vida en pocas palabras (II)

GK02G
Por Gengis Kant.

Las premisas de mi vida ya estaban puestas: dificultad para saber si, cuando me encontraba en la calle, me encontraba fuera o dentro de mi casa, y viceversa; ambigüedad de todo lo que ocurría en mi colegio, incluido lo que le sucedía a su misma naturaleza; una ciudad que, siendo capital de una provincia, iba en camino de convertirse en un barrio de otra, con el añadido de no poder precisar si se halla en el límite de la Alcarria que da a la Campiña o en el de la Campiña que da a la Alcarria. ¿No es natural que en el discurso de mi vida haya tenido siempre presente que de todo puede decirse que tiene dos caras?

Una duda universal circula a través de las cosas, ninguna de las cuales se fía de ser realmente lo que es. Una incongruencia juguetona y revoltosa tiene mareada a la realidad. Nada se está quieto. Nadie bebe dos veces del mismo vaso, ni siquiera una, pues un flujo profundo hace que, antes de que cambie, el vaso ya sea otro. Todo está al revés. Habla el que debería callar y escucha el que debería hablar; el único que no llora en los entierros es el muerto.

Yo sé quién es el responsable de que el ser tenga esa manera tan rara de ser. La gente piensa, se ve que sin pensarlo, que todo ser es lo que es, y se queda tan tranquila. Cree que un objeto determinado, una vez que ha sido fabricado, no necesita que nadie lo ayude para ser ese determinado objeto; que una palangana es una palangana, así sin más, o que la región de Cochín se basta a sí misma para ser la región de Cochín, como si tuviera plena soberanía para ser lo que es. Eso es mentira. Lo sustantivo de las cosas no está en ellas sino en su nombre. Todo es según la palabra con que se dice. No hay nada detrás del verbo. ¿La vida? Un cuento.

Sigo con el de la mía.

Para mi primera comunión se empeñaron mis padres en disfrazarme de almirante, cuando les había insistido en que quería ir vestido de un modo sencillo, con el uniforme de campaña de los boinas verdes. La conciencia la llevé muy negra, ya que comulgué cometiendo un pecado mortal. No digo que estuve pecando por un lado mientras comulgaba por otro —a tanto no llegaba mi capacidad— sino que la comunión fue el propio pecado. Esto hay que explicarlo.

Por aquella época —hablo de los ocho años— ya empezaba a practicar, como autodidacta, unos ejercicios que prefiguraban in nuce lo que terminaría siendo, aunque con gran aparato y mucho alboroto, una masturbación. Consistían dichos ejercicios en ponerme boca abajo en la cama y restregarme como si me la estuviera follando, una clase de movimiento que le será familiar a cualquiera que haya visto algo de porno. Puede afirmarse sin temor a errar en lo esencial que aquella actividad no era exclusivamente atlética —una especie de abdominales ejecutados por una lagartija— si se tiene en cuenta el hecho de que, a la vez que la llevaba a cabo, pensaba que la catequista que me preparaba para la primera comunión era mi hermana mayor y me ayudaba en todo.

Ahora los curas son muy permisivos, y no ven pecado por ningún lado. Todo lo comprenden; lo importante es que haya amor, poder cantar juntos.

—Padre, no puedo dormir desde que violé a un niño…

—Eso no es nada, hijo. Escrúpulos tuyos.

—… y luego me lo comí.

—¡Ah! Eso es otra cosa. Eso es gula.

Los curas de mi época no toleraban siquiera, si no querías terminar en el infierno, que te movieras en la cama.

Estaba claro que, antes o después, iba a tener problemas con la iglesia. El primero se produjo el día de mi primera comunión. Entonces se pensaba que había que comulgar teniendo la conciencia limpia de todo pecado mortal. Si no lo hacías así, cometías otro pecado mortal. La limpieza se conseguía mediante la confesión.

Así que fui a confesarme antes de comulgar. Nadie me había dicho que la confesión no tiene por qué ser un relato detallado del pecado, sino que, como enseña Trento, basta con nombrar la especie, el número y las circunstancias relevantes. «Padre, he pecado contra el sexto. Cuarenta y dos veces. Pensando en una MILF». Y ya está.

Pero yo estaba convencido de que mi deber era hablarle al cura de aquellos movimientos con todo tipo de detalles. Pensé que tendría que precisar la dirección y la cadencia: primero hacia arriba y luego hacia abajo, primero despacio y luego deprisa; ubicar con exactitud topográfica la posición del calzoncillo, si muy caído o algo menos; meter, por último, a la catequista en la historia.

Naturalmente, no fui capaz; y el que había imaginado durante mucho tiempo como un día maravilloso, en el que sería el protagonista absoluto del grupo de familiares y allegados, paseándome en mitad del convite acompañado de un aplauso general y continuo, con la cantimplora, la metralleta y el resto del uniforme de comunión, se convirtió en uno de los más lúgubres. Y así, en pecado mortal, estuve muchos años, sin librar un solo día. Todo, por no saber resumir.

Ésa fue mi primera experiencia religiosa.

De política también empezaba a tener alguna idea, si bien más fantástica: la de un mundo de fábula habitado por héroes legendarios, como aquel terrible Vagamonte de los libros de caballería, un portentoso cazador y pescador surgido de las brumas galaicas, cuya impetuosidad lo llevó en más de una ocasión a no ceñirse a lo estipulado en su licencia de armas, que por algo era un semidios.

De él descendía el señor de El Ferrol que mis padres me presentaban como ejemplo de persona cumplidora y laboriosa. Todo el día estaba ocupado, yendo de un sitio a otro, y siempre tan alegre. Entre los muchos oficios que me dijeron que tenía, estaban los de Caudillo, Cruzado, Ingeniero de Obras Pública y no sé cuántos más. El de Franco creo que fue el empleo que más le duró.

De los años de mi infancia también recuerdo que una tarde vi pasar a un negro.

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