Mi vida en pocas palabras (III)

ValeQuienSirve2
Por Gengis Kant.

Llegó un momento en la carrera de mi vida, cerca ya de los diez años, en el que me entraron unas ganas enormes de entrar en la Organización Juvenil Española. En aquella institución falangista, heredera del ardoroso Frente de Juventudes, tendría la oportunidad de llevar uniforme militar, desfilar en las procesiones de Semana Santa, jugar al billar y leer tebeos, me aseguraban amigos que ya eran socios.

La OJE no me falló en ninguno de esos aspectos. Tengo sobre todo la satisfacción de poder afirmar, sin temor a que ningún testigo me desmienta, que mi escuadra desfiló en las procesiones más distinguidas de la ciudad, en las que fue muy celebrado nuestro paso sencillo, sobrio; adornado, sí, con alguna galanura, pero sin caer en los aspavientos grandilocuentes de la escuela germánica.

Allí también me formé en el billar, el futbolín, el dominó, el petaco y otros juegos de salón, siempre con el cigarro en la boca, una condición imprescindible para abordar  dichas actividades con algún éxito. En este terreno la OJE, con sus precios inigualables, hacía una competencia muy dura a locales tan acreditados en el ramo del ocio juvenil como los billares del Orejas. También disponíamos de una cantina, para que fuera completa, según el mando, la instrucción premilitar.

No todo fue desfilar y fumar. Había llegado el momento en que uno quiere enamorarse, aunque me daba mucha pereza pensar en quién. Mientras me aclaraba sobre ese particular, me mantuve completamente fiel a la masturbación; y ella a mí otro tanto, por lo que jamás seré de ésos que la mencionan con desdén. Practiqué el sexo solitario, que dicen algunos, a la espera de que apareciese al menos una muñeca hinchable. Los más imaginativos y ambiciosos de nosotros ya comenzaban a tener claro del todo que querían ligar con chicas de carne y hueso, aunque éstas sean menos cariñosas. De follar apenas se hablaba porque nadie sabía muy bien para qué servía, aunque intuíamos que para decir que lo has hecho.

Lo mejor de la OJE eran las excursiones. Todos los años viajábamos, para rendir armas ante la tumba de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, al Valle de los Caídos, donde lo pasábamos bomba. También nos llevaban a otros sitios, en especial a lugares de categoría, como Toledo, Cuenca y Madrid-Barajas; al último, con objeto de contemplar esos objetos fascinantes que despiertan en nosotros los sueños más maravillosos: los aviones y las actrices americanas. Siendo consciente de mi carácter impresionable, no me atreví nunca a salir a la terraza desde la que casi se podían tocar los aviones. Me conformaba con sentarme delante de un cartel enorme que anunciaba todos los vuelos. En él no cesaban de cambiar los lugares de destino y procedencia, las salas de embarque, los retrasos… Qué vértigo le entraba a uno ante ese frenesí. La única decepción que me llevé fue la de no coincidir, entre tantos anuncios, con el de la llegada o la partida de alguna actriz. Le hubiera hecho una foto bien bonita al cartel.

De la ideología falangista no recuerdo que nos hablara nadie en la OJE. La razón principal fue que allí no había nadie para hablarnos de nada, a excepción del señor Julián, que trabajaba como encargado de la sala de juegos; pero él ya tenía bastante con regañarnos por la cantidad de cosas que rompíamos. Los responsables de armonizar en un mismo discurso las estrellas y el sindicato, los puñetazos y las montañas, eran funcionarios, no apóstoles, y es bien conocida por todos esa ley natural, eterna, sindical, que evita que la función pública salga del despacho, único modo en el que podríamos haber recibido, entre carambola y carambola, aquella mística a la vez que viril instrucción. No fue posible, pues, el encuentro entre guía y guiado, entre maestro y discípulo. El rayo doctrinal no pudo atravesar las densas nubes de pólizas, circulares y estadillos del negociado de propaganda.

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