Mi vida en pocas palabras (IV)

Ateneo
por Gengis Kant.

Contrasta con la sequía comunicativa de la Falange, propiciada en cierta medida por el laconismo a lo militar de sus funcionarios, la compulsión difusiva que aqueja a quienes, de tanta prisa que les corre por difundir lo que sea, no se informan previamente de eso que quieren difundir. Enseñan lo que no han estudiado, cosa que no les importa mucho, pues, con tal de transmitir, se contentan con transmitir la ignorancia. No cabe duda de que la divulgación es una cosa muy buena, pero siempre que ellos se pongan en el lugar adecuado, que no es otro que el de quien puede beneficiarse de la misma.

La manía comunicativa puede atajarse fácilmente en la adolescencia, pero para ello hace falta que los padres y profesores estén atentos a los primeros síntomas. Hay que actuar inmediatamente si el crío quiere colaborar en la revista, o en la emisora, del colegio. También les gusta mucho retozar en lo común, en lo comunicado. En mi juventud solían ser comunistas. Tuve trato con algunos.

Los que yo conocí se reunían en una casucha medio derruida que habían alquilado unos hermanos para usarla como taller de actividades manuales. En ese chamizo se entretenían los hermanos con sus cosas, sin mayores pretensiones que las que puede tener el preso que, para no aburrirse, se fabrica una navaja con lo primero que encuentra, o las del que, sin saber en qué ocupar las tediosas horas de incumplimiento laboral, termina por hacerle a su mujer un collar con huesos de aceituna. Los hermanos eran eso que siempre se ha conocido como ‘unos manitas’. Hacían virguerías con el alambre.

Para reducir gastos, decidieron compartir el taller con unos conocidos suyos. Uno hacía cosas muy graciosas con unos tapones de corcho, otro montaba un bergantín con una lata de sardinas y media docena de mondadientes, un tercero aprovechaba un poco de cartón y otro poco de cuerda para hacerse unas sandalias de ésas que habrán visto ustedes a menudo, de estilo meditación. Mejor eso que andar por ahí emborrachándose. También hubo quien se atrevió con el dibujo, que ya es otro nivel.

Llegó más gente. Los nuevos no vieron qué mérito tenía hacer esas cosas habiendo adquirido previamente el arte de hacerlas, como un vulgar artesano, o a lo sumo un artista conservador. Ellos aspiraban a mucho más; querían ser creadores. Para ello no es necesario aprender nada; más bien estorba el aprendizaje, porque mata la espontaneidad. Con la libertad que concede no saber qué hacer ni cómo hacerlo, uno decidió que era un artista abstracto, ya vería más tarde en que campo del arte; otro, un incomprendido. Alguno descubrió que su propia vida era una obra de arte, que situó muy acertadamente en la corriente minimalista. “Lo importante es lo que sientas dentro de ti; pasa de lo demás”.

Va de suyo que tenían que ser también intelectuales. Si eres artista de verdad, debes pronunciarte sobre la estanflación, la calidad de vida de las cucarachas y el Concilio de Nicea. Por esta vía alcanzaron la condición de pensadores, y no por la trillada de enlazar una idea tras otra siguiendo las reglas de la lógica, que es el método que sólo sigue el que no sabe que razonar es un arte musical, como sabe cualquiera que haya aprendido a tocar el pico de oro. También va de suyo que el método idóneo para ser un intelectual es comportarse del modo que se espera de alguien así, como comprendió aquél que mostraba su afición por los viajes a nivel de auto-stop porque es el mejor modo de realizarse a nivel interhumano, o el que atribuía las victorias del Capitán Trueno a que la correlación de fuerzas siempre le era favorable.

La cosa no tenía vuelta atrás, y el viejo taller de artesanía se convirtió en un taller de agitación artística y provocación ideológica, una especie de ateneo juvenil si se me permite la paradoja.

Fue uno de esos lugares -verdaderos nichos ecológicos- donde prospera el tipo humano que los historiadores de la vida cotidiana denominan ‘concienciado’, cuyo rasgo más sobresaliente es el de conocerte mejor de lo que es capaz tu propia conciencia, que no está nada concienciada y por eso es muy superficial.

Proliferaron los que sabían, en virtud de sus dotes para el buceo, que la democracia occidental es en realidad una dictadura de la burguesía, a la que habría que oponer, según los que se encontraban en un grado más agudo de concienciación, la verdadera democracia, que es la dictadura del proletariado. Eso tú no lo sabías porque estabas alienado, te decían; porque eras gilipollas, entendías. En seguida aparecieron aquéllos para los que nada de lo que haces se debe a lo que tú crees. Así, si te rascas la cabeza, es porque tu sexualidad deja mucho que desear; si no te la rascas, por lo mismo. También pertenecieron a la orden de la Concienciación ésos según los cuales, se haga lo que se haga, todo está al servicio del sistema. La misma lucha contra él forma parte de su estrategia de perpetuación. Esto es así porque el sistema está dentro de nosotros, cosa que sabe cualquiera menos tú, decían a cualquiera con el que se encontraran. Y pertenecen hoy las que no pasan por alto que, cada vez que abres la boca, perpetúas con tu lenguaje el machismo que no ve en el cuerpo de la mujer más que un cuerpo.

A lo largo de la vida he tenido que soportar a unos cuantos de estos personajes, todos ellos empeñados en ser continuamente profundos. No digo que no lo sean, sólo que lo son sin ton ni son, tanteando a ciegas, sin tino ninguno; como un topo pero en más tonto. Sepultados allá abajo en su profundidad, siempre a oscuras, no hay manera de que comprendan hasta qué punto lo mejor que se ve de cualquier cosa es la superficie, donde le da la luz. El conocimiento es superficial por definición. Si cortas un objeto por la mitad para ver qué hay dentro de él, te topas con las dos caras de la raja que le has hecho; el resto queda oculto. Si sigues troceándolo, en cachos cada vez menores, el ojo siempre chocará con alguna superficie. El concienciado jamás lo sabrá porque no tiene la paciencia necesaria para ponerse a cortar poco a poco, de fuera adentro, profundizando gradualmente, y así descubrir la infinita superficialidad que esconden las cosas. Condenado a ser eternamente joven, quiere ser profundo desde el principio, sin ningún esfuerzo, como si ése fuera su estado desde que nació. Por ello lo es de un modo superficial. Si ustedes quieren que les dé un consejo, sólo les diré que no lo imiten por nada del mundo; al contrario, fíense del sentido de la obviedad, el más sano de todos, y procuren por todos los medios a su alcance y con la máxima energía de la que dispongan ser intensa, profundamente superficiales.

Concienciados hasta las cachas y con una incorregible necesidad de comunicación y difusión, los del taller de arte y ensayo del que me ocupo tenían todo lo que necesitaban para salir a la calle y presentarse ante el universo en unas jornadas que calificaron de culturales a tope. Lo abarcaron todo. En la sección literaria se siguió con una salva atronadora la lectura de unos poemas del compañero Miguel Hernández, más que justificada por los huevos que le echaron los que leyeron, con la pasma rondando por allí. En la de artes plásticas tuvo que haber sus más y sus menos, aunque nada de ello transcendiera, acerca de una serie de viñetas satíricas. La mayoría de la gente se partía de la risa, pero está en la lógica de las cosas que el artista abstracto se opusiera a la exposición de una obra nada arriesgada, totalmente ceñida a la figuración de siempre, completamente ajena a los nuevos lenguajes estéticos, ante la que se imponía absolutamente la necesidad de cubrir un hueco imperdonable en el humor gráfico español mediante la edición de un tebeo inspirado -total, completa y absolutamente- en el expresionismo abstracto. Por último, en la musical se disfrutó hasta no poder más de un concierto para verbena, una alternativa al solfeo fascista. Puede decirse que no faltó casi de nada aunque casi todo lo que hubo no fue nada. En todo caso “lo importante fue que la gente respondió”.

Frecuenté durante algún tiempo su sede a causa del trato que mantenía con bastantes de los novicios, algunos más sensatos que aquéllos por los que se dejaban influir. La ininteligible jerigonza que les impartían, un galimatías sin pies ni cabeza, mucho más cerca del culto a Hermes que de la claridad científica, recibía -nunca se supo por qué ése y no otro cualquiera- el nombre de marxismo-leninismo. Esa etiqueta tuvo sus consecuencias en los ateneístas de base. En efecto, ¿qué cosa puede ser más natural que pedir el ingreso en un partido -tal el PCE- que también se llamaba marxista-leninista sin que en aquel momento se supiera ya por qué? Y luego hay quien dice que los nombres no son lo importante.

Que algo tan enrevesado como la teoría marxista, una glosa a unas cosas que dijo Hegel, que es otro que se las trae, les pareciese evidente a quienes nunca les había interesado demasiado saber por dónde cae el sujeto de una oración y cómo se distingue un complemento indirecto de un aeroplano -un conocimiento sin el cual no puedes saber si te están invitando a una boda o si eres el novio- es un fenómeno tan milagroso como que unos niños de Fátima hablaran con la Virgen en una época en la que ella no vivía en Portugal. ¿O fue ese desinterés hacia la sintaxis el que obró el milagro?

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