Humor, violencia y poder

jajaja-jujuju
por el Camarada Sërgëi.

El año empezó mal. El 7 de enero entraron dos terroristas en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo y asesinaron a diez personas: «Cabu», «Charb», «Tignous», Georges Wolinski, Philippe Honoré, Bernard Maris, Mustapha Ourad, Elsa Cayat, Frédéric Boisseau y Michel Renaud. Al salir de la redacción asesinaron en la calle a dos policías: Franck Brinsolaro y Ahmed Merabet. Un día después, mientras la gendarmería francesa todavía buscaba a los terroristas, un tercero asesinó a la policía Clarissa Jean-Philippe. Al día siguiente, el terrorista entró en un supermercado judío, donde tomó como rehenes a algunos empleados y clientes, y asesinó a François-Michel Saada, Philippe Braham, Yoav Hattab y Yohan Cohen. Los tres terroristas fueron abatidos finalmente por la policía. La revista Charlie Hebdo ya había sido atacada anteriormente y el motivo esgrimido por los fanáticos era la publicación de caricaturas de Alá.

He tenido conversaciones con algunos amigos sobre los atentados y la pertinencia del humor de Charlie Hebdo. Alguno sostiene que no es lícito reírse de las creencias religiosas. El debate, en general, se centra sobre este punto: los límites del humor, las lindes de la risa, las fronteras del cachondeo; y por encima de todo los límites, lindes y fronteras de la libertad de expresión. Evidentemente, el enfoque es incorrecto.

El único tema a debatir es la pertinencia de responder a una burla con un asesinato. Aunque en principio se trataría de una discusión breve y unánime, hay quien podría alargarla innecesariamente. Al Papa de Roma le parece que la violencia es una respuesta normal, pero también cree que comerse un trozo de pan aplastao es algo sagrado y que si te masturbas irás al infierno: no es la persona idónea para debatir absolutamente nada que no tenga que ver con sus rituales o directrices religiosas. Ese tipo de asesinatos no sólo le parecen lícitos, sino que también son jaleados por una gran cantidad de creyentes musulmanes, pero estos son defensores de la lapidación, de la ablación del clítoris y de segarle el cuello a cualquiera que no piense como ellos. De la opinión del resto de musulmanes se sabe bien poca cosa, y aunque traten de desviar el tema hablando de lo sagrado que es su profeta, juraría que están de acuerdo con que el asesinato no es la respuesta adecuada a una caricatura.

El debate tendría que zanjarse aquí, pero lamentablemente y como hiciera en su día Jyllands-Posten, el diario danés que publicó caricaturas de Mahoma, la redacción de Charlie Hebdo ha decidido no volver a dibujar nunca más la imagen del profeta. Ha ganado el miedo, y por tanto han ganado los asesinos y aquellos que les apoyan. Quienes criticaban la burla pueden estar satisfechos, ya sean musulmanes, cristianos o laicos sentimentales que no soportan que nadie se ría de las creencias de los otros. No que las asesine, cosa por otro lado imposible, ni siquiera que las prohiba: sólo que se ría de ellas.

Meses después surgió una nueva polémica sobre el humor. Las elecciones municipales de mayo de este año llevaron a la alcaldía de la capital de España a Manuela Carmena Castrillo, cabeza de lista del partido Ahora Madrid. Al formar su gobierno municipal en mayo, se publicitaron algunos chistes que uno de sus futuros concejales había escrito en una red social. Los chistes eran antisemitas o se referían a víctimas de eta y eran más viejos que la tos: cómo meterías a seis millones de judíos en un seiscientos, esto que va Irene Villa y…, etc. Lamentablemente no tengo espacio ni posibilidad de listar, como he hecho con el caso de los asesinatos de París, los seis millones de judíos asesinados por los nazis, ni las cerca de ochocientas víctimas de eta, pero creo que los lectores de este artículo conocen quiénes son el objeto de burla de esa persona.

También he debatido con amigos la necesidad de transgredir los tabúes y hacer chistes sobre judíos o Irene Villa. En general hemos llegado a una misma conclusión: no debería estar penado contar este tipo de chistes. Otra discusión distinta es si un austrolopitequiforme como el concejal de Ahora Madrid puede ejercer su cargo habiendo demostrado la misma talla moral e intelectual que un protozoo.

En las charlas sobre los límites del humor y la necesidad de la transgresión hubo algún caso curioso. Uno que minutos antes había mostrado su pesadumbre porque de pequeño fue objeto de fieras burlas por parte de sus compañeros, sostenía que era no sólo lícito sino necesario hacer chistes de mutilados o deformes. Otro estaba muy obsesionado con «los chistes de eta». Los llamaba así. Quiero hacer una aclaración terminológica: así como son «chistes de judíos» y no «chistes de nazis», no son «chistes de eta» sino «chistes de víctimas de eta». El matiz es importante porque señala quiénes son el objeto de las burlas: las víctimas, los asesinados; es decir, los débiles, los que terminaron perdiendo.

Entramos aquí en el papel y el objeto de los chistes, la meta final de la burla. Pienso que el humor es una herramienta poderosa para combatir el poder. No estoy de acuerdo con Rudolph Herzog cuando dice que es inútil. Si lo fue en la Alemania nazi se debió a que estuvo tan reprimido que sus escasas manifestaciones cayeron en saco roto. Y si la represión, cuando la hubo, fue tan brutal, se debió al miedo que el poder tiene de los chistes. La risa, en definitiva, ha de cuestionar el poder y no ha de humillar a las personas. Las caricaturas de Jyllands-Posten y de Charlie Hebdo no se burlaron de nadie, sino que cuestionaron el poder que la religión musulmana tiene sobre sus creyentes y sobre quienes osan criticar su fe. Un chiste sobre Irene Villa no está cuestionando el poder del gobierno de turno, sino que se está riendo de una niña que sufrió un atentado. Se está riendo, además, de su madre y de todos aquellos que han sufrido los asesinatos etarras y la extorsión de los terroristas.

Es llamativo, por ejemplo, que apenas haya auténticos «chistes de eta», es decir, chistes que cuestionen el poder que ha ejercido eta con su violencia en España. Los etarras y quienes les apoyan tienen una sorprendente cualidad común: salvo alguna excepción, son todos feos y más horteras que Espinete con el tanga de Borat, y no se prodigan los constructos humorísticos que se burlen de ello. Y aún más: han muerto varios terroristas porque los muy imbéciles han manipulado mal las bombas y han regado de tripas el lugar donde reventaron, y sin embargo no hay chistes que los ridiculicen, o al menos no son tan populares que uno pueda encontrárselos en el twitter de nadie. No deja de ser llamativo que quienes defienden la transgresión tengan como objetivo a los de siempre.

Qué curioso: en esos casos de «autoexplosión de etarras» la policía científica jamás encontró trozo alguno de cerebro incrustado en las paredes o esparcido por el suelo. Esto, por supuesto, no es verdad: se trata de un chiste. Lamento que sea tan malo, pero esta es otra de las características de los chistes sobre judíos, víctimas de eta, minusválidos, etc.: son muy malos. Es posible que su mecanismo de transgresión provoque la risa cuando uno tiene diez años y está aprendiendo cuáles son los límites de todo lo que le rodea y de todo lo que percibe; más allá, el mecanismo lingüístico o metafórico del chiste se antoja más simple, rudimentario y evidente que el desarrollo de una berza, por lo que la supuesta transgresión queda reducida a un regüeldo.

El humor ha de ser inteligente, y no es inteligente un chiste que no sea posible contarlo personalmente a Irene Villa, a su madre, o a un judío que de haber vivido en 1939 tenía muchas posibilidades de morir en Auschwitz, sin que nadie llegara a saber jamás dónde diablos podrían estar sus cenizas.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓