Sé dónde vives

Hipster macarra
por el Camarada Sërgëi.

Berlín, segunda década del siglo XXI. Un día sales a la calle y en lugar de encontrarte con el vecino abotargado que baja la basura en chándal raído y chanclas con calcetines marrones, te tropiezas con un joven bigardo de melena repeinada hacia atrás y barba cuidada hasta el último pelo. Ya no está el Renault amarillo y abollado aparcado en la acera, ni el Corsa de los ochenta, ni el Fiat Panda rojo con una puerta verde pintada a brochazos. Han sido apartados por Mercedes, Audis y BMW. Los conducen tipos extraños; vestidos con vaqueros y camiseta, sí, pero algo no encaja. Si tuvieras el ojo entrenado verías que los vaqueros no son como los tuyos del baratillo, ni las camisetas de propaganda: apestan a dinero. Aunque aguanta el bar, han desaparecido los borrachuzos y los pequeños negocios. La papelería es ahora una panadería de estilo vintage y se ven carritos ultramodernos de bebé empujados por madres casi cuarentonas, en lugar de los carricoches empujados por las chonis autóctonas de diecisiete años. Te encuentras en medio de estos cambios subitáneos como si tú fueras el único que se ha mudado pese a que lleves diez años viviendo allí. Las manadas de turistas han aumentado, han surgido esos extraños seres llamados hipsters y los punks y antifas de la ciudad pretendieron echarlos a patadas. Burda e inútil estrategia. Los exquisitos miembros de la tribu del lumpenproletariado estamos condenados a huir de nuestros barrios. Suben los alquileres, desaparecen las tiendas útiles, se construyen pisos caros donde antes se erigía el muro y desaparecen los inmigrantes.

Es la gentrificación, tío. La has vivido antes, cuando la calle donde te criaste se asfaltó, las huertas se transformaron en plazas de hormigón y en el descampado construyeron el nuevo pabellón de la Peña. Tus vecinos, de repente, comenzaron a hablar en catalán. Esbozas una sonrisa de asentada superioridad cuando alguien critica a José Luis Guerín porque su película terminara así, con una pareja catalanoparlante que compra un piso en el Raval. Pero tú todavía aguantas, porque en esa esquinita del barrio donde vives aún permanecen árabes, turcos y los hoscos obreros alemanes, tan lombrosianos y josephrothianos. Se han unido desde hace algún tiempo familias judías ultraortodoxas y de momento la convivencia parece pacífica. El muro seguía el trazado de la Bernauerstrasse. El este está completamente tomado por las nuevas hordas de nuevos ricos de nuevos coches y nuevos pisos y nuevas parejas y nuevos niños. En el oeste aguantamos los viejos forajidos, pero nos queda poco. Casi a la altura de la Voltastrasse ya han abierto una hamburguesería chic. Y contemplas perplejo la avanzadilla que anuncia inexcusable e impepinable la llegada de los colonos: las tiendas bio. Se alzan de repente, barbacanas del pijerío, entre las franquicias de hamburguesas, los supermercados turcos y las tiendas del todo a cien.

No todo son desventajas, al menos a primera vista. Siguen siendo tus vecinos de enfrente la anciana que se pasea en bragas por la casa, el joven embrutecido que juega a la play y los supuestos camellos neonazis que tienen las ventanas tintadas de blanco españa y la bandera alemana carcomida en el balcón, pero han llegado nuevos inquilinos. La vecina de al lado, quizá recién divorciada, que la otra noche llegó a casa a las tantas con una ponzoña histórica; las jóvenes del segundo, que te miran como si fueras uno de esos fósiles marinos que te encuentras en ciertas cumbres montañosas; la displicente muchacha del entresuelo, que troca en la mirada la curiosidad por el desprecio. Tus favoritas son las del otro lado. Las del ático, que a veces salen a fumar y te observan mientras humedeces la caracolera, y muy especialmente la rubia de la esquina. Es tan metódica. Sale a correr cada día a la misma hora, está un rato en la cocina, cocinando, recogiendo, fregando. No puede faltar la planta de hierbabuena en el alféizar. Y la ventilación. Abrir la puerta del balcón, cerrar la puerta del balcón. Es joven, tiene un cuerpo bonito y la distancia te impide ver si es realmente guapa. Parece trotar por la vida al ritmo de un tic-tac monótono e interminable, preguntándose si ha regado suficientemente la planta de hierbabuena o si ha cerrado la puerta del balcón, que se barrunta la tormenta. No le he visto todavía chico en casa, pero conviene mantener la calma. El día menos pensado llegará un repeinado en un Mercedes y habrá campanas de boda y tendrán que mudarse, porque el piso es pequeño. Se instalará un nuevo inquilino, joven aunque sobradamente preparado. Calculas que seguirás aquí, regando las patatas y las malas hierbas, tan jugosas para tu caracoles. Algunos se te han muerto, quizá por culpa de algún parásito, quizá por exceso de sequedad en invierno. La mayoría aguanta y este mes han criado. Los humedeces a diario y por las noches salen a pacer dos o tres docenas de pequeñines, con su casa a cuestas.  

 

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