Instaladores desbocados, IV. Jefe perro

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por Claudio Sífilis.

Manuel Furia Hispánica, de apodo, pero como a veces pasa con los apodos, le quedaba mejor que sus apellidos. Iba al polígono industrial en su Renault Clío rojo vestido con elegante traje y coloridas corbatas. Era un ingeniero en prácticas recién titulado al que se le asignaron los siguientes trabajos para empezar en el mundo laboral:

– Implantar el sistema de gestión ISO 9000 y conseguir el certificado de calidad.
– Coordinar los temas de riesgos laborales a través del servicio de prevención ajeno.
– Implantar un programa que había comprado el jefe durante una comida con un instalador de la competencia y un comercial convincente, llamado Baseges, para gestionar a través de él los presupuestos, las compras y las facturas, para que los administrativos fueran más efectivos, ordenados y rápidos.

Después de un mes Manuel informó que:

– Implantar la ISO 9000 iba a ser complicado por diversas razones. Una de las cuales era que había mucha rotación de personal, y que cada uno que llegaba hacía las cosas a su manera, con lo que los documentos tenían formatos distintos dependiendo de quién los hubiera realizado, y estaban guardados en sitios distintos, faltaban contratos, facturas… Trabajando sin contrato y cobrando con facturas mal hechas iba a ser muy difícil conseguir la ISO 9000.
– Sobre el programa Baseges dijo que no servía, porque no tenía diseñados los informes para presentar presupuestos, facturas. Hacía falta un informático que se dedicara a eso…
– En cuanto a riesgos laborales le presentó al jefe una oferta que era muchísimo más barata que la que tenían antes de que el llegara y la contrató. Pero unos días después Manuel descubrió que era mucho más barata porque no incluía cursos de formación en riesgos laborales. Así que en realidad era más cara.

En la oficina había una sala para los administrativos, otra para los técnicos y el despacho del jefe. En la sala de los técnicos solía estar el ingeniero solo. Pepe iba tres días en semana por la mañana y le hacía compañía. Pepe, un contable que estaba prejubilado, pero que todavía trabajaba unas horas al día y llevaba la contabilidad de la empresa. Aunque tenía el contrato con una gestoría trabajaba siempre en la oficina de Clavillo S.L. Pepe le aclaró algunas cosas que no le habían explicado. Hubo un curso de un mes para enseñar el programa (Baseges) a los trabajadores y estos no habían sido capaces de trabajar con él. También hubo un informático (contratado por horas) que había estado adaptando durante tres meses el programa según lo que le indicaban los administrativos acerca de cómo se debían hacer los pedidos y las facturas. Finalmente el programador se había rendido, o le habían echado. Por eso el programa hacía las cosas mal, generaba facturas e informes a los que les faltaban o sobraban datos, y no lo usaban.

Por otro lado, Manuel no sabía cosas básicas, por ejemplo lo que era un albarán de entrada de un pedido de material para las obras. Si alguien le tenía que explicar que un albarán es un papel en el que se firma el material que se ha entregado en el almacén de la empresa o en la obra y que servía para después hacer la factura y pagarla, ese mismo alguien lo comentaba con la gente y llegaba a oídos del jefe que el ingeniero no tenía ni idea de nada.

Pero el chico estaba descubriendo cosas importantes. Al intentar que funcionara el programa, aprendió a hacer las facturas, y descubrió que Isabel, la administrativa encargada de la facturación, las hacía mal. Había qua calcular el IVA, que era un 21%, y las retenciones, que por contrato solían ser de un 10%. A la hora de cobrar las retenciones, estas podrían tener o no tener IVA, dependiendo del sistema de facturación acordado con la constructora. Normalmente se hacía una factura por un tanto por ciento avanzado de la instalación, se le aplicaba el IVA y finalmente se descontaba un 10% al total sin IVA, la retención. Isabel siempre metía un IVA al intentar cobrar las retenciones al finalizar las obras. Las constructoras devolvían las facturas sin pagarlas. Después de hacer varias consultas a Pepe, Manuel descubrió que Isabel no sabía hacer las facturas de las retenciones y todo quedó confirmado cuando Manuel tuvo una conversación con Rubén que le contó que Isabel escondía facturas que no había sido capaz de cobrar. Rubén era el encargado de hacer los pedidos de compras de material para las obras, buen tío, y muy precavido, no como el ingeniero que fue a preguntarle a Isabel si era cierto que le escondía facturas al jefe. Ella le miró con los ojos muy abiertos y contestó que había hecho veinte facturas en el día, había reclamado otras tantas, atendido todas las llamadas telefónicas, y por supuesto lo más difícil, aguantar al jefe.

Isabel no estuvo muy contenta con los comentarios del ingeniero, que estaba algo preocupado porque había cambiado la empresa de servicio de prevención de riesgos laborales porque era más barata, pero ahora tenía que dar los cursos de formación a los trabajadores, y la empresa con la que tenía este contrato se los cobraba aparte y eran caros.

Por suerte, Manuel averiguó que el año anterior habían tenido un contrato de riesgos laborales con un servicio de prevención ajeno que incluía cursos de formación para los trabajadores, y averiguó también que los trabajadores no habían recibido el curso. Llamó al servicio de prevención del contrato caducado y les reclamó los cursos. La reclamación les pareció correcta y empezó a buscar fecha para que pudieran asistir los sesenta trabajadores. Marcos dijo que tenía que ser un viernes por la tarde, fuera del horario de trabajo.

Había otros temas: revisiones médicas de los trabajadores, entrega de equipos de protección individual, hojas firmadas por los trabajadores… Además, había que elegir un responsable de riesgos en la empresa que hiciera un curso especial, de varios días. Esto se podía evitar si todos los trabajadores firmaban que renunciaban a tener responsable de riesgos.

– “Van a renunciar todos”. Dijo Marcos.
– “Entonces… ¿preparo una carta de renuncia para que la firmen?” Preguntó Manuel.
– “Sí, tú verás. Pero tienes que hacer las cosas con más decisión, con más sangre, que parece que no tienes sangre. Con lo inteligente que eres y no te me mueves. Yo necesito que te muevas”
– “Vale, pues… preparo la carta”

Marcos salió del despacho antes que Manuel, para hablar de alguna factura o algún contrato con Isabel, preocupado por otros temas. El ingeniero preparó la carta de acuerdo a cómo estaba escrita en la norma que tenía que ser. Hizo sesenta copias y se las dio a Simón, el encargado de obra para que se las firmaran los trabajadores. Simón, con treinta y tantos años de experiencia en obra, se consideraba experto planificando para que no hubiera accidentes, ya había vivido accidentes y consideraba que nadie estaba más concienciado que él.

– “Eso del servicio de prevención de riesgos laborales no sirve de nada, son universitarios que no han pisado una obra en su vida”. Dijo Simón al ingeniero.
– “Esto del servicio de prevención de riesgos laborales no es sólo para proteger a los trabajadores, es para proteger al empresario y sacarle dinero, que en caso de accidente del trabajador y de que éste le denuncie, el empresario puede presentar documentación de que le ha dado casco, botas, guantes, de que les dio un curso, etc. Es una ley para proteger a los empresarios, a los trabajadores les dan un curso que, estoy de acuerdo contigo, debe ser inútil. Y también sirve para parar obras en las que se está trabajando con peligro, o más horas de las rzonables.” Le contestó Manuel.

Los trabajadores se quedaron con la carta para pensárselo, si firmaban la carta o no, Empezaron a llamar a Marcos pidiéndole explicaciones de por qué tenían que renunciar a sus derechos. Manuel estaba en la oficina de los técnicos escuchando a Marcos gritar en la oficina de los administrativos que quería que le trajeran todas las copias de esa carta.

Manuel se levantó para dar la cara por su metedura de pata. Al entrar en la oficina, Marcos le miró con resignación y no le habló. Se dirigió a Esther, la administrativo encargada de las nóminas, que le explicara lo que pasaba y se marchó. Marcos pasaba muchas horas fuera de la oficina, viendo clientes, obras…

Finalmente los sesenta instaladores dieron el curso un viernes por la tarde en el almacén de la empresa, todos salieron hablando de que les tenían que pagar la asistencia al curso como horas extra, según lo que les había explicado el profesor.

Isabel estaba en los cuarenta, como Marcos, el jefe. Eran del mismo pueblo, amigos de toda la vida e incluso, tiempo atrás habían tenido un rollo y habían follado, o de eso presumía Marcos. Ella había golfeado de cría y se había ido del pueblo cagándose en las habladurías de la gente. Era muy salada, tenía muchas ocurrencias. Una vez montó una tienda de lencería, pero le fue muy mal.

Siempre estaba picando al jefe, por cosas, por no traer un contrato firmado, por no tener ni presupuesto de un trabajo ya hecho. ¿Ahora cómo iba a hacer ella la factura? Marcos cambiaba de tema y empezaba la discusión, y así todos los días. Marcos la miraba y decía: “Te vas a quedar para vestir santos”, que es lo que se dice a las solteronas, porque muchas veces acaban de beatas limpiando y haciendo tareas voluntarias en la parroquia. Isabel un día le contestó: “¡Mejor vestir santos que desnudar borrachos!”. Pero ella volvía a su trabajo, veía que el jefe era descuidado, se metía en la dirección de la empresa, diciéndole las decisiones que había que tomar. Le decía al jefe que lo que hacía el nuevo ingeniero era una pérdida de tiempo, eso de la ISO 9000 y el programa. Había muchas cosas más importantes y mucho trabajo que hacer para perder el tiempo con eso. Ella le dijo a Marcos que el chico no hacía falta y que le despidiera.

Como el propio Manuel había dicho que el programa y la ISO no se podían implantar, al terminar el segundo mes, Marcos tuvo una reunión con él y le dijo que estaba muy verde, y que mientras se espabilaba tenía dos opciones, o le pagaba menos o le despedía. El ingeniero aceptó, pensó que le vendría bien curtirse en esa empresa, además, le gustaban las compañeras de trabajo. Le mantuvieron el contrato, pero no le ingresaban lo contratado, sino… menos. Abandonaron la ISO 9000 y el programa, y le pusieron a ayudar al otro ingeniero, que finalmente volvió de vacaciones pasado más de un mes, a hacer presupuestos y de chico de los recados. Llevaba material eléctrico a las obras y facturas a clientes. Una vez tuvo que recorrer todo Madrid, yendo a cuatro almacenes eléctricos para recolectar los 92 extractores de cuarto de baño que necesitan instalar al día siguiente en un edificio de 92 viviendas que dos días después inauguraba un político. A última hora, y sin que estuviera en contrato, la jefa de obra de la constructora amenazó a Clavillo con que si no ponían los extractores les sancionaban, o no volvían a trabajar para ellos. El caso es que hubo que montar un “dispositivo” e instalarlos en un día. A veces le daban una furgoneta de leasing, pero para esto le tocó el Ford Fiesta, al que no funcionaban los intermitentes y a veces se le abría la puerta del conductor. Se podía sujetar la puerta con la mano al conducir por carreteras y autopistas, aunque para cambiar de marcha y sujetar el volante, había que soltar la puerta que se abría. Un almacén de Coslada estuvo esperando abierto hasta las 9 de la noche a que llegara Manuel, los teléfonos móviles echaban chispas indicando al chico cómo llegar a los sitios.

Juan, el ingeniero eléctrico que tenían en la empresa le enseñó lo que eran los puntos de luz sencillos, conmutados o de cruzamiento, las centralizaciones de contadores, las CGPs y las BTVs. Le enseñó a tratar con los distintos fabricantes de material eléctrico y con los almacenes, que eran gente dispuesta a ayudar ya que esto repercutía en ventas de sus productos.

Marcos tenía un trato con los ingenieros bastante despectivo, les hablaba con desprecio, diciéndoles que tenía la “titulitis” pero que no sabían nada de la vida. Una vez, a última hora de la tarde apareció por la oficina después de haber pasado la comida y la sobremesa cerrando un contrato con un cliente, iba bebido. Entró con Jorge y Rubén, dando voces, explicando el mundo y cómo había que hacer para comerte un trozo del pastel. En su entusiasmo, dijo que se sentía capaz de matar a alguien. Entonces cogió a Manuel por los brazos y le dijo: “Ahora mismo sería capaz de matarte y ¿qué harías tú?”. El chico no contestó, siguió diciendo bravuconadas, y volvió a amenazar. Ya había terminado la jornada laboral, de hecho el otro ingeniero, Juan, ya se había marchado. Manuel dejó lo que estaba haciendo y se marchó, ya lo acabaría al día siguiente, cuando el ambiente se hubiera calmado. Al día siguiente Juan le contó que a él le había pasado lo mismo, y que al día siguiente se cogió vacaciones pensando no volver, que fue cuando contrataron a Manuel. Juan había tenido muchos problemas con Marcos, había pasado una medición de fontanería de un bloque de viviendas a un conocido suyo y Marcos se había enterado. Aunque Marcos decía que podía denunciarle por esto, no le importó porque pensaba que era de espabilado, pero lo que sí le importaba era que entraban más presupuestos de los que hacían y quedaba mal con los clientes. Culpaba de ello a Juan y a Manuel, porque si se hubiera instalado el programa o fueran más rápidos el podría quedar bien con los clientes.

Juan dejó la empresa y se marchó a otro trabajo, y aunque dijeron que buscaban un sustituto, no encontraban a nadie, y Manuel ocupó su puesto. Al día siguiente estuvo toda la mañana haciendo labores de ingeniero y, a eso de las una y media, se le acercó Marcos, le dio cuatro cartas y le dijo que tenía que llevarlas a sus destinatarios. Manuel vio que eran en cuatro puntos muy alejados y se negó, siguió con lo que estaba haciendo.

Marcos se quedó sorprendido y durante dos días apenas le dirigió la palabra, si acaso soltó alguna indirecta hablando con algún otro en la oficina: “Hay gente que va por la vida de una manera, se creen que se pueden negar a hacer un trabajo porque no les apetece hacerlo. Como niños pequeños, y yo los tengo aquí y tengo que educarlos”. Realmente Marcos no entendía por qué Manuel se había negado. Esther, la chica de las nóminas le susurró que debía hablar con él, que era el único ingeniero que tenía.

Pasados dos días le hizo pasar a su despacho para hablar con él. Le preguntó por qué se había negado a realizar el trabajo que le había pedido. Le contestó que le había parecido una tomadura de pelo mandarle de mensajero a la una y media a cuatro sitios distintos en Madrid y le recordó el incidente de cuando le amenazó con matarle. Dijo que estaba harto de que le tratara así, y que no quería tener que pegarse con él. Dijo que para hacer de mensajero era mejor que llamara a un mensajero y que el puesto de ingeniero que estaba intentando cubrir podía cubrirlo él, porque ya había hecho algunos presupuestos, y que incluso uno había servido para contratar una instalación eléctrica de ochenta viviendas. Además los temas de boletines y proyectos para el ministerio de industria también los podía gestionar él.

Marcos pidió disculpas a Manuel en tono serio y fue contestando punto por punto. Dijo que él no iba matando gente ni pegando a nadie, que si hiciera eso no habría llegado a gerente de una empresa que facturaba un millón de euros todos los años. Dijo que le mandaba a él y no a un mensajero porque se fiaba más en él, para entregar facturas, y que estaba teniendo muchos problemas para cobrarlas, los clientes decían que no les habían llegado. Pero si no quería hacerlo, Manuel podía ocupar el puesto de ingeniero y recuperar su sueldo. Le dio la mano y dijo que cuando se hablaba claro se entendían las personas.

Manuel recordó una frase oída en alguna parte: “Los malos jefes son como los perros: cuando huelen el miedo, atacan”.

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