Colegios de la infancia

Domingo Savio
Por Zeppi.

El otro día se hablaba aquí de los colegios de la infancia. Yo empecé en un colegio municipal de mi pueblo que llevaba el pomposo nombre de Cruzados de la Enseñanza. Lo dirigía un tal Don Evencio, maestro nacional con vivienda en el mismo edificio escolar. Atendía a alumnos de todas las edades como podía, dedicando a cada uno el tiempo y los recursos que consideraba oportunos. En el recreo, los más mayores y los más brutos (no siempre coincidían) imponían su ley sin ningún miramiento. Tengo grabado en mi recuerdo el día en que estábamos todos en clase y don Evencio no llegaba, con lo que se había formado el habitual galimatías. De pronto, Chema Silva se asomó por la puerta y gritó: “¡Que se ha muerto don Evencio!” . Toda la clase salió en estampida celebrando la noticia y sin dedicar un pensamiento a la memoria del maestro. Sic transit gloria mundi.

De ahí pasé a un colegio estatal, el General Zumalacárregui, en la calle Bravo Murillo, al lado del cine Europa. Educación nacional-católica de estricta observancia, se cantaba el Cara al Sol y otros himnos del Régimen (recuerdo en particular el Montañas Nevadas) con cualquier motivo. También recuerdo el Himno Nacional con la letra de Pemán. Y después, el esperado “¡Rompan filas!” con el que nos dispersábamos lo antes posible para dedicarnos a cosas de mayor interés para nosotros. Siempre he pensado que los himnos nos sirvieron sobre todo para aprender vocabulario, no creo que entonces captáramos la épica que intentaban transmitir aquéllas palabras rimbombantes y para nosotros poco comprensibles.

Mi paso a los Salesianos de Estrecho no estuvo exento de algún trauma. Mal que bien me había habituado al entorno del Zumalacárregui y había llegado a tener una cierta ascendencia entre los compañeros. Siendo un buen jugador de fútbol, estudiante con buenas notas y veterano del comedor (me pasaba prácticamente todo el día en el colegio, pues luego estaban las llamadas “permanencias”, por las cuáles nuestros padres nos recogían más tarde de lo habitual), reunía todas las condiciones para formar parte de una rara élite que hasta disfrutaba de aquél régimen de enseñanza y le sacaba el máximo partido posible. Aunque el nivel cultural general supongo que no sería muy alto, hasta los Salesianos se quedaron sorprendidos con el conocimiento de Matemáticas que mostré en la prueba de nivel, gracias a un profesor (don Rafael) que nos las enseñó con métodos muy eficientes (recuerdo la famosa “prueba del nueve”, de la que siguientes generaciones no habrán oído hablar).

En los Salesianos todo cambió de repente. Pasé de estar en la clase de los más mayores a estar en un curso de los más pequeños. Yo entré en 3º de lo que luego sería la EGB y por debajo de nosotros solo estaban los de 2º. Por encima, todos los demás. En el patio contábamos menos que Zapatero en Europa, y los mayores abusaban de su superioridad sin contemplaciones. Además, como para reafirmar su autoridad entre los recién llegados, los curas sacudían unas hostias como panes y, al menos a mí me lo parecía, siempre nos tocaba a los nuevos. En el Zumalacárregui ya había visto algún exceso que otro, pero afortunadamente nunca me tocó a mí. En los Salesianos recibí unas cuantas hostias nada más llegar. Con el tiempo me fui dando cuenta de que era una técnica bastante efectiva de control, demostrar desde el principio quién manda. Y a la larga, proporcionaba un cierto sentimiento de protección: los curas se paseaban por el patio y no permitían abusos de mayores a pequeños que fueran más allá de lo razonable. A cualquiera que se extralimitara le podía caer un hostión de los buenos , y eso mantenía el orden en la selva del patio en su justa proporción.

La liturgia de las formaciones y los himnos fue sustituida por la de las misas, oraciones y celebraciones religiosas, lo cual creo que nos ha vacunado a gran parte de mi generación contra todo tipo de manifestaciones multitudinarias de culto a lo que sea. Con el tiempo nos fuimos dando cuenta de que, a pesar de las similitudes, también había grandes diferencias entre los profesores del régimen y los curas. Estos eran por lo general, con algunas excepciones, mucho más cultos que aquéllos, y esto se traducía en un mayor nivel cultural general y una cierta sensación de apertura. Aunque parezca paradójico, los curas eran mucho más progresistas en todos los aspectos.

Pasé allí el resto de los años de mi vida escolar, hasta COU, y con el tiempo fui escalando posiciones en la jerarquía hasta llegar a un nivel de disfrute igual o superior al del Zumalacárregui. Cambié el fútbol por el baloncesto, donde había mucha menos competencia, y junto con mi colega El Búho (compañero también del Zumalacárregui y con el que mantengo una sólida amistad, a pesar de lo cabronazo que es), llegamos a formar una pareja de leyenda. El Búho es con diferencia el mejor jugador que he conocido, con una agilidad felina, una capacidad asombrosa de ver posibles entradas y anticipar la jugada (sus pases sin mirar eran dignos del mejor Delibasic) y sobre todo, unas ganas de ganar que hacían que estar en su equipo fuera casi una garantía de victoria segura. Yo me especialicé en el tiro exterior a media y larga distancia (entonces aún no se había inventado lo de los triples) y llegué a conseguir porcentajes espectaculares (esta habilidad la mantuve hasta bastante tiempo después; recuerdo un partido en la liga interna de Industriales, en el equipo contrario jugaba Juanma López Iturriaga, pero yo tenía el día tonto y lo encestaba todo, hasta que Iturriaga , desesperado, les dijo a los de su equipo: “¡venga tíos, dejad de marcarle, a ver si así se aburre de una puta vez!”). Nuestra reducida estatura (El Búho mide 1’75 y yo algo menos) frustró una prometedora carrera en el deporte de la canasta.

Volviendo al colegio, a medida que avanzábamos de curso y aprendíamos cosas cada vez más difíciles, nos fuimos dado cuenta de que el nivel era muy alto, comparado con otros colegios del barrio. Como los curas eran casi todos de letras, para las asignaturas de ciencias contrataban a profesores externos. Y la terna que le tocó a mi generación fue algo irrepetible. El UFO, el Pincho y el Frutos, alternándose en Física, Química, Matemáticas y Biología nos dieron una base fundamental para nuestros posteriores estudios superiores. Siempre he pensado que la Química universitaria no fue más que una mera extensión, algo peor explicada, de lo que ya nos había contado el UFO en BUP y en COU. Años después, unos cuántos alumnos fuimos a verle a su trabajo (trabajaba en el Instituto Nacional de Meteorología) para agradecerle sus clases y su dedicación. Y el hombre se emocionó, aunque intentó mantener el aura de superioridad que debe mantener un profesor ante sus alumnos.

Y aquí termina mi relato sobre el colegio. Dejo fuera a mucha gente valiosa, tanto profesores como compañeros (y ciertamente, algunos de ellos merecen capítulo aparte: otro día si me animo les dedicaré una entrada). La cosa terminó haciendo el COU y la Selectividad, y con el hijoputa del psicólogo persuadiéndome, con malas artes, para que hiciera Industriales, en vez de Físicas, como yo tenía pensado inicialmente. No todo van a ser buenos recuerdos.

Adenda
Un detalle importante es que toda mi educación transcurrió en un entorno estrictamente masculino. La educación mixta llegó justo en el curso posterior al nuestro, pero nunca he considerado que fuese una diferencia significativa. Teníamos el colegio de las Salesianas de Villaamil a tiro de piedra, lo que nos facilitaba el tontear (al principio, y luego algo más) con el sexo femenino. Nunca he comprendido esa especie de fascinación y esa especie de complejo de inferioridad que algunos tenían hacia las mujeres. Cinco hermanas son una muestra suficientemente representativa como para asegurar que son básicamente iguales a nosotros (es decir seres contradictorios, egoístas y generosas, capaces de lo mejor y de lo peor) con las diferencias fisiológicas evidentes (y sus consecuencias). Durante mucho tiempo me hacía reír que algún compañero me confesara estar enamorado de alguna de mis hermanas. Pobre infeliz, pensaba yo. Luego llegué a comprender que las razones del enamoramiento son inexplicables. En resumen, que la educación separada no me produjo ningún trauma. No sé si me perdí algo (eso que lo digan los que tuvieron educación mixta) pero no soy consciente de haberlo echado de menos.

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