Por una erótica del orinar

puzzle
por Mortimer Gaussage.

Hay cosas que no se deben hacer en caliente, como legislar o pretender opinar con fundamento. Otras no, y obvio el trámite de poner ejemplos, porque pretender meterse en ellas en frío o con ánimo flácido es indicio de escaso interés, presagio de fracaso y garantía de insatisfacción. Las soplapolleces, por el contrario, se pueden hacer en todo tiempo y decir incluso en sueños, que siendo consustanciales manifestaciones del alma humana no hay razón para guardar mesura o sujetarse a convenciones horarias. Rebosamos de ellas y soltar lastre es lo apropiado cuando el ansia aprieta. Lo mismo le ocurre al orinar, que te viene el apretón y te alivias donde y como puedes.

Es sabido que el humano es un animal que, a base de relatos inventados, elucubraciones y malentendidos, ha conseguido tergiversar el recto entendimiento de sencillas funciones tales como comer, copular o agredirse. Así hemos inventado la épica, que hace del bruto un héroe, y la erótica, que convierte a las putas en sacerdotisas del amor. De elevar a categoría universal a la meada, el más humilde de los alivios, tantos años olvidada, estamos en camino. Desconozco, eso sí, hacia dónde caeremos, hacia dónde el chorro apunta, así como las razones de este imperdonable abandono de la lírica.

La meada tiene sus normas, aunque tal cosa parezca mentira, si bien los científicos sólo han conseguido desvelar parte de sus secretos. Existe la “Law of Urination” y su primer artículo, por ahora el único, es que la meada de todos los mamíferos tiene igual duración. De aquí sólo puede deducirse que es parte del yo más primitivo, esas entretelas que compartimos no sólo con homínidos y primates sino con todos los mamíferos. Aquí, señores, hay una constante. Esta es una pesada carga porque da sentido a la meada agresiva, tan frecuente entre las bestias; a la meada animal del lobo o el perro, que marcan territorio y advierten al adversario. Esta raíz primitiva explica, eso sí, esas meadas humanas cargadas de revancha.

El General Patton, en la Segunda Guerra mundial, en cuanto sus tropas cruzaron el Rin se hizo una foto meándoles a los alemanes el agua, y que se jodan los nibelungos. Como Guillermo el Conquistador, dijo satisfecho a los reporteros que lo inmortalizaron aliviándose. Tres semanas después, Churchill, de visita en el frente, barrunto yo que por la edad y los baches, se sintió muy apretado, pero ordenó a su chófer seguir y aguantó heroicamente las ganas media hora más, sólo por el gusto de mearse en la mismísima Línea Sigfrido. Como Guillermo el Travieso, podría haber dicho, con el puro en la boca, en la boca esa mueca, un dedo gordezuelo señalando el charquito y con la otra mano haciendo el signo de la V. A mí estas cosas me parecen propias de bárbaros sin educación o dictadas por un demonio juguetón, según los días, pero las comprendo porque de eso he pecado. Un día ya lejano, de copas a las tantas de la madrugada, salimos disparados a mear a Francia, en revancha por los camiones de frutas que los gabachos volcaban día sí, día también. Por mancillarles la grandeur y ensuciarles el país, con santa indignación y en justa reciprocidad. Ni confirmo ni desmiento que fuera exactamente un dos de mayo, que me falla la memoria, pero sí recuerdo que era una maravillosa noche de primavera, estación perfecta para una invasión. Lo cierto es que, al contrario que Winston, no aguantamos tanto coche. Despertamos con resaca en Vitoria, pusimos las calles, desayunamos malamente y emprendimos la retirada. El regreso fue triste hasta que convinimos, más o menos por Briviesca, que regresábamos invictos y vitoriosos. Como en esos excesos ya me vi puedo decir que la famosa meada al amanecer de la concejala de Barcelona, aunque la quieran vestir de empoderamiento, performance, feminismo o moderna rebeldía, en realidad está a medio camino entre la campeadora revancha de Patton y la pendenciera meada expedicionaria de cuatro mozos con mal beber. Uséase que es una ridícula meada de odio.

Estos ejemplos muestran bien a las claras que estamos cayendo en una épica de la meada, olvidando la posibilidad, y aún la necesidad, de una erótica del orinar. Cabe preguntarse si eso es posible, si de una meada se puede hacer sensualidad, voluptuosidad, y aún amor, si entre chorro y gota hay lugar para la ternura del deseo. Sinceramente creo que sí. Muchos, hay que recordar, hemos desbordado de terneza cambiando un pañal maloliente, en una pirueta sentimental que va del asco a un amor profundo e inexplicable. A ver por qué no con una meada.

El primero, de quien yo tengo constancia, en caminar por esa vía fue Nicholson Baker. En La Fermata advierte del muy distinto sonido que produce la meada del hombre y la de la mujer, y se fascina por ésta. Un siseo largo y constante, característico, hipnótico. Estupefaciente como sólo lo pueden ser las diferencias entre los sexos. Da las explicaciones necesarias y suficientes; habla de la vejiga, de la longitud de la uretra y de flujos laminares y aporta alguna otra explicación accesoria sobre anatomía y mecánica de fluidos. Es el Baker, como se puede ver, un tipo que se detiene, con curiosidad ora cándida, ora mórbida, en detalles nimios pero trascendentes, en esas menudencias que a diario pasamos por alto porque ni tenemos ojos ni oídos para las pequeñas cosas bellas. Para el rumor de una meada, por ejemplo.

Así uno piensa y recuerda noches, quizá frías e invernales, en las que, con un libro abierto y ya en cama, la escucha a ella trasteando en el baño. Esos sonidos familiares de frascos y cremas, pequeños y sencillos, cotidianos, que van lentamente bajando de volumen hasta llegar al leve vaivén del cepillo de dientes. Luego, tras una pausa, llega la meada; un susurro, un siseo, un pedir silencio a los ruidos del día para que la noche venga y empiece. Y yo sonrío y cuento mentalmente esos segundos, ese tiempo que es único y universal, que es una constante, tras los que ella vendrá, trayendo con ella a la cama la noche y la calma, a acurrucarse a mi lado.

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