Biografía falangista de la calle de Ibiza de Madrid

Calle Ibiza
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Por José Martínez Ferreira (@josenez).

La única de las placas de homenaje que hay en la calle de Ibiza de Madrid que no es de un intelectual falangista -¿oxímoron o no?- es la de Plácido Domingo, aunque al haber tenido el honor de cantar el Himno del Centenario del Real Madrid C. F. pueda calificarse sin problemas al tenor madrileño como facha, ya que la merengada, como todos sabemos, somos la mayor consumidora de camisas mahón del orbe, según el oficialismo de bicicleta y calimocho de hoy en día. Exactamente son cuatro de cinco, a saber: Agustín de Foxá, Ibiza 1; Carlos Ollero, Ibiza 6; Dionisio Ridruejo, Ibiza 33; y Adriano del Valle, Ibiza 34, que comparte portal con la del cantante; a las que habría que añadir la placa aprobada pero no colocada a Leopoldo Panero en Ibiza 35, por lo que en realidad serían cinco de seis.

Escribo esto con toda la rapidez que me permiten mis manos de diez pulgares porque quiero que estas líneas se publiquen, si los supertacañones de ÇHØPSUËY tienen a bien subirlas a su seguro servidor, antes de que las patrullas de las buenas maneras de nuestra provecta y entrañable alcaldesa retiren todas estas placas de la calle y le dejen más vacía que las estanterías de un supermercado de la Caracas bajo la bota chandalista de los últimos años.

Se me escapa la razón por la que todos estos vencedores acabaron viviendo en un barrio que, tras la Guerra Civil, era más un suburbio que otra cosa, no en vano la primera casa donde vivió mi padre tras llegar a Madrid de Galicia a buscarse la vida a comienzos de los años cincuenta estuvo en los primeros números de Sáinz de Baranda, así que no debía de ser un barrio muy de lujo. En el libro “Retiro y sus barrios” (José Mª Sánchez Molledo y J. Nicolás Ferrando, Temporae, 2012) leo que hasta mediados de los setenta hubo zonas de chabolas en sus calles y también recojo de sus páginas una cita de “San Camilo 1936” del soplón Camilo José Cela que dice: “Por detrás del Retiro, por los desmontes que quedan frente a la estación del Niño Jesús y a espaldas de la Casa de Fieras, pululan las putas de a peseta, las derrotadas golfas de los soldados y los estudiantes pobres”. Pues eso.

Como en la fantástica película “Mi calle” de Edgar Neville -quien a lo mejor se salva de la retirada de galones antifa y no le quitan su nombre a la calle que tiene, ya que ésta se encuentra perdida en la Ciudad de la Imagen de Pozuelo de Alarcón y a lo mejor los censores, si son muy patosos con el GPS, no la encuentran- la calle es algo vivo y, por ejemplo, en la calle Ibiza 19, antes de su exilio por Argentina y Puerto Rico tras nuestra Guerra, vivió Francisco Ayala, quien seguramente escuchó el estruendo de la bomba que a inicios de 1934 destruyó la imprenta donde Mariano García Gutiérrez editaba la revista “Unidad”, uno de los órganos de propaganda de Falange Española, antes de que el partido fascista empezara con un baile de cambios de nombres, añadidos y escisiones que haría palidecer a la gran experta en cambios de nombre Tamara / Yurena / Ámbar a quien, como es gratis y al final parece ser que lo somos todos, vamos a calificar también como fachorra gracias al consistente argumento de que en algunas fotos sale tan repeinada y pintona como El Ausente. A pocos metros de esa imprenta, en Narváez, había otra en donde el otro bando publicaba “Claridad”, diario afín al alucinado de Largo Caballero. En esos tristes años de bombas y navajazos anteriores a los mucho más tristes de la Guerra Civil, además del autor de “Cazador en el alba” vivieron también por la zona mi predilecto Ramón J. Sender, en Menéndez Pelayo 55, y en el siguiente portal mi mucho más que predilecto don Rafael Cansinos Assens, direcciones que tomo del fabuloso “Madrid 1936/1939. Una guía de la capital en guerra” (Fernando Cohnen, Ediciones La Librería, 2013). En este libro no viene, en cambio, que la poetisa Gabriela Mistral vivió por esos mismos años en Menéndez Pelayo 11 cuando era cónsul de Chile en Madrid. Tampoco viene en el libro, y es del todo inexcusable, que mi hermana decoró hace más de veinte años las paredes de una sala de espera del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús y que yo la ayudé a pintar las frutas que colgaban de los árboles que ella había imaginado para intentar alegrar la espera a los niños enfermos y a sus familias. ¿Seguirá aquello? No creo, pero conservo algunas fotos de aquellos días y también recuerdo que las ardillas de la Casa de Fieras se le subían a mi hermana encima para robarle los sándwiches que se llevaba para comer.

Como soy un carca voy a ir en orden, así que empiezo con Foxá en Ibiza 1, en el mismo portal donde está la zapatería en la que el otro día entré a comprar cordones cuando una señora preguntaba a la zapatera si le podía arreglar un par de zapatos cerrados a los que ella le había recortado las puntas con un cuchillo de cocina convirtiéndolos en sandalias. Imaginen la respuesta. En la biblioteca familiar siempre estuvo “Madrid, de Corte a checa” y lo leí como todo lo que atesoraba mi padre, luego ya me compré yo con mi propia lana su “Misión en Bucarest y otras narraciones” y la “Poesía” que editó Renacimiento hace unos años. Foxá, que no sé si era falangista o simplemente cobarde, huyó rápido del Madrid republicano gracias a que era diplomático y, como prácticamente todos los escritores de los dos bancos, escribió bastantes cosas sobre el enemigo que solamente pueden calificarse como miserables. Da la impresión de que nuestra Guerra Civil fue un Twitter avant la lettre, si escarbas sobre cualquiera, encuentras mierda. Foxá fue el máximo representante junto a César González Ruano del españoritismo del que habla Andrés Trapiello en su obra maestra “Las armas y las letras” (Planeta, 1994), el mejor libro sobre la Guerra Civil nunca escrito. Pero Foxá me cae muy bien, su placa en Ibiza es la más artística -no es el típico rombo crema- y además escribí en esta misma revista sobre su poemario “El almendro y la espada”, así que dejamos en paz al conde y pasamos al senador.

Del siguiente en la numeración, Carlos Ollero, poco sé, en la placa que tiene al lado del mercado de Ibiza donde trabaja el pescadero que siempre está jugando a Candy Crush y al que hay que gritar para que deje el jueguecito y te atienda, pone que fue uno de los artífices de la Transición, así que sería de la cuerda de Ridruejo, pero por mucha democracia que ambos ayudaran a traernos siempre serán mataperros para la facción más esclerótica de nuestra izquierda y sus placas caerán al suelo del bulevar. He tenido que hacer una búsqueda combinada en Google por “Carlos Ollero + falange” para quitarle la máscara y poder hilvanar su figura en la trama de este texto, porque no le conocía de nada. Apareció su filiación falangista en una página de la “Historia de la literatura fascista española” de Julio Rodríguez Puértolas en la que aparece junto con otros nombres para mí desconocidos en una amplia nómina de “ideólogos falangistas” que crearon en 1939 el Instituto de Estudios Políticos. Internet es una maruja que se chiva de todo. Carlos, te pillé. En la manzana de enfrente de donde vivió Ollero está desde hace unos años uno de los pocos sitios donde se pueden encontrar los libros de todos los escritores citados en estas líneas, la magnífica Librería Anticuaria Toledo, donde hace años me compré el catálogo de una exposición de Damián Flores Llanos sobre arquitectura racionalista madrileña. También en esa manzana estaba hasta hace nada la tienda de pasta artesanal donde le compraba alfajores a una encantadora morenita de pelo sin atar cuando la veía triste o en alguna ocasión especial.

Ya en el 25 [corrección: 35] de la calle, al lado de una de las raquíticas librerías TopBooks, aparece Panero, jefe supremo de los que inteligentemente José-Carlos Mainer dijo en su canónico “Falange y literatura” (Labor, 1971) que “ganaron la guerra pero perdieron la Historia de la Literatura”, ya que es casi imposible encontrar una edición nueva de sus poemas, pero que pasará a la historia por la maravillosa película de Jaime Chávarri “El desencanto”, aunque él no sea más que un fantasma en la película protagonizada por los tres peterpanes poetas de sus hijos y por la magnífica Cruella de Vil de su esposa, Felicidad Blanc, a la que perfectamente imaginamos frenética dando collejas a un young Garci, vecino de la calle Narváez, cuando le pillaba vendiéndoles cigarros a sus tres pequeños chiflados para poder ir al cine a ver algún bodrio lamentable de Randolph Scott. Y mientras, el patriarca Panero y su amigo Luis Rosales poniéndose hasta el culo de brandy en casa. España.

Del vecino del 33 de Ibiza, Dionisio Ridruejo, siempre he estado a nada de comprarme sus memorias pero todavía no las tengo y cada vez me apetecen menos. Solamente he leído cosas sueltas de él y no recuerdo ninguna. Él sí que fue un gran jerarca falangista, peleó al lado de los nazis en la II Guerra Mundial con Berlanga y Luis Ciges en la División Azul, y a la vuelta a Madrid comenzó con sus crisis personales e ideológicas que le llevaron a la oposición al Régimen y a darse cuenta tarde de “que del error solo se habían salvado los muertos”, como dice Mainer en el libro antes citado.

Y por fin llegamos al último portal, el 34, en el que nos imaginamos a Adriano del Valle -y también al otro lado de la calle, por qué no, a Ridruejo- constantemente con una almohada atada a la cabeza ante los alaridos de Plácido Domingo en sus entrenamientos mañaneros en pijama. Poeta ultraísta y autor de unos fantásticos collages, Del Valle es uno de esos poetas de serie B del 27 que quizá merecieran una mejor suerte, aunque no, desde luego, por su humillante, lamentable y ultracursi “Epitafio a José Antonio”. Hay una biografía suya escrita por su hijo y editada en 2006 por Renacimiento de la que copio una cita que parece sacada de la descacharrante e inverosímil autobiografía de Miguel Mihura, “Mis memorias”: “Tuvo, mi padre, una muerte ejemplar y cristiana. En el momento de ocurrir yo, que me encontraba a su lado, presencié una serie de extraños fenómenos. Una Virgen de Fátima, que le había traído de Portugal su amiga la actriz Elena Espejo, se cayó de la mesita de noche al suelo, quedó de pie y empezó a sonar su clásica música. Al mismo tiempo, se abrió el gran ventanal de su habitación, flamearon los visillos, y penetró o salió un suave viento a la vez que comenzó a nevar, a caer grandes copos como nunca yo había visto antes”. Adriano del Valle falleció en Madrid el 1 de octubre del 57. Y sí, nevó en Madrid el 2 de octubre de ese año, en la nevada más temprana que se conoce en la capital, a inicios del otoño, solamente para despedir al escritor. Privilegios que tiene Dios con los poetas.

En otro magnífico libro sobre aquella época, “Capital aborrecida” (Fernando Castillo Cáceres, Ediciones Polifemo, 2010) el autor incluye docenas de citas sobre el odio de los falangistas a Madrid -qué tremendas las del psicópata supremo de Onésimo Redondo y qué terroríficamente similares a las del ruralismo anticientífico y anticapitalista de algunos jefes de Podemos en la actualidad-, pero los escritores fascistas españoles que sobrevivieron a la Guerra no le hicieron mucho caso al vallisoletano y se vinieron todos al barrio donde vivo hace unos años, que puede que Madrid tenga días en los que nos parece asqueroso pero lo amamos igual y no podemos vivir sin él. No creo que las personas protagonistas de estas líneas merezcan que se les retire su placa de homenaje, aunque yo sí que le pondría unas a Ayala, Sender y Cansinos y así pasaríamos a ser un barrio literario y no solamente la puerta trasera del Retiro. Mi placa ya me la pongo yo solito alguna noche a la vuelta de ver algún partido del Madrid en el cuartel general de los rollers madrileños, la cafetería El Retiro. Pondré mi nombre y luego mi cargo, Cronista de circo, como puso Ramón Gómez de la Serna durante un tiempo en sus tarjetas de visita. Fin.

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