Instaladores desbocados, VI. Una declaración de amor entre días de trabajo enloquecido

Instaladores desbocaos
por Claudio Sífilis.

Es jueves y nos lo queríamos perder. Se están haciendo las últimas pruebas de un centro de transformación. La línea de media explota dentro de la zanja, arde. Voces, nervios, sorpresa, la culpa es del señor Clavillo. El cable se metió en el tubo enterrado sin las debidas precauciones, rozó en el tubo y se peló. Se cancela la presentación del domingo. Marcos explica nerviosamente que el tirado de ese cable se hace entre dos, un oficial de primera y un ayudante, se usan poleas para que el cable no roce, pero que como útilmente el volumen de trabajo es tan grande lo hizo un chico solo (lo hizo con su primo), y la fastidió. Marcos lo explica sonriendo avergonzado, con el chico que ha metido la pata delante, zarandeando al muchacho, suspira con lástima. El promotor se apiada, dice que puede admitir un retraso, tiene buena relación con el alcalde, en realidad hay otras cosas que tiene que terminar, pregunta cuánto tardará en hacer las cosas bien. Jorge, el socio de Marcos, evalúa los trabajos, él sacará tiempo para hacerlo con el muchacho, para que aprenda.

Hace falta más gente para hacer todas las obras que se están contratando. Unos botellines pueden ayudar a pensar, está también con ellos Ramón el Cabezón, oficial de primera que saben que hizo una acometida parecida a la que se ha quemado, que surgió como ampliación de una obra, la hizo por su cuenta y la cobró él solo. Eso le vino bien para pagarse las vacaciones de Semana Santa con su mujer e hijos en la playa. Él conoce gente que puede estar interesada en trabajar con Clavillo, le da un número de teléfono a Marcos. Marcos llama y quedan en la oficina.

Los botellines entran bien, el Cabezón cuenta una anécdota, haciendo una conexión trifásica en una arqueta se quedó pegado porque había voltaje.

– “¿Cómo? ¿estabas trabajando en una línea trifásica con chicha?”- le pregunta Jorge.
– “Sí, cuando no sabes dónde se desconecta la corriente, el interruptor puede estar a diez kilómetros…”

Por eso le llamaban el cabezón, probablemente estaba haciendo una conexión ilegal cuando, como él dice se quedó pegado. A diez kilómetros no puede estar, pero le siguen la corriente.

– “¿Y cómo te despegaste?”- pregunta Marcos sin demasiado interés.
– “Por suerte estaba con dos compañeros, estas cosas no se deben hacer solo. Me agarró uno por los sobacos y tiró hacia atrás. El otro se puso detrás de él igual, y tirando me despegaron. De eso tengo estas cicatrices en las manos. Nos electrocutamos los tres”
– “¡No llevarías ni guantes dieléctricos!”
– “Es que, a ver quién hace un conexión con ellos puestos, son muy incómodos”

Marcos se queda mirando a una camarera limpiando y dice:
– “Las mujeres se quejan mucho, pero lo tienen muy fácil, te metes a puta y te pagan por follar. Yo si fuera mujer me metería a puta”
– “Yo también”- dice Ramón
– “Pues yo no”- comenta Jorge.

Los otros dos le miran extrañados.

– “Si es el mejor trabajo, te pagan por follar”
– “Para vosotros, ya me lo estoy imaginando, cada uno con vuestro viejo, chupándola”
– “Aahhj, ¿Por qué eres tan desagradable?”- exclama Marcos haciendo gestos de arcadas.
– “¡Si eres tú el que está diciendo que es el mejor trabajo que hay!”

Dos botellines son suficientes, Ramón se va a una obra, queda mucha jornada laboral. Marcos y Jorge pasan por otra obra y van a la oficina donde se encuentran al amigo del Cabezón y otros cuatro electricistas en la recepción. Se levantan para saludarle. No le gusta que hayan venido todos, tiene miedo que algún día sus chicos le peguen una paliza, aunque éstos todavía no tienen motivos para encararse con él. Son todos bastante grandes, de más de metro ochenta, muy fuertes. Jorge se los lleva abajo al almacén, a explicarles donde tiene que ir y darles los equipos de protección individual.

Mientras tanto, Marcos se lleva al despacho al amigo del Cabezón. Este es delgado, dice que los muchachos pueden estar trabajando en obra al día siguiente. Marcos conoce a algunos, son buenos profesionales. Delegadito y muy rubio, anda raro cuando se dirigen al despacho, dobla una rodilla más que la otra, camina moviendo los brazos con las muñecas dobladas hacia dentro. Negocian, el chico les tiene a su cargo como trabajadores autónomos, son una cuadrilla de cinco, pide algo de dinero por adelantado. Marcos hablará con Jorge, que es su socio, acordarán adelantarle el dinero. El rubio se marcha prometiendo que su gente les va a ayudar mucho. Al día siguiente los cuatro trabajadores están en el tajo, cumplen bien. El rubio no va, está arreglando papeles de su empresa con la administración, a lo largo del mes va poco por el trabajo, él no rinde mucho, pero sus chicos sí. A fin de mes convence de alguna manera a Marcos de que le pague a él los sueldos de los cinco.

A Marcos le chocaba que el ingeniero se trajera un tuperware con comida hecha por su madre y comiera con las secretarias en el cuartucho que había puesto cuando se lo reclamó Isabel, una nevera, un fregadero, un microondas, una mesa y tres sillas. Le preguntó si es que había algo entre él y Vanesa. El ingeniero le contestó que solo eran amigos. Marcos se rió y le dijo: “¡Qué perdido estás! Hoy no se te puede decir que te gusta una chica, que es lo más normal y ayer sales con lo del plátano caliente”

Lo del plátano caliente lo contó Manuel estando tomando unos botellines, lo vio en la película Ciudad de Dios, es una argucia de un brasileño para dar gusto a las mujeres, se corre la voz y todas quieren probar sexo con él.

Esther se había ido de la empresa y en el office comían el ingeniero, Vanesa y la recepcionista viejita. Vanesa solía llevar la conversación, hablaban sobre todo de cómo eran los compañeros, si se enfadaban o se alegraban por cómo se dirigieran a ellos. A ella le importaban mucho las formas de tratarse unos a otros. Ella hablaba mucho de su pueblo, donde iba cada fin de semana, de las fiestas, de las bodas a que había sido invitada. La gustaban las bodas por la iglesia, que eran mucho más bonitas, y la gustaban los vestidos de novia. El que dijera que no le gustaban las bodas mentía, el día más bonito de tu vida. A Manuel se le caía la baba con la chica, solía mostrarme de acuerdo con lo que ella decía. Si tenía que ser de derechas, sería de derechas. Si tenía que creer en la Iglesia católica, creería en la iglesia católica. Manuel empezó a buscar algún indicio de interesarle a ella. Ella tenía confianza con él, se apoyaba en él cuando estaban largo rato de pié hablando los compañeros de trabajo, y a él le entraban escalofríos por la espalda.

Un día ella fue a la mesa de Manuel a enseñarle el curriculum de una chica para ver si era interesante contratarla. Él dijo: “No me gusta, lo que tienes que buscar entre esos curricula es una chica para que a mí me salga novia. De hecho, te encargo ese trabajo, búscame novia entre esas candidatas, ya le enseño yo a hacer las nóminas, lo dejo en tus manos”. Se puso colorada y se fue riéndose. No era raro que se pusiera colorada, se ponía colorada habitualmente, con cualquier tontería que la dijeran. Pero al día siguiente ella dio el indicio que él estaba buscando. Durante la comida salió el tema de que Manuel necesitaba una novia, y Vanesa comentó: “A ti te hace falta una chica que sea dura contigo, yo tenía que ser tu novia. Te iba a enseñar un par de lecciones”. La manera en que le miró le pareció definitiva. Sin embargo pasaban los días y no surgía el momento adecuado para pedirla una cita. Ella se iba todos los fines de semana a su pueblo. Manuel no sabía cómo hacerlo.

Un lunes Vanesa estaba hablando con una nueva compañera de lo que había hecho el fin de semana. Manuel escuchó la conversación a medias. Lo había pasado con su exnovio. Dijo que ella y su exnovio tenían una relación para toda la vida. Oír esto le sentó fatal. Sabía que seguía viéndole por lo de la militancia política de los dos en el PP, y porque las familias de los dos hacían muchas cosas juntos. Estuvo toda la jornada laboral comiéndose la cabeza, sin rendir a pesar de tener mucho trabajo, estaba haciendo tres presupuestos a la semana, pero los clientes le pedían muchos más y dar explicaciones a Marcos de un presupuesto no entregado era siempre un mal rato. Hacer un presupuesto no es tan fácil, hay que imprimir planos, contar, revisar que la instalación cumple reglamento, siempre hay alguna instalación que se sale de lo normal, un alumbrado público, un polideportivo, no todo son urbanizaciones de bloques de viviendas.

Cuando el reloj marcó la hora de salida, Manuel, que normalmente se quedaba bastante más tiempo, se acercó a Vanesa y se ofreció a llevarla a casa. Ella se rió y se fue con él. Subieron al coche y partieron. Ella se puso a hablar de lo que le parecía el coche. Él no tenía ganas de hablar del coche y dijo:

– “Antes, cuando me he enterado de que has vuelto con tu novio me he puesto celoso”
– “Si no he vuelto con él”- contestó.
– “Ah” dijo él, “pues yo me había hecho ilusiones contigo”

Ella dijo que estaba en un momento de su vida que prefería estar sola, que lo había pasado muy mal y que no quería tener ninguna relación y… Lo que ella dice cuando da calabazas a un tío. Se hizo el silencio.

Ella se puso a hablar de la chica nueva que habían contratado. Hablaron de eso hasta que llegaron al portal de ella. Ella se bajó y él siguió conduciendo para su casa pensando: “¿Porqué dije eso? ¿Por qué lo había dicho tan mal? Vaya declaración de amor, estoy celoso y me había hecho ilusiones contigo. Ha sido penoso. Tal vez mi subconsciente quiere que me den calabazas, eso del PP no mola mucho, lo de la boda por la iglesia tampoco. En fin, veremos mañana qué actitud tiene conmigo, ahora que sabe que me gusta”. Al día siguiente ella no le hablaba y le miraba por encima del hombro o con desprecio.

Marcos recibió una llamada de teléfono de la obra en la que estaban trabajando el rubio y sus chicos, llevan un mes y sus papeles de la seguridad social no están en regla. Llama al rubio que no coge el teléfono. Jorge llama a Marcos desde la obra y le dice que el rubio no está localizable y que tiene a cuatro trabajadores muy mosqueados porque no han cobrado. El rubio sigue sin coger el teléfono. Marcos recibe de nuevo una llamada del jefe de obra, mira la pantalla del móvil con resignación, finalmente acepta la llamada y habla en tono muy suave:

– “Me han estafado, los chicos están trabajando sin contrato. Me han estafado, me han estafado, me han estafado.” El tono de voz va subiendo mientras pasea por la oficina.

En el otro lado del auricular el jefe de obra se muestra comprensivo con lo que ha pasado, pero exige una solución inmediata, los chicos llevan todo el día en la caseta de obra, no les deja entrar a trabajar. Marcos pide que le pasen con uno de ellos.

– “Escucha, vuestro amigo no está haciendo las cosas bien. Si queréis os puedo dar de alta en mi empresa y os pago lo que ya habéis trabajado. Me han estafado, no me queda más remedio que asumirlo.”

Los cuatro electricistas aceptan, en dos días Marcos y sus administrativos arreglan los papeles y los chicos entran de nuevo en la obra.

Pasadas dos semanas el rubio llama a Marcos, cuenta que ha tenido muchos problemas personales y con la administración para dar forma a su idea de empresa, dice que necesita más dinero para montar su empresa. Marcos le dice que ya no quiere saber nada de él y le cuelga. El rubio sigue llamando, a la cuarta llamada Marcos le enseña la pantalla del móvil a Jorge, que coge el teléfono y queda con él. El rubio quiere ir a la oficina, pero Jorge dice que no, que quedan después del trabajo en la calle, le da una dirección. Marcos dice que no va. El rubio se presenta solo, Jorge le dice de dar un paseo, Jorge anda sonriendo, algo encorvado y con la mirada perdida, el chico camina doblando una rodilla más que la otra, después de haberle escuchado un rato Jorge empieza a pegarle. Le da los puñetazos, en la cara, en el costado, en el estómago. Le deja tirado en el suelo, está llorando.

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