Razones para odiar los Starbucks

Starbucks
por Zeppi.

En un Starbucks es casi imposible tomarse el café que uno quiere. Pidas lo que pidas, te endilgan un vaso de plástico lleno hasta los topes de un brebaje con una proporción leche/café de diez a uno. Da igual que les hayas explicado que quieres un expreso doble con una gotita de leche. Tu pedido pasa por una cadena de operarios y al final te sirven la dosis habitual. Todo con la más amable de sus sonrisas y con el latiguillo “que tenga un buen día” .

Eso sí, puedes “personalizar” tu café con todo tipo de aromas y sabores, si te sirve de consuelo. Pero los que hemos crecido con el café de la barra del bar, solo, con leche o cortado, o incluso de cafetera italiana en casa, en el Starbucks no encontraremos café a nuestro gusto.

Los Starbucks son caros y tienen un ambiente entre intelectual y pijo que tira para atrás. Aquí en USA son muy populares y suelen estar llenos. Ofrecen wifi gratis y siempre hay gente que parece que han ido allí a pasar el día o que tienen allí su oficina. Ejecutivos y estudiantes con portátiles, tablets o iphones, que parecen superconcentrados en sus tareas. A veces da la sensación de entrar en una biblioteca.

Me cuentan que en algunas partes de Texas y en los estados del centro, los verdaderos americanos desprecian sin complejos el pijerío de los Starbucks y el ver a alguien entrar en uno de ellos es razón suficiente para retirarle el saludo. Me adhiero fervientemente a esa postura.

Y dirán ustedes, si tanto odia los Starbucks, con no entrar en ellos, problema resuelto. Pues no es tan fácil, amigos. Los Starbucks se han extendido como una plaga y se han implantado como parásitos en todo tipo de establecimientos. En la cadena de librerías Barnes & Noble (una de las pocas que aún resiste a la dictadura de Amazon), típica librería con cafetería “tradicional”, la cafetería ha pasado a ser un establecimiento Starbucks. Y en varias cadenas de hoteles, el desayuno ya no lo ofrece el hotel, sino que la zona de buffet la ocupa ahora un establecimiento Starbucks. De pago. Cómo se echa de menos el antiguo desayuno tipo buffet, incluido en el precio de la habitación. Por calidad y por precio.

Aquí les dejo un par de enlaces que tal vez ayuden a comprender lo que quiero decir:

Pero todas estas son razones sobrevenidas que, siendo importantes, no son la verdadera razón de mi manía hacia los Starbucks, que viene de mucho antes. Lo que no les perdono es la apropiación indebida del nombre. El señor Starbuck es para todos los lectores clásicos el primer oficial del Pequod, el barco ballenero de Moby Dick. Hombre de confianza del capitán Acab (o Ahab como escriben algunos), es quien instruye y advierte a la tripulación de lo que presiente que va ocurrir, pues conoce la obsesión del capitán por la ballena blanca. Es consciente de que el capitán ha ligado el destino de la tripulación al suyo propio y trata de explicarlo a su manera.

Mi relación con el libro no viene solo del disfrute con su lectura (lo leí en una época en que leía todo lo que caía en mis manos), si no en la importancia que tuvo para mi futuro. Casi nada más terminar de leerlo en español, tuve que leerlo en inglés como lectura obligatoria del último curso de la escuela de idiomas. Y lo aprecié entonces más que en su lectura en español.

Mi capítulo preferido es uno que se titula “La sinfonía”. Está cerca del final y es una especie de paréntesis en el desarrollo de los acontecimientos. Se masca la tragedia, el ambiente es cada vez más tenso, y de pronto el autor se descuelga con un capítulo sobre el viento y el mar, sus intenciones y sus pensamientos, y los eleva a la categoría de personajes del relato. Me gustó mucho el capítulo y lo releí varias veces, tenía palabras apocalípticas poco usuales.

Cuando, semanas después, me presenté al examen final, mi esfuerzo tuvo su recompensa. Todas las pruebas eran eliminatorias, lo que le daba un aire de solemnidad intimidante. La primera prueba era el dictado, y ahí estábamos todos con los nervios a flor de piel, cuando el examinador empezó a leer en voz alta:

“It was a clear steel blue day. The firmaments of air and sea were hardly separable …”

No me lo podía creer. Era el capítulo “The symphony”, que tantas veces había releído. Podía ir escribiendo anticipándome a lo que el examinador iba leyendo, y recuerdo las caras de perplejidad de otros alumnos ante algunas de las palabras del dictado (leviatanes y otros monstruos marinos). Hice lo que pude para disimular que iba por delante del texto leído y me dio tiempo suficiente para hacer una revisión completa y corregir algún error.

Fue un buen comienzo para un examen difícil, que aprobé tras no pocos esfuerzos. Y con el profesor Juan Mínguez en el tribunal recordándome irónicamente errores pasados.

Años después, cuando se abrieron los primeros Starbucks (creo que además el origen fue en Nantucket, y que el nombre se lo pusieron en honor al personaje de Moby Dick), me decepcionó por completo el tipo de local. Hubiera admitido ese nombre para una taberna sombría, donde se pudiera beber ron y cerveza, pero nunca para una cafetería de diseño, amariconada y pija, donde para más inri no sirven un café como Dios manda.

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