Verbo y cartera

Felicidad
por Fernando García.

La investigación empírica de economistas y psicólogos sobre las variables con las que se correlaciona la felicidad mueven a risa, por mucho premio Nobel que se ande repartiendo. Está claro que el Nobel de Economía, Literatura o de la Paz son una broma pesada, sobre todo en comparación con los de Medicina, Química o Física, o la medalla Fields en Matemáticas (por cierto en 2015 entre los ganadores hay una mujer por primera vez).

Sobre la felicidad, o el bienestar humano, hay muchos datos sólidos que no conviene mezclar con las pajas mentales de los modernos economistas. Los mas relevantes provienen de las investigaciones en Salud Pública, que muestran cómo el alcantarillado de las ciudades y la cloración de las aguas han hecho más por el bienestar humano que ninguna ideología. Los avances en medicina y en alimentación han supuesto otro salto de gigante en la felicidad de los hombres, pero a partir de aquí todo son conjeturas. Vamos a admitir que la educación y la sanidad pública han supuesto otro avance con el que se ha alcanzado un grado de saturación en el bienestar que no será fácil superar.

Tratando de ser positivo he visto algún estudio de los citados al principio que muestra que los primeros 40.000 euros procuran una felicidad que es difícil superar con rentas superiores. El problema, ya lo han adivinado, no son las variables que se tratan de correlacionar, sino la medida de la felicidad o el bienestar una vez que se han superado las necesidades básicas.

En este contexto de conjeturas, por muy académicas que pretendan ser, propongo mi propia metodología para alcanzar la felicidad basándose en dos instrumentos de poder bien testados durante cinco mil años: el verbo y la cartera. Nuestro sistema de liberación de neurotransmisores provocadores de placer a nivel cerebral se dispara ante estímulos tales como una conversación inteligente, un relato interesante o una cara bonita. Conseguir esto no se paga con dinero, pero ay, la cartera ayuda. Pretender tasar estos hechos que acontecen en la intimidad de nuestras almas, en los recovecos de nuestra conciencia, es un ejercicio reservado a Dios que castigará la soberbia de esos económetras aduladores de la falsa ciencia que pretenden ganarse la vida con sus grotescos papers y manuales de autoayuda disfrazados de alta divulgación.

No y no, algunos no tragamos tanta basura envuelta en celofán. Abominamos de estos filibusteros. Newton vive, científico y creyente, dos planos distintos y una sola verdad.

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