Estética nazi

HeilHilda03
Por Perroantonio.

Los nazis perdieron la guerra pero ganaron la batalla de la estética, viene a decir en una minientrevista Fernando Fernández Lerma, autor del libro Algo más que belleza, subtitulado «Influencia de la estética nazi en la cultura contemporánea». A ver, que esto sólo puede afirmarlo alguien que ha caído subyugado y se ha dejado ganar la batalla estética escribiendo un libro para justificarse, porque basta con echar un vistazo alrededor para desmentirlo.

La estética nazi sólo triunfa en las zonas más infantiloides de la cultura contemporánea: los escenarios del rock’n’roll, el deporte, el mundo de la moda y el ambiente gay. No hay que ser un lince para percibir que son ámbitos altamente intercomunicados. Apestan a estética nazi las fotografías de Newton y las campañas de los diseñadores de perfumes y calzoncillos (premios especiales para Dolce & Gabanna y Calvin Klein), pero resulta bastante más difícil rastrear su triunfo en la pintura y escultura contemporánea, en la arquitectura o en el cine. Busquen ramalazos de estética nazi en la programación del Moma, del Pompidou o del Guggenheim: encontrarán artistas chinos o a Basquiat o a Jeff Koons, pero les resultará difícil oler el cuero. Den un paseo por el Google Art Project y me cuentan si ven algo.

Las referencias nazis sólo aparecen con fuerza en los subproductos de estética bélica, como los videojuegos o los cómics. O en el tatuaje. En el pellejo de los futbolistas menos cerebrados se concentra gran parte de la parafernalia estética del Tercer Reich, las cruces gamadas y las celtas, las runas y el alfabeto gótico, aunque conviven armónicamente con el resto de chorradas simbólicas, los jeroglíficos egipcios, el alfabeto chino, los zombies y el forever love.

Si la Barbie, como afirma el autor, representa la sublimación de la belleza nazi, ha perdido la batalla, porque las niñas piden modelos más pijo-realistas-multiculturales como las Bratz o más gili-góticos-multiculturales como las Monster High, entendido aquí lo multicultural como la variedad de razas ocultas: vampiros, hombres-lobo, zombies y así.

El modelo nazi de belleza bebe de fuentes clásicas y no es tan distinto del representado por el realismo socialista, igualmente idealizante y rotundo. Contra ellos se levantó todo el arte irrealista contemporáneo e incluso el figurativo. A ver qué artista nazificante soporta hoy una simple bofetada contraidealista de Lucian Freud.

O sea, que no, que niego la mayor. Podrá rastrearse la vigencia de la estética nazi en los bares de moteros (gordos), en el vestuario del cine de ciencia ficción y en las pasarelas de los modistos decadentes, que lo mismo reivindican la estética del III Reich que los estampados mayas, pero es difícil afirmar que hoy existe un modelo dominante de belleza y mucho menos que coincide con el estándar nazi. Y si en el mundo del arte sólo pueden apreciarse restos, en el de la estética videográfica-televisiva, que es el canal en donde abrevan las masas, lo que triunfa es el eclecticismo, la baratija, el rococó de plástico y el colorín. Echen un vistazo a la lista de los vídeos musicales más vistos de Youtube y sucumban al petardeo de PSY, o a la estética de los Pitbull, Enrique Iglesias, Kate Perry, Rihanna, Shakira, Lady Gaga, Jennifer López o Beyoncé. La estética nazi es mayormente un recurso irónico.

Pero si ni siquiera Dolce & Gabanna se lo toman en serio

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