Instaladores desbocados, 7. Presupuestos hechos a lápiz.

Por Claudio Sífilis.

Marcos iba conduciendo su Mercedes cuando recibió una llamada de su mujer que atendió con manos libres, muy estirado y sonriendo.

—Ten cuidado con lo que vas a decir, que voy con tres en el coche.
—¡No puedes con una, vas a ir con tres! —respondió la voz de la mujer.
—No, voy con tres técnicos de la compañía eléctrica. ¡Anda, qué van a pensar, cualquiera diría que te trato mal! Si todos los días me celebro de la mujer que tengo, de la suerte que he tenido de dar contigo y no con otra.
—¡Calla! Llevo toda la mañana esperando a que venga tu técnico a arreglar la caldera.
—Ah, es verdad, ahora le llamo a ver por qué no ha ido, debe estar a punto de llegar. Te dejo y le llamo.
—Y luego llámame con lo que te diga.
—Sí, sí.

Marcos colgó pero no llamó a nadie, se olvidó de inmediato del tema de la caldera, no tenía a nadie que pudiera ir, ni tiempo para buscarlo. Llegaron al restaurante. La comida fue cordial, hablaron de mil temas menos del centro de transformación que habían inaugurado, ese tema estaba solucionado. Uno, que parece amargado, lamenta haberse casado con cuarenta y dos años.

—Yo me he casado en la prórroga, y esa mujer no me deja en paz. Yo estaba acostumbrado a vivir solo, a estar solo, al silencio, y ahora entro en casa y no calla, siempre hablando de todas las tonterías del mundo.

Marcos le rebate sobre el matrimonio:

—Yo es que he tenido mucha suerte, me ha tocado la mujer más maravillosa, guapísima, cariñosa, y que después de 20 años y dos hijos todavía me pone, porque es preciosa y tiene un cuerpo que yo la miro y me pongo, jajajaja. Y que bien cocina, hace una paella, un cochinillo, el pescado, hace un cocido, todo de chuparse los dedos. Porque esto que estamos comiendo es de lujo pero yo prefiero la comida casera. Y se preocupa y tiene bien atendidos a mis hijos. Yo no sé que habría sido de mí sin ella. Siempre le doy gracias a Dios por habérmela dado.

Los técnicos de la compañía eléctrica le miraron con cierta extrañeza, pero no dijeron nada, cambiaron de tema, hablaron de que el mar es enorme, infinito y que puede tragarse toda la mierda que le echemos, hablaron de generación eléctrica geotérmica… Marcos escuchaba y preguntaba. En un momento que le pareció oportuno les propuso trabajar con ellos haciendo instalaciones de compañía.

—Para eso necesitas instaladores diplomados por la compañía.
—Los contrato.
—No me digas que los contratas, dime que los tienes.

Marcos, ante esta contestación se quedó en silencio, pensando. Llegó el momento de pagar, Marcos pagó con tarjeta dejando propina con monedas. Les llevó de vuelta a su oficina y siguió camino a visitar a un conocido suyo.

Aparcó razonablemente en una calle de Madrid, cerca de una tienda de material eléctrico con un gran cartel verde en el que se indicaba que se realizaban instalaciones y proyectos de electricidad y climatización. Marcos entró en la tienda y le preguntó al dependiente por Domingo, con quien había quedado. Éste le indicó que pasara por una puerta en el lateral. Allí estaba un administrativo de unos 26 años trabajando en un ordenador, que le pidió que se sentara y esperara.

El administrativo se levantó y se adentró en lo más profundo de la oficina por una puerta que se veía detrás. Volvió, se sentó y siguió trabajando en el ordenador, al tiempo que atendía al teléfono. Detrás de la puerta se oían gritos de una manera constante. Eran los gritos de una persona mayor, de cincuenta y muchos años, recriminando a alguien por no ser capaz de resolverle problemas. La voz decía que no era capaz de hacer el trabajo de ingeniero para el que había sido contratado y criticaba una y otra vez que dicho ingeniero daba vueltas y vueltas a las cosas sin terminar ninguna. Los gritos duraron más de una hora.

Finalmente Marcos pasó. Había una sala con cuatro puestos de ordenador y sólo uno estaba ocupado por un chico muy joven, bajo, flequillo elástico y grandes cejas. Saludó, dando la impresión de que la bronca no le había afectado en absoluto. Toda la pared estaba cubierta de estanterías repletas de catálogos de material eléctrico.

Marcos saludó a Domingo, de rostro muy afable, pelo canoso y abundante, peinado hacia atrás, ligeramente rizado. Vestía de sport, con chaqueta pero sin corbata, pantalones y zapatos cómodos. Pasaron a su despacho, a la izquierda; tenía ventanas a la calle, pero las persianas estaban totalmente bajadas y no había ordenador.

Domingo se sentó en su mesa de despacho, Marcos se sentó enfrente. Marcos empezó a hablar pero sonó el teléfono móvil de Domingo. Empezó a hablar de un presupuesto de la instalación eléctrica de un edificio de viviendas con alguien que le dice que tiene una oferta más barata que la suya. Domingo le dice que contrate a ése. Entonces Domingo escucha un rato y se ríe, se ríe a carcajadas sordas, con muchos aspavientos pero sin hacer ningún ruido para que no le oigan al otro lado del teléfono. Sus ojos brillan de felicidad.

Tiene una calculadora encima de la mesa, hace cuentas y negocia. No puede llegar al precio que le piden. Finalmente cuelga el teléfono y comenta que el sector está muy mal, que hay gente trabajando muy barato. Dice que para trabajar tan barato es mejor no trabajar. Está algo triste.

Marcos y Domingo se conocen de cuando hicieron un curso en APIEM (asociación de instaladores eléctricos) sobre la ISO 9000 y a veces han competido en los mismos concursos por llevarse obras. Hablan de clientes comunes. Dice que ha visto los precios de Clavillo y pregunta a Marcos cómo pueden trabajar tan barato. Marcos le contesta que trabajando duro, negociando fuerte para la compra de materiales, haciendo que la gente trabaje por encima del 100%. Pero Marcos no está aquí para hablar de esto. Le dice a Domingo que necesita instaladores, pide contratar a sus chicos por horas. Domingo le dice que le pasará oferta, le acompaña a la puerta y se despiden.

Domingo se quedó en su despacho pensando en sus problemas. Él siempre había hecho los presupuestos con calculadora y los escribía a lápiz, dándoselos luego a una administrativo para que los teclee en el ordenador. Últimamente contrataba ingenieros para que hicieran el presupuesto en un programa llamado Presto y no era capaz de revisarlos. También estaba cometiendo un error como empresario en la negociación de los contratos. Él decía que no contrataba con un beneficio menor al 18%. Y esto le había llevado a que la empresa se le parara, tenía a sus empleados sin trabajo, por no contratar, decía que no valía la pena trabajar para no ganar dinero, para ser puta y no ganar dinero mejor ser mujer honrá.

Domingo era el único dueño de una empresa que había ido bien quince años y no sabía que es necesario contratar un mínimo, aunque sea por debajo del 18% de beneficio, porque es necesario alcanzar un nivel de facturación que cubra tus gastos. El sector de los instaladores eléctricos se había vuelto muy competitivo en precios y dado que él no contrataba por debajo de un determinado porcentaje, se estaba quedando sin trabajo. Los últimos meses el pago de los salarios de los trabajadores había superado la facturación, lo cual era un problema grave que no sabía resolver.

En vez de pensar en sus problemas se puso a pensar en Clavillo S.L. Se comentaba dentro del sector que era una empresa tocada, que estaban muy endeudada. Para poder pagar los intereses de la deuda contraída o renegociarla con los bancos necesitaba facturar mucho dinero y enseñar muchos contratos, necesitaba firmar a toda costa. Firmaba contratos a unos precios a los que era difícil tener beneficio, arriesgando mucho. Clavillo estaba trabajando con casi todas las constructoras muy barato, jorobando el negocio de otras empresas que iban mejor, simplemente para poder subsistir.
Pero Domingo sabía que lo que le había dicho Marcos era verdad, él no podía contratar más barato, porque no tenía buenos encargados de obra que supieran sacar beneficio; probablemente Marcos sí los tenía. El problema para Domingo era de gestión en obra, un problema difícil de solucionar.

También tenía un problema de contratación, necesitaba contratar más obra para que la gente no se le parara. En cambio tenía una cosa que Marcos necesitaba, 20 electricistas españoles que en obra instalan bien. Marcos tenía tal vez 20 instaladores buenos y 40 que no conocían el oficio o eran vagos, mayoría de ecuatorianos y marroquíes, gente que venía huyendo de la pobreza de sus países, sin preparación ni costumbre de trabajar. Algunos eran bien mandados e iban aprendiendo el oficio, pero otros eran un desastre.

Domingo también tenía un problema con su ingeniero, había tenido uno muchos años, pero se había ido y le hacía los proyectos los fines de semana, tarde y mal. Había contratado a un ingeniero recién titulado hace unos meses pero era un desastre. Tenía además dos hijos trabajando con él, David, el mayor, era ingeniero electrónico, hacía las instalaciones de telefonía y televisión con un solo ayudante. David también ayudaba con los presupuestos eléctricos, un hijo del que estar orgulloso, casado y con una hija.

El único disgusto que David le daba a su padre era que no quería hacerse cargo de la empresa al retirarse el padre, iba a presentarse a unas oposiciones de guardia civil. El padre le decía que eso no podía ser, que entonces tenía que devolverle a la empresa el dinero de los estudios que le había pagado, devolver la inversión que había hecho la empresa en él.

El otro hijo, Nacho, era un rebelde, solo le interesaba hacer grafitis e ir a bailar salsa a discotecas sudamericanas. Tenía mucho éxito con las sudamericanas, muchas novias. No se había sacado el graduado escolar e iba a la oficina sólo cuando le daba la gana, supuestamente a ayudar al único administrativo que tenía y que no daba abasto con nóminas, facturas, contratos… Pero Nacho no servía de ayuda, cuando el administrativo le mandaba algo, el grafitero tardaba días en hacer cosas que él hacía en una hora o simplemente le contestaba: «Eso no lo hago, para mí eso es una pérdida de tiempo».

David estaba intentando que el ingeniero hiciera algo productivo. «Sí… quiero decir, no”, esa era una de la frases que habitualmente decía Raúl, el ingeniero eléctrico. Raúl estaba encargado de rellenar unos papeles para el registro industrial de un taller de coches (taller, oficinas y local de exposición y venta). Eran unos papeles que había recogido en el Ministerio de Industria y que se rellenaban con datos del proyecto y con datos de las máquinas que usaban en el taller. Los presentó en Industria incompletos y llenos de tachones. Pasados unos días David le preguntó si ya los había corregido. Raúl contestó que sí. Raúl estuvo un buen rato buscando por su mesa hasta que cogió unos papeles y se los dio a David. Eran los papeles llenos de tachones que ya le habían rechazado en Industria.

— Raúl, estos son los papeles que ya presentaste y que están mal, y están llenos de tachones —le dijo.
—No, David, estos son los papeles que he vuelto a rellenar.
—Son los mismos. Mira, hice una fotocopia de lo que entregaste y es lo mismo —David sacó la fotocopia y le demostró que era lo mismo.
—Tienes razón, son los mismos. No, no son los mismos, son parecidos, estos son los nuevos corregidos que yo he hecho. Estos ya están bien.
—Pero si tienen los mismos tachones.
—Es que solo tengo dos formularios de Industria y si los relleno y me equivoco tengo que volver a Industria a por formularios nuevos.

Raúl se quedó mirando a David con rostro serio e inexpresivo. De pronto levantó una de sus enormes cejas y pasados unos segundos la volvió a bajar a su posición inicial, recuperando la expresión. Raúl tenía una habilidad especial para mover bruscamente las cejas sin que su rostro hiciera ningún cambio. A veces bromeaban con él y le decían que cuidado con las cejas, que no las disparara contra sus compañeros: «Cuidado con las cejas, Raúl, que un día vas a dar a alguien y lo mandas al hospital».

—Bueno, Raúl —le dijo David—, ¿has vuelto a rellenar los papeles o no lo has hecho?
—Sí, sí los he rellenado, David —y acto seguido se volvió a poner a buscar entre sus papeles.

En la mesa tenía pocos papeles, buscaba y rebuscaba una y otra vez en un sitio en el que era evidente que no estaban. Encontró un papel y se lo iba a dar, en el último momento se arrepintió y no se lo dio.

—Deja de buscar y dime la verdad. ¿Lo has hecho o no?
—Sí… quiero decir, no. Sí lo he hecho, pero no los encuentro.
—No me lo creo. No los has hecho.
—No los he hecho.
—Menos mal que lo reconoces. No te preocupes, has estado ocupado con otras cosas. Los rellenamos ahora entre tú y yo.
—Sí, sí los he hecho, lo que pasa es que me lías, David —se levantó y se puso a buscar por toda la oficina.

David decidió rellenar él los papeles. Se reunió con el responsable del taller, con el ingeniero que había hecho el proyecto, tuvo que ir dos veces al Ministerio de Industria. No le fue difícil.

Domingo le dio un ultimátum, si no tenía hecho en una semana el presupuesto de un garaje le despedían. David se ofreció a ayudarle. Estuvo varios días aprendiendo Presto y hablando con su padre de las partidas presupuestarias. Al final el presupuesto lo hizo David, que en una semana aprendió Presto y completó un poco sus conocimientos de electricidad. A Raúl lo despidieron al lunes siguiente. Pero David no daba abasto con su trabajo y en la empresa de su padre había muchos que vivían muy bien, no se sentía capaz de hacerles rendir. La decisión de hacerse guardia civil y dejar esto estaba tomada, y será un gran acierto en su vida.

El administrativo de la empresa de Domingo había estado hablando con la gestoría y con un banco para pagar las nóminas del mes, necesita ampliar la línea de crédito porque solo había cobrado dos facturas y hay una tercera que dice el cliente que no la paga hasta dentro de una semana, tarde para pagar las nóminas. Se lo contó a Domingo, que se enfadó, no le gustaba que la línea de crédito de las nóminas estuviera por encima de los 20.000 euros. El administrativo le contestó que no había obras que facturar. «Esto es para mear y no echar gota», dijo el administrativo imitando a su jefe.

Domingo firmó los papeles del administrativo y le pidió que redactara un fax para enviar a Clavillo S.L. Apenas hubieron enviado el fax, Domingo recibió una aceptación del presupuesto de vuelta y una llamada de Marcos. Otras llamadas de los encargados de obra de Clavillo S.L. se sucedieron para programar trabajos.

A Marcos no le preocupaba que el precio de la mano de obra fuera un poco alto, donde sacaba dinero era en la compra de cuadros eléctricos, cables, tomas de corriente, interruptores y luminarias, negociando con los suministradores.

—Qué bueno soy, hoy es un gran día, y esto tengo que celebrarlo —pensó Marcos.

Salió de su oficina directo a un puticlub en el que estuvo hasta las 11 de la noche. Al volver a casa, su mujer no creyó la excusa de que había estado trabajando. El palo de una escoba aterrizó moderadamente fuerte varias veces sobre su cabeza y espalda. Los hijos se fueron a sus habitaciones para no ver la escena. Acabó teniendo que dormir en el sofá; su mujer no le admitió en la cama.

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