El descabello del peluquero

Torero
Por el Dr. Watson.

Cada día tiene su momento bueno, y cada mes disfruta del suyo: Eclesiastés sabe de lo que habla. En el siglo XXI la visita al peluquero proporciona al varón un imprescindible momento de relajación y de añoranza de la época de sus abuelos, que solían acudir a este profesional con frecuencia semanal, o incluso diaria, si contrataban el afeitado al barbero.

Tengo un vago recuerdo de ser llevado al peluquero cada sábado por la mañana: la maquinilla repasando el cogote producía un delicioso escalofrío cuyos detalles los lectores de Proust agradecerán que no desarrolle más. No quiero hurtar de este relato, sin embargo, aquel trayecto al peluquero acompañado de una primita algo mayor que tuvo a bien informarme sobre la relación entre los Reyes Magos y los padres. Luego se le cayó el pelo, claro.

Pasadas la niñez y la breve época de melena desaliñada es normal visitar esos establecimientos una vez al mes. Al menos ese es mi caso, pero debo advertir que mi concepto de normalidad no es más que una expresión estadística y no moral. Hubo años en que frecuentaba salones cool, algunos incluso bisexuales, pero eso ya pasó: desde hace tiempo sólo me corta el pelo un profesional que oficia en un minúsculo local de una calle secundaria. El escaso mobiliario, aparte del solitario sillón vintage, procede del derribo de lo que fue la discoteca Boccaccio, y por tanto el espejo que me refleja durante media hora tal vez sostuvo la mirada de Teresa Gimpera y Enrique Vila-Matas, por poner un ejemplo que te deja frío. Todo podría estar más limpio y ordenado, pero da igual: se trata de pasar ese rato conversando mientras escuchas chirriar las veteranas tijeras chic chac y notas los no menos veteranos dedos detrás de la oreja. Tampoco los cristales de sus gafas están muy limpios, pero estoy seguro de que podría operar a ciegas.

Entremos en bucle: un día me habló a su vez de su peluquero, un colega jubilado de 92 años que le visita de vez en cuando para ordenar las escasas canas al titular del negocio. Por lo visto Adolfo El torero, tal como le conocen en el gremio, era un fenómeno en su época. Compatibilizaba su oficio con el arte de Cúchares, posiblemente con poco éxito, y de ahí el mote. También el de Donjuán, en atención al furor que causaba entre las asistentas que acompañaban a niños a su corte semanal, y no sólo entre ellas. Viviendo en Salamanca, un Guardia Civil con quien mantenía amistad le pilló con su linterna, en plena faena, en una esquina oscura de un parque. “Sigue, sigue, Adolfo”, le dijo. Al cabo de unos años, fue entre unas barcas varadas en la arena de una playa catalana cuando se vio enfocado en posición comprometida, y escuchó otra vez la misma voz socarrona: “¡Hombre, Adolfo, tú por aquí!: pero sigue, sigue…”

Contaría otras historias del peluquero rijoso que parecían salir de un libro de Juan Marsé, pero no lo haré porque para eso está Marsé, y porque me interesan más las que me explica su discípulo no rijoso sobre el tiempo y técnica adecuados para la poda de sus cuatro olivos en Lérida, su gusto por explicar las pinturas de una exposición a una esposa casi ciega, y su extraño veto al Chardonnay.

Cumplidos ya los 72 años, va reduciendo su actividad y sólo recibe, en horas convenidas, de lunes a jueves, y por las mañanas. Este lunes marqué su teléfono y Movistar me informó de que el abonado no existía: maldije el paso del tiempo, desde la certeza de que habría cerrado el chiringuito, pero al cabo supe que eran mis neuronas las que me habían hecho errar en un dígito. Escarmentado, le conminé a que no osara jubilarse sin comunicarlo previamente a su distinguida clientela. Me tranquilizó su poco interés en dar el paso y sus garantías de que cuando eso ocurra tiene previsto llamarnos a todos los clientes, cortar el nulo tráfico rodado y montar un concierto en la calle, desempolvando su vieja guitarra rockera. Me toca ir afilando el clarinete.

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