Mi vida en pocas palabras. VII

LasEnaniadas3
Por Gengis Kant.

No tendría ningún sentido que hablara de alguien al que llamo mi maestro si no dijera nada de la materia en la que demostró su magisterio. Si hablas de un enseñante, tienes que decir qué enseñó. Él, a maldecir a diestro y siniestro, lo que pagó siendo maldito por todos.

Si los de derechas le dieron alguna paliza, según me contó, no fue porque simpatizara con los de izquierdas, sino por hablar cuando hay que estar callado, como hay que estarlo, al menos en Guadalajara, cuando pasa una procesión. Él no se calló el día que pasó una delante de su casa en un momento en el que estaba engolfado, como siempre, en la lectura. El ruido de las cornetas y de los tambores hicieron que perdiese la concentración, cosa que quiso afear a los que pasaban. «Damas y caballeros, ¿tendrían la amabilidad de explicarme qué hacen ustedes en esta procesión, siendo cristianos, cuando deberían estar en el vientre de los leones?»

Que no tenía uno solo de los requisitos que se aprecian hoy quedó confirmado el día que nos explicó «la edad oscura de la ilustración, cuando se abatió sobre el mundo una indiferencia tolerante que anegó en el mismo respeto distraído la danza de los derviches giróvagos, la sardana y el corro de la patata».

Aún me viene a la memoria cómo ejercía su labor magistral cuando le daba la gana ejercerla: el verbo opulento y sonoro, la espalda contra la barra del bar, la ginebra en una mano y la otra, bien alta, apuntando al cielo. Procuraba que sus lecciones tuvieran un aura mitológica.

Así, nos habló alguna vez de las diferencias entre los partidarios del nacionalismo y los del cosmopolitismo —los patriotas regionales y los universales— imaginando unas «Enaníadas —juegos legendarios en los que se lanzaban enanos lo más lejos posible— en una de las cuales compitieron por primera vez un blanco y un negro. Ganó el negro. El blanco dijo que había hecho trampas: si no, ¿de qué? El negro respondió que ésa era la típica reacción blanca, que a saber qué se había creído. Intervinieron entonces los cósmicos mostrando su satisfacción por esa victoria, que confirmaba su teoría de que los negros son iguales que los blancos. Nadie negará que los cosmopolitas fueron personas muy imparciales, si bien la imparcialidad de la que gozaron fue la misma con la que ven los ciegos las cosas, pues no vieron aquéllos que el negro había sido superior. Del enano no se habló, ya que aún no habían nacido los que dirían que ser lanzado también es un deporte».

En el fango fraternal —también aprendimos— se revolcaron sobre todo los que decidieron prescindir de la parte muerta del cristianismo —su costra religiosa— y quedarse sólo con el amor. Sustituyeron la guerra santa por unos congresos de espiritualidad internacional; cambiaron el odio religioso por una simpatía ecuménica de la que se benefició hasta el diablo; dejaron de creer en Dios, y pasaron a creer en la oración, que es lo mismo que creer en la fuerza de la creencia. Fueron barridos por unos teólogos más expeditivos en su apologética y cuyas aspiraciones a la universalidad resultaron ser más explosivas.

Sólo una sola vez organizó el maestro una excursión. Sólo me inscribí yo. Fue a Madrid. No era la primera ni la segunda vez que me apuntaba a un viaje del instituto. Eran salidas concebidas para que el alumno entrase en contacto directo con la cultura, sin la mediación académica. Con ese fin ya había estado un par de veces en el salón principal de la Real Academia de la Lengua, donde nos habían explicado cuántos metros mide de largo, de ancho y de alto, y que cada sillón tiene una letra, que corresponde a un académico («porque en cada sillón sólo cabe uno» tengo puesto en mis apuntes). También había montado en una cola del Museo del Prado.

En lugar de con la cultura, el maestro optó por ponerme en contacto directo con la vida. Lo primero que hicimos fue visitar un local muy elegante que había en una zona llamada «Costa Fleming» a causa de la gratitud de sus visitantes a quien remedió algunos de sus males. Era un establecimiento al que, por no faltarle de nada, no le faltaba un par de genitivos sajones en el nombre. En él cruzaban las piernas unas damas muy sofisticadas, de ésas que se ve a la legua que se pasan todo el día en las embajadas y saben montar en avión. La señora con la que traté no me habló en inglés, como podría presumirse por el nombre del sitio, pero demostró un gran dominio del francés.

Ya conocía un lado de la vida, dijo el maestro. Ahora tocaba conocer el otro. Nos pusimos en marcha hacia un tugurio al que él recordaba haber llegado alguna vez cruzando unos descampados que hay por Madrid, más hacia abajo. En mitad de la travesía nos topamos con unas mujeres medio desnudas, feas como demonios y decoradas de un modo estrafalario, con la pintura para los labios aplicada por arriba hasta la nariz y por abajo hasta la garganta, amén de lucir unas pestañas desvencijadas y mal pegadas. De no haber sido porque allí no había ningún cultivo que guardar, y porque dijo el maestro que no estaban para eso, yo hubiera pensado que servían de espantapájaros. No fue preciso que nadie se tapara los oídos, como dicen que tuvo que hacer Ulises en ocasión más tentadora. Por fin, tras sortearlas como pudimos —algunas amagaban con acercarse— alcanzamos la meta.

Llamamos a la puerta del antro, salió a abrirnos un sujeto cuya pinta debería contemplar la ley como causa de prisión preventiva, nos miró primero de arriba abajo, después de abajo arriba, escupió a la derecha, luego a la izquierda, y nos franqueó el paso. Una vez dentro, y sin habernos hecho aún a la oscuridad que lo cubría todo, no se le ocurrió otra cosa a mi cicerone que saludar a los parroquianos con esta prosa: «Buenas tardes, caballeros. Antes de que seamos amigos de toda la vida, quiero que sepan que mi compañero y un servidor de ustedes somos gente pacífica, estudiante él y profesor yo, de suerte que, si alguno de ustedes siente, a nuestro paso, algo que pudiera hacerle pensar que ha sido rozado por alguno de nosotros, atribúyalo a su imaginación o, si hay que ponerse en lo peor, a un descuido lamentable de cualquiera de nosotros, y no vea en ello una intención hostil que le obligue a sentirse deshonrado para siempre si no saca al momento el cuchillo y nos degüella a los dos». El alboroto que se montó se llevó por delante todo mi interés por conocer la vida de primera mano.

El temple arrojado y curioso del maestro lo invitó a vivir en un continuo incendio. Por desgracia, tanta llamarada lo achicharró.

Siempre recordaré de él, junto a su doctrina desenvuelta, una disposición alegre en la que ni siquiera la crítica, que ejercía sin cesar, estaba cargada de esa pesadumbre resentida con la que se critica hoy. Tenía un punto zumbón, pero sin mordacidad; su escepticismo, disciplinado por el talante festivo, no le hizo caer jamás en el sarcasmo ácido y apocalíptico que acompaña al nihilismo de los que, aunque sea en la nada, también creen —y con qué furor— en algo.

Ese ánimo feliz le permitió admirar la riqueza, el poder, las empresas magníficas, la gloria y tantas cosas hermosas que dan lustre al mundo, del cielo estrellado a la Fórmula 1. A ese carácter jovial se debió también que corriera un tupido velo —en vez de manifestar el lógico desprecio, ya que no se puede alabar el bien sin condenar el mal— sobre el submundo donde repta lo ínfimo, lo feo, lo oscuro, lo abatido, lo laboral, los que bajan a Segunda.

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