Mi vida en pocas palabras VIII

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Por Gengis Kant.

Cuando se marchó de esta vida, el maestro tuvo la gentileza de no llevarse sus cosas consigo. Dejó aquí muchos papeles cuya custodia me confió su mujer. En ellos aparece repetido muchas veces el título, totalmente acabado, de un libro; también, unas notas que, sin necesidad de forzarlas demasiado, permiten ofrecer un esbozo de éste.

El libro que tenía en su cabeza estaba lleno de visiones intempestivas y antiguas. Todo él era un espectáculo caótico de matanzas espléndidas, de religiones herrumbrosas y devastadas, de fragor de ideas mortales. Fundamentos de Lejanía era el título de esa obra. En ella tenía pensado desarrollar, mediante demostraciones más sólidas que las matemáticas y con la aportación de la máxima erudición histórica y revelada, su sospecha de que el no va más de las cosas nobles y hermosas, y, naturalmente, lo que nos queda más lejos, es la lejanía.

Para darle la debida prestancia artística y ese toque venerable que tienen las cosas arcaicas, también el maestro supo descubrir una civilización perdida —Lejanía— cuya especialidad en el campo religioso fue la de adorar a una divinidad de la que no se sabía nada, ni siquiera su nombre. Sólo se sabía que, distante como era, había que tratarla de usted.

Pero que sea él quien lo cuente:

«Para dar cumplimiento a nuestra decisión de ofrecer a las naciones una idea de lo que singularizó a la civilización cuya historia comenzamos a narrar —hemos de decir que con el ánimo sobrecogido por la magnitud e incertidumbre del empeño, pero con el orgullo de saber que no hay nadie más que pueda llevarlo a buen término— acaso baste con que nos remontemos al origen de todas las cosas.

Ya lo intentaron antes que nosotros algunos bravos anticuarios. Por ellos sabemos que en aquella época el mundo era un páramo, y bien seco. La nada más brutal reinaba sin que nada mancillase su perfección terrible. Nada, salvo un rebaño que había por allí. Para pertenecer a él bastaba con ser un animal, y poco más. Si sus miembros hubieran sido unos vegetales, se hubieran estado quietos; pero, como eran animales, no paraban de andar. Se pasaban la vida marchando.

No todos los miembros de aquella hermandad animal eran igual de veloces. Es lo que pasa en unos grupos tan imprecisos, donde cabe un poco de todo. Cuanto más caminaban, más se distanciaban unos de otros. La grey general se dispersaba sin cesar. Los más lentos eran aquéllos que no sabían usar las patas delanteras para moverse. Incapaces de seguir a los demás, la distancia se ampliaba cada día. Muchos de esos bípedos abandonaron la inútil persecución, y se olvidaron de los compañeros más rápidos.

Pero a unos pocos no les pareció motivo para desistir de la caza del resto el hecho de que fuera imposible. Y si era imposible, mejor: esa imposibilidad era una señal de que ellos eran radicalmente distintos de aquellos a los que seguían. Tan distintos —añadieron— que no los seguían, los perseguían; eran cazadores, no animales.

Los altivos monteros juraron no flaquear ante la eterna superficie descampada. Su carne fue mordida por el vértigo de las lejanías. Entre aterrados y seducidos, querían más y más inmensidad, que les cayera un diluvio de infinitud. Había nacido, en virtud de aquella separación gloriosamente irremediable entre el que persigue y el perseguido, la primera Sociedad de Cazadores, cuyos socios eran fácilmente reconocibles por la pinta alucinada y profética que suele tener todo el que persigue lo que sabe que no puede alcanzar. Pronto habrían de aparecer más Sociedades. Y luego muchas más.

Los fundamentos de Lejanía estaban puestos. Sólo hacía falta que pasaran los milenios que suelen necesitar estas cosas, para que aquella civilización alcanzara su esplendor. El camino no fue fácil. Para alejarse de una cosa, antes hay que haber estado cerca. Muy cerca, demasiado a nuestro juicio, estuvieron los que quisieron usar los pies delanteros, liberados de su función locomotora, como puños. El puñetazo no sirve de nada si no hay contacto, y tocar es una cosa que se opone al espíritu de Lejanía. No fueron más lejos los que vieron que el puño, si se abría, era una mano. Fue un avance —nadie lo duda— que se cambiaran los puñetazos y las puñaladas por los trabajos manuales, pero no puede hablarse de una revolución si se piensa que la mano, como el puño, sólo obra por contacto. La mano lo toca todo. Además, le gusta manejar y manipular. No hay que fiarse de la mano.

Pero saltemos, sin más preámbulos, a la edad que conoció la apoteosis de Lejanía, sintamos el latido de una jornada alejada, rescatemos del silencio su vibración íntima. Para ello visitemos, sin avisar, una de sus ciudades. Importa poco cuál. Puede ser Persépolis o Reus.

No perdamos el tiempo en sus arrabales, y vayamos directamente a la calle mayor. Los edificios —ya lo puede ver el lector— impresionan por la solidez de la fábrica y la riqueza ornamental. Aquí no cabe duda de que se vive bien. En éste, por ejemplo, nos cuentan que se rinde culto al Azar. Sigamos adelante no sin antes desear mucha suerte a los devotos. Aquél que se ve un poco más allá ha de ser la sede del Sacro Gimnasio. Vamos a intentar no hacer ruido, pues en él descansan de la práctica del ciclismo bicis tan portentosas como Neso, Nicos, Eurito y otras igual de famosas. La más celebrada de todas, por haber reunido en su persona la máxima velocidad con la sabiduría más penetrante, fue Quirón.

Por allí se acerca desfilando una Compañía de Jesús. Lo hace, como siempre, con una precisión milimétrica, en medio del estridor viril de las trompetas y del tronar de los tambores, resonantes las botas de pisada poderosa, sacudidas las sotanas por el paso enérgico, las banderas flameando. Qué marcialidad en el porte, qué gravedad en el semblante, qué lejanía en la mirada de los soldados de Jesús.

Aprovecharemos este momento para recordar que la jesuítica fue una de las pocas benefactorías permitidas. La penosa pero imprescindible milicia benéfica encontró en los jesuitas unos abnegados servidores. No confundieron su deber con el amor universal; se limitaron a ser bienhechores competentes y profesionales, sin más. La maquinaria de la benefactura jesuítica se especializó en proyectos de recia ingeniería social, sin caer en ensoñaciones de incontinencia filantrópica.

La religión cinegética de los jesuitas, más que una acción física, fue una meditación, una persecución íntima del animal inalcanzable. Los antecedentes de esa quietud hay que buscarlos entre algunos cazadores a los que agradó la idea de que, en la expansión de la manada animal que viene de la noche de los tiempos, conviene ir muy despacio para que así se alejen más los otros. Es más, cuanto menos se ande, mejor. De ahí a quedarse quietos hay un paso, y lo dieron; pero fue el último. Por eso los jesuitas fueron más urbanos que trotadores, más sociales que altaneros.

Pero ya se aleja la Compañía, apenas oímos ya su fanfarria. Adiós, gastadores de Jesús.

Ahora nos toca admirar las residencias patricias que encontramos en nuestro paseo. En todas esas casas pregona su naturaleza divina la abundancia, en todas ellas reina inmortal el más puro y sublime de los ocios. Y en ninguna falta el concurso de ese simpático personaje alejado, lleno de vitalidad y alegría y tan querido por todos: el inmigrante, un oficio muy manual, sin duda, pero imprescindible y entrañable.

Hablaremos de él en el siguiente capítulo».

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