El pequeño Robespierre

OSTIA
Por Gómez.

Teníamos diez años u once años y resultó que en una de las clases de sociales en la que no nos dedicamos a dormitar como de costumbre habíamos descubierto el mundo de las siglas. Ya saben, ONU, OMS, OTAN, etcétera. Y a alguien se le ocurrió la brillante idea de fundar en clase una organización subversiva, una organización, todo sea dicho, sin ningún fin en sí misma. La cosa, pues, se reducía a que contuviera siglas y sonara lo bastante provocadora como para cabrear al profesorado. El nombre elegido, después de mucho discutir, fue bastante ecléctico:
Organización Separatista Terrorista Internacional Antitodo. La O.S.T.I.A.

Los chavales de la clase, siempre ávidos de nuevas emociones, se fueron incorporando al asunto aun sin saber muy bien de qué iba… Pero estaba claro que a la OSTIA le faltaba algo para poder perdurar sin ser relegada al desván del olvido al cabo de una semana. ¿Que qué era ese algo…?

Pues su Duende Verde, su Lex Luthor, su doctor Moriarty. Su Némesis.

Como no había ningún enemigo externo que amenazara a la criatura, hubo que buscarlo dentro. Por eso, apenas dos días más tarde de la fundación de la OSTIA, un puñado de inconformistas descontentos abandonamos la organización y dimos a luz al Grupo Revolucionario Antiostia, la GRAO para los amigos.

La lucha estaba servida.

No menos rápidamente, los alumnos menos amantes de las complicaciones —cinco o seis, todo lo más— fundaron la Organización Neutral (ON), con ánimo de ponerse a cubierto ante los vientos de guerra que soplaban. La tensión no tardó en ir en aumento y, en nuestra hasta entonces pacífica clase, se formaron dos bandos claramente definidos y claramente antagónicos. Tirios y troyanos llevábamos compartiendo aulas en excelente armonía desde el mismo parvulario, pero en cuestión de días pasamos a vernos como enemigos atávicos.

—Míralos —me decía P., señalando al núcleo duro de la OSTIA—, mira qué cara de miserables tienen.

Nunca me había fijado hasta entonces. Pero, sí, bien mirado tenían cara de seres ruines capaces de cualquier bajeza.

—Odio a esos cerdos con toda mi alma —asentí.

A pesar de los rimbombantes nombres de nuestras organizaciones, carecíamos de ideales políticos definidos. Lo nuestro era pura acción directa, sin complicaciones ideológicas. En los recreos, sencillamente, nos dedicábamos a zurrarnos la badana de principio a fin. Por fortuna nuestro colegio era inmenso y, aun siendo alrededor de cuarenta alumnos en total los implicados en aquellas legendarias peleas, pasábamos desapercibidos entre los centenares de jugadores de fútbol, básquet, balonmano y hockey que seguían concentrados en sus respectivos deportes, ajenos a los tumultuosos combates que se libraban a escasos metros de ellos… Nos desplegábamos en el rincón más alejado del patio y pasábamos la media hora del recreo tortazo va y tortazo viene… Pronto comenzaron a sumarse a las refriegas chavales de otras clases, mercenarios sin escrúpulos ni ideales que se apuntaban a un bando u otro —o a los dos— más que nada por el puro placer de la lucha, una lucha que solo se detenía para auxiliar a algún guerrero caído en el campo de batalla. En esos casos, los del bando del herido, después de jurar a los agresores que tomarían cumplida venganza, agarraban al mártir de brazos y piernas y lo llevaban corriendo a la enfermería en busca de auxilio facultativo.

A esas horas (las once de la mañana), por regla general el encargado de la enfermería —un vejestorio con bata blanca del que dudo supiera una sola palabra de medicina— ya estaba borracho.

—¿Otro? —renegaba entre dientes al ver al herido—. Me cago en la puta hostia, ¿qué le ha pasado a éste?
—Le han dado una patada jugando a fútbol.
—¿Patada? Pero si tiene la cabeza abierta.
—Una patada… y luego se ha dado de cabeza contra la portería.
—¡Pues ya van tres esta semana, cojones! ¡Dichosos niños!

Pero el asunto de las batallas campales, además de resultar en exceso doloroso, podía ser descubierto en cualquier momento por las fuerzas represoras, así que ambos bandos optamos por cambiar de estrategia y dedicarnos a la guerra de guerrillas.

Nos apostábamos en algún punto estratégico, cual hienas del Serengueti, y caíamos sobre cualquier enemigo que anduviera despistado por el patio. Nuestro castigo solía ser la zambullida forzosa en la fuente del patio.

Algunos, viendo llegada la hora de la venganza, trataban de ablandar nuestros endurecidos corazones apelando a una pretérita amistad.

—Pero si ayer merendamos juntos —exclamaba asustado uno de nuestros prisioneros, camino de la fuente, dirigiéndose a V., uno de mis valerosos

secuaces.
Pero no había piedad: una húmeda venganza esperaba a nuestros rivales.

Sin embargo empecé a constatar en mis propias carnes que, como le sucede a tantos otros líderes revolucionarios, comenzaba a adueñarse de mí la paranoia: comencé a ver conspiradores, maquinaciones en la sombra y traidores por todas partes.

—Así que merendando juntos —le digo a V., camino de clase, después de dar su merecido al pobre diablo.
—Sí. Vivimos en la misma escalera, y su madre y la mía son amigas.
—¿Y qué merendasteis? —tercia T., mi mano derecha.
—Chocolate y melindros.
—Vaya merendola, ¿no? Os debisteis poner las botas.
—No estuvo mal —responde, sudoroso y balbuceante, el conspirador.

Nos detenemos en medio del patio.

—Así que merendando… con ellos. —Me encaro contra Judas, mientras los miembros leales de la GRAO comienzan a rodearlo.
—¡Pero si hasta veraneamos juntos! —protesta el traidor, dándose cuenta de que vamos camino de la fuente…

Al final, cuando la cosa comienza a decaer (y tirios y troyanos estamos ya hartos de visitas a la enfermería y zambullir y ser zambullidos en la dichosa fuente un día sí y otro también), iniciamos conversaciones de paz con el enemigo. Y de esas conversaciones nace un acuerdo marco, acuerdo que una mano anónima se apresura a plasmar en la pizarra de la clase:

ESTA TARDE A LAS 6 LA OSTIA Y LA GRAO SE UNIRÁN EN EL PATIO PARA ZURRAR A TODOS LOS DE LA ON.

Y en ese preciso momento, sin previo aviso, entra el director del colegio en la clase.

Ve lo escrito en la pizarra, analiza para sus adentros unos instantes la situación y luego, con la voz pausada que otorga una dilatada experiencia en menesteres semejantes, ordena:

—Que salgan aquí los responsables de esto… ahora.

Por amargas experiencias anteriores sé que no sirve de nada hacerme el sueco, es decir, no salir a la palestra: que mi participación en los hechos acabará clarificándose más tarde o más temprano. En esto, y otras cosas parecidas pienso atropelladamente mientras, junto con otros compañeros de desgracia, abandono mi pupitre y me dirijo cabizbajo a la pizarra.

Por el camino decido dejar la Revolución para siempre.

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© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

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