Un buen plan

Optimista
Por Mortimer Gaussage.

Un buen plan ha de incluir siempre una previsión de contingencias catastróficas. Los planes, bien pensado, no son más una adecuada previsión de desgracias imprevisibles, un boceto de las mil caras del fracaso. De ahí que los buenos planes sean, siempre, los que surgen de la enfebrecida imaginación de los pesimistas, esa gente que olfatea la desgracia que acecha tras cada esquina. Ese alabado hombre precavido que vale por dos no es más que un pesimista con una sonrisa. Y hablamos de pesimistas por ponerles un nombre porque estos, en puridad, no existen. En realidad, pesimista es el baldón que los optimistas han impuesto para designar a la gente normal y corriente. Esa gente que ahorra, usa condón y sale por la noche con una rebequita. Los optimistas, por el contrario, planean mal porque ansían el triunfo. No hay nada peor que un optimista porque esa gente suele, además de hacerse una representación inadecuada de la realidad, tener ciertas características deletéreas.

Así, esos tipos suelen ser expansivos y comunicativos, algo que en muchas ocasiones transmite al observador poco avisado la falsa sensación de que tienen capacidad de control. Hablar mucho de las cosas, a los humanos, que estamos quizá demasiado encefalizados, nos produce sensación de dominarlas. Les ponemos nombres, a las cosas, y creemos que las cambiamos con adjetivos y complementos y damos por hecho que se van a mover en la dirección y a la velocidad del verbo. Nada más lejos de la realidad. Hablar es como el agua, imprescindible para la vida, pero si hay mucha en el ambiente condensa en una niebla que impide la visión.

Los optimistas, además, suelen tener una obsesiva tendencia a hacer cosas nuevas, a cambiar y mover de sitio las que hay. Antes todo era más sencillo y no tenían mucho con qué jugar, pero eso ha cambiado y, en consecuencia, su peligro aumentado exponencialmente. Estamos rodeados de posibilidades y así hemos desecado pantanos, cambiado el curso de los ríos, talado árboles, replantado otros en filas ordenadas, repensado al hombre y eliminado a los que no encajaban; y a los chulitos que no se dejaban o protestaban. Aquí es donde entra la idea de progreso, la herramienta definitiva, la rueda de la edad moderna. A los optimistas los distinguimos porque creen en el progreso, que es tanto como saber hoy todas las respuestas a los problemas de mañana.

A los optimistas, para sus cosas de optimistas, les vienen bien las ideologías y las teorías. Ambas sustentan, con principios y axiomas, el acierto de actuar y aún la imperiosa necesidad de hacerlo; lo imprescindible de adecuar la realidad a lo imaginado. Los optimistas son gente, aunque no parezca evidente, que desprecian mucho a los demás, desoyendo una y otra vez los temores y desasosiegos que a la gente normal, los de la rebequita y los ahorros, les producen las aventuras. Está uno tan tranquilo panza arriba al sol pescando al curricán con un optimista y, a nada que se descuide, acaba hipotecado emprendiendo un negocio para turistas uzbekos. Cómo desaprovechar tan gran oportunidad, dice el optimista mientras abre sonriendo otra de tus cervezas. Por eso hay que resistir esos cantos de ballena y desoir los casos de éxito de barra de bar que se empeñan en repetir. Siempre tienen un principio o una teoría prestas a ser puestas en práctica con tus huesos. No digo yo de no cambiar nada, Dios me libre. Digo yo, no obstante, que si los puentes y los aviones no se caen es porque quienes sueñan esas maravillas tienen pesadillas con la posibilidad de que se caigan. Los puentes no se caen porque los ingenieros se preocupan, mucho, de cosas nímias, como rebequitas y condones y tornillos y torsiones.

Los optimistas, porque somos muchos los remisos, son grandes apasionados de la legislación. En primer lugar, como ya se ha razonado, porque confunden el ser con el deber ser, categorías que llevan ya suficiente tiempo aclaradas y no deberían seguir generando confusión. La mente del optimista desprecia la primera y abraza, sonriente y confiado, la segunda, mientras camina decidido hacia un nuevo amanecer. El deber ser, en su ámbito práctico, que es el derecho, se consigue, si todo falla, a hostias. Es una solución burda pero que, mal que bien, viene funcionando desde el principio de los tiempos. Los optimistas, como consecuencia, gozan con la legislación porque es la manera perfecta de conseguir que todos mejoremos como nos merecemos, especialmente los pesimistas que nos resistimos, siendo como somos quienes más lo necesitamos. Es perfectamente posible convertir a un pesimista recalcitrante en un optimista renuente con un par de graves amenazas de la ley. Ante la disyuntiva de una pérdida segura y una pérdida posible el pesimista echa cuentas, dice sí con la cabeza y se pone un condón. La ley, que consiste en un “Si A entonces debe ser B y si no lo haces de buen grado te voy a canear”, se ajusta como un guante al modo optimista de ver el mundo. Y de cambiarlo.

Por todo lo anterior huyo de los optimistas como de la peste. Jamás cruzaría un puente ni subiría a un avión construidos por optimistas y creo que han de ser vetados, a toda costa, para trabajos en los que puedan tomar decisiones que afecten a otros. No sólo deben ser apartados de puestos que les permitan declarar guerras, hacer leyes o capitanear barcos, sino también, y no exagero, deberíamos impedirles criar a sus hijos, tener perro, pedir un préstamo o votar en referendums. Es cierto que lastraríamos algo el progreso de la humanidad ya que, al fin y al cabo, los seguros en las armas, todo ese conservante que llevan las mayonesas de bote y el airbag en los automóviles son cosas que no existirían sin la decisiva intervención de los optimistas y la reacción de la sociedad para corregir sus desafueros. No obstante pienso que avanzar a un ritmo menor es un precio módico para evitar los sobresaltos y dolores que causan.

Yo, porque nadie es perfecto y todos tenemos siempre un resquicio de optimismo en el cuerpo, tengo un plan, que es hacer planes desconfiando de mí mismo. Es decir, que no sólo intento prever desafueros de optimistas entusiastas sino que, además, me tengo a mi mismo por un criptooptimista, un quintacolumnista de la esperanza. Ejerzo, en definitiva, un sano pesimismo introspectivo.

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