¡Que te lo comas! Hoy: el caputsino

Caputsino
Por Satur.

No se me alcanza a ver en la lontananza de los tiempos pretéritos a éste que nos ha tocado vivir en qué momento exacto el caputsino entró en nuestras vidas a través de las cafeterías de los bares de España aunque hubiese jurado que en los noventa pero no pues al investigar en hemerotecas digitales he encontrado una primera referencia en el ABC de 1979 y en La Vanguardia de 1981 lo cual no es moco de pavo y en todo caso cabe pensar que ocurrió una vez muerto el infame dictador lo cual que nos trajo las libertades de pensamiento obra y omisión pero también el libertinaje del caputsino ese brebaje.

El 16 de junio de 1979 el ABC, en su página 71 -dedicada a los anuncios desclasificados– incluía un aviso de venta: Cafetera Pavoni Expresso-Caputsino, cuatro mil quinientas calas. El 1 de enero de 1980, el escritor Noel Clarasó publicaba en la página 41 de La Vanguardia un artículo dedicado al café donde citaba el ahora idolatrado caputsino. De ahí a nuestros días, tanto la palabra como el concepto que designa han inundado nuestras vidas al punto de hacerlas existencialmente insoportables.

Qué bonito era entrar a un bar y observar cómo los aguerridos camareros atendían sin anotar nada los heteróclitos deseos de los parroquianos. Agolpados en la barra, los yonquits de esa gasolina sin la cual nuestros cuerpos no reaccionan ante los estímulos vitales de nuestro día a día, solicitan su dosis en voz alta y de corrido, como si recitaran la tabla de multiplicar a un maestro severo: ¡Un café solo de máquina con sacarina! ¡Un café con leche de sobre con poco café! ¡Un descafeinado largo de leche! ¡Un cortado de leche de soja con sacarina bio!

Cuán larga es la imaginación de los hombres y cuán paradójico su cotidiano devenir. Así como piden en los restoranes, sin más, unas acelgas, un gazpacho o una paella, como si fuesen platos monolíticos y uniingredientales, se explayan con el café para adecuarlo a sus gustos extraños, refinados y ultramarinos. Nadie pide una paella corta de arroz con gamba arrocera y sin colorante; nadie pide unas acelgas con aliño de ajo y aceite y largas de sal; nadie un gazpacho de tetabrit con jamón ibérico de bellota y pepino de la huerta de Murcia. Ahora bien: hagamos poemas con el café.

Hoy en día el panorama se empobrece con la irrupción del caputsino. Las gentes sin imaginación, sin orientaciones psicogastronómicas refinadas con el gusto y la experiencia, se plantan ante los otrora vivaces camareros para pedir el brebaje infecto, el engañabobos por excelencia, la farsa y la mentira del capitalismo en forma de bebida caliente, la bahorrina falaz, el caputsino.

¿Qué es el caputsino? Un café aguado, infusión de achicoria casi, con sabor a aceite requemado de Renol Twingo, disfrazado su abyecto sabor con un tanto de leche y espuma espolvoreada con nesquit del Día. Un café complejo a primera vista, pero simple de definir una vez despojado de su mentira: agua sucia disfrazada. Y así, aborregados por la falta de brío vital, por las circunvalaciones de nuestros cerebros ya no hay conexiones neuronales que adapten las necesidades de nuestros cuerpos a la civilización cimentada durante siglos y asumida por nuestra condición de europeos occidentales subpirenaicos. A cascarla Alfonso Equis y su escuela de traductores de Toledo, a cascarla el ímpetu aguerrido de los Reyes Catódicos, a cascarla Cervantes, Quevedo, Velázquez, Cela, Picatso y Nazario.

Hemos sucumbido a algo que parecía una moda y no es más que un invento de los políticos para no hacernos pensar, para que al entrar en una gastroteca pidamos un insípido caputsino y no lo que realmente deseamos. Nos han castrado el deseo, nos han abortado la imaginación. Sí, no es improbable que el caputsino sea un invento de la CIA para que subyazgamos en la esclavitud política del Imperio.

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