Divertimennto amorosso

Suerte
Por el Câmärâda Sërgëi.

Anduvo la moza retrechera y como con jindama; haciéndome ojitos, sí, pero parando a la vez mis embestidas sintácticas con el tesón de quien sabe que tiene la sartén por el mango. Yo, alacre y pendenciero, no cejaba en enaltecer su belleza y postraba ante su genio mi verdad: que estaba loco por ella y que no podía dejar morir la noche sin embadurnar sus senos con el mucílago de mi virilidad. La muchacha no entendía un carajo de lo que yo le hablaba, pero maldita la falta que le hacía, pues bastaba un picotín de su mucha intuición para comprender cuáles eran mis intenciones. Sucias, sin lugar a dudas, aunque no alcanzara a saber ella hasta qué punto.

Quizá deba reescribir lo anterior para hacerlo comprensible: me gustaba una chica y me mostré la mar de vivaz y sincero para hacérselo saber. Ella parecía halagada, pero me rechazaba con firmeza. Mis explicaciones disfrazaban su brutalidad con un vocabulario ya en desuso para evitar que se asustara de lo guarro que puedo ser. Aunque, pienso ahora, hay mozas que se muestran esquivas y recatadas en el ritual preamatorio, pero una vez en el altar del amor, donde ellas te han llevado haciéndote creer que has sido tú el exitoso galán, se comportan como actrices de ínfimas películas de índole venérea, juran como estibadores y berrean como bichos enloquecidos mientras te exigen lo que creías ya imposible.

La chati barajaba el naipe de su renuencia con el de la esperanza, como si lo hiciera jugando con bastos y oros: el dos de oros, el relámpago de lubricidad que de tanto en tanto dejaba asomar a sus ojillos; el as de bastos, el que me asestó al final cuando se deshizo de mí para largarse con otro. Y así me quedé yo, harto de copas y con el as de espadas tensando el pantalón.

Siento no haber sido más claro desde un principio, pues me gusta chapotear en el diccionario como gorrino en un fangal. Me viene la costumbre de la Universidad, donde estudié Filología Española porque mi nota no daba para más. Huelga decir que no terminé la carrera porque me aburría como un hongo, pero en aquellos tres meses inolvidables hociqué en el diccionario en busca de palabras raras con las que apabullar a las chavalas de mi curso. Me volvían loco sus coletas y sus gafas y sus pechos aplastados con carpetas llenas de citas de Quevedo, de Montaigne y de Antonio Gala y fotos de los New Kids on the Block. Tuve éxito con un par de ellas, pero no porque la argucia hubiera funcionado, sino porque eran de esas pijas que gustan de envilecerse con macarras como yo. Les parecía exótico hacérselo con un tío con algo de cresta (a lo pájaro loco, y no esas esculturas capilares de los punks setenteros), chupa de cuero y acento de extrarradio.

Sí, yo me dejaba hacer y mis éxitos no dependían ni de mis encantos ni de mis estratagemas, aunque sin ese bagaje hubiera sido complicado llegar a buen puerto en alguna ocasión. La suerte hay que ir a buscarla, macho. Y eso intenté esa noche en que aquella piba me dejó tirado en la barra para irse con otro menos pelma que yo. Desde entonces, y de eso hace ya cuatro años, me he calmado, como si año tras año la vesícula me segregara un tanto de bromuro (si es que la vesícula segrega algo, que no sé) apaciguándome el deseo. No digo que haya estado estos cuatro años viajando de vacío, que es como dicen los camioneros a los viajes en balde, cuando no transportan nada de regreso a sus casas o a la base de la empresa. De vez en cuando «he pillado», como se decía entonces, pero la falta de costumbre y la ausencia de verdaderas ganas se aliaron para convertir el otrora sagrado sacramento de la cópula en un ejercicio sistemático de ruina y decadencia, falto de sorpresa y emoción.

La última vez fue con la secretaria de la oficina donde trabajo desde hace quince años como auxiliar administrativo, y tan mal no debí de hacerlo cuando todavía, aunque muy de vez en cuando, me invita a un café de máquina en la segunda planta. Pero sólo yo sé de lo que fui capaz en mi día, y esa amabilidad postcoital nunca ha terminado de envararme el ánimo, aunque sí la venosa, que aún anda con algo de hambre y de vez en cuando se despereza cabeceando en los calzoncillos. No obstante, nunca hemos vuelto a repetir.

Si les cuento todo esto, que a cualquier persona y aun a mí en cualquier otro momento me hubiera dado vergüenza explicar, viene porque la inevitable decadencia, cuyo inicio he fijado en aquella barra de bar y con aquella chica que me dio plantón de forma subitánea e inesperada, parece ahora desvanecerse ante el renacimiento de mis facultades, sensoriales e inguinales, de una forma que sólo acierto a definir como «amor».

Me he enamorado de una clienta que viene de vez en cuando a dejarnos albaranes y facturas, que apenas pasa unos minutos con nosotros y de la que no puedo decir que sea la mujer más bella del mundo, aunque tiene unos encantos indiscutibles (unas piernas perfectas y un culo glotón encabezarían una lista bastante larga de certezas). Parece pasar desapercibida para los cabestros que tengo por compañeros, y sólo uno despertó del letargo embrutecido en el que viven todos para espetar una vez: «a ésa la daba yo…» De haber encarrilado mi amor por el camino de los celos tendría que haberlos apagado inmediatamente, porque ninguno de los otros secundó su barbarie, lo que debería dejar el gruñido de aquel puerco en un hecho aislado y sin consecuencias. No obstante, me puso feróstico su desfachatez y la calmé con una pequeña putada que me hizo olvidar para siempre la afrenta. Un día llegué a la oficina antes que nadie y vacié un vaso de agua en las rendijas del monitor de su ordenador. Al encenderlo saltaron chispas e hizo amago de explotar. Hubo susto, gritos y juramentos por parte de todos, y una estúpida satisfacción por la mía.

No estoy orgulloso del infantilismo de mi acción. De alguna manera siento que me desmerece ante mi diosa, siempre tan formal y correcta, aunque simpática y divertida cuando responde a alguno de mis comentarios, ya sean sobre el tiempo, la actualidad política o el fútbol (mis conversaciones no dan para más, ya me disculparán). Me siento como esos campos que reverdecen tras el invierno, cuyas inclemencias han pasado aparentemente yermos y apagados. Así como la tierra nutricia empuja hacia los cielos plantas que alcanzarán grueso tallo, como vergas envaradas, mi espíritu se realza sacudiéndose el marasmo de años de molicie dulcificada por el sosiego. Por las circunvalaciones de mi cerebro corren veloces los pasos de mi plan de ataque. Un guiño un día, un «cordera» dicho con el aliento esponjado al siguiente, una invitación para «echar unos cacharros poray» al otro. Y en una semana, al catre, y en seis meses, al altar. Que sí, lo que sea, lo que toque y lo que me deparen Dios, el destino o la suerte, que ya está echada. Deseádmela larga y brava y buena.

Vocabulario

retrechera: adj. coloq. Que tiene mucho atractivo. Mujer retrechera. Ojos retrecheros. Pero también: adj. coloq. Que con artificios disimulados y mañosos trata de eludir la confesiónde la verdad o el cumplimiento de lo debido.

jindama: f. jerg. Miedo, cobardía.

alacre: adj. Alegre, ligero, vivo.

mucílago: m. Sustancia viscosa, de mayor o menor transparencia, que se halla en ciertas partes de algunos vegetales, o se prepara disolviendo en agua materias gomosas.

picotín: m. Cuarta parte del cuartal (‖ duodécima parte).

hongo: m. Ser vivo heterótrofo, carente de clorofila, hojas y raíces, que se reproduce por esporas y vive parásito, en simbiosis o sobre materias orgánicas en descomposición; p. ej., el cornezuelo, el níscalo y el champiñón. U. t. en pl. como taxón.

feróstico: adj. coloq. Irritable y díscolo. Pero también: Feo en alto grado.

empresa: f. Unidad de organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos.

amor:
1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.
3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.
4. m. Tendencia a la unión sexual.
5. m. Blandura, suavidad.
6. m. Persona amada. U. t. en pl. con el mismo significado que en sing.
7. m. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella.
8. m. p. us. Apetito sexual de los animales.
9. m. desus. Voluntad, consentimiento.
10. m. desus. Convenio o ajuste.
11. m. pl. Relaciones amorosas.
12. m. pl. Objeto de cariño especial para alguien.
13. m. pl. Expresiones de amor, caricias, requiebros.
14. m. pl. cadillo (‖ planta umbelífera).

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