Mi vida en pocas palabras (Capítulo IX)

Vida09
Por Gengis Kant.

«El subalterno que salió a recibirnos al final del capítulo anterior va a ser en éste el encargado, mientras sigue con sus inmigraciones domésticas, de introducirnos en uno de los rincones más íntimos y secretos de aquella cultura, pues Lejanía supo guardar siempre un lugar para lo que dejaba detrás. Así ocurrió con las manualidades, que no eliminó del todo. Hubiera sido como si las cosas se quejaran de llevar siempre al lado su sombra. Como ésta acompaña al cazador vaya a donde vaya, así la cercanía a la lejanía. El buen lejano lo sabe, y lo acepta alegremente. Sabe que es el lado secreto, íntimo, de su cultura. Por eso se cuidó con tanto cariño a la casta importada, evitando desdenes innecesarios a su entrega laboral; antes bien, aplaudiendo la mansa docilidad que siempre mostró cuando restallaba el lacónico mandato.

Qué vivaz ajetreo en el refugio protector de la casa se ofrece a nuestra mirada. El trajín hogareño colma la vida del bienaventurado ayudante. Nuestro querido amigo barre y friega los suelos con la prosternada humildad que define y delimita su función vital, deshollina travieso la misteriosa chimenea, limpia con religiosa devoción los trofeos agonales, va de acá para allá afanado en sus minucias benditas. Nada le cansa ni entristece.

Nuestra fantasía vuela, sueña escenas colmadas de una candorosa alegría. Nuestro espíritu encuentra solaz en una escena de inefable beatitud: al terminar la jornada, en la que no han faltado las distracciones, todos los de la casa, domesticadores y domesticados, hospitalarios y hospitalizados, habiéndose reunido en torno a la sagrada lumbre, escuchan atentos al casero mayor, seguramente un prócer venerable de la ciudad, acaso un Magno Montero, el cual, con temblorosa y emocionada voz, lee una vez más el canto que celebra la gloria inmarcesible de una jabalina que repitió victoria en los juegos agónicos.

Mas no es éste aún el momento de hablar de epopeyas deportivas, de sagradas hecatombes, de universales polémicas, de gloria y señorío. No elevemos tan pronto nuestra mirada a lo mayúsculo y extrovertido; ciñámosla a lo pequeño y encerrado. No hablemos ahora de lo imperante sino lo imperado, no del diferente sino del diferenciado.

Nuestro entrañable personaje asumió sin inoportunos lamentos ese espíritu de risueño desequilibrio del que algunos, más ignorantes que pérfidos, reniegan en nuestros días. Tan esencial es su presencia en la vida familiar, que graves y sapientísimos doctores han afirmado que no hay familia cabal sin ella. Sin servidumbre, no hay hogar. Por ello podemos llegar a entender, aunque no podamos menos que condenar, los casos, afortunadamente aislados, de concesión del estatuto de criado, cuando la necesidad apretaba, a algún hijo propio que sobraba, con el fin de constituirse en verdadera familia.

La naturaleza doméstica de nuestro protagonista, su amor a la cercanía, no podía animarlo a abandonar la calma apacible del hogar. Y no lo animó.

Más propensos a la fuga fueron unos sujetos periféricos y desquiciados, asimismo sin el derecho de ciudadanía, que, con un carnet que los acredita legalmente como vagos, iban de un lado para otro mirándolo todo hasta atragantarse, cuanto más entrase en el ojo, tanto mejor.

No era raro ver en las ciudades lejanas, sobre todo en el estío, viajeros sin oficio conocido que, en montones espesos, vagaban por los circuitos diseñados para promover el compromiso con la cultura y la distinción. En ellos, para comodidad del visitante, se había instalado, debidamente marcada para no equivocarse a la hora de mirar, toda la cacharrería propia de esos sitios: museos cuyas salas estaban llenas de explicaciones sobre cómo habían sido construidos, ruinas de ciudades legendarias importadas de todas partes, maquetas a escala 1:1 de paisajes pintorescos, espectáculos de luz y sonido inspirados en la creación del mundo… Allí no faltaba de nada.

En muchas ocasiones los transeúntes más temerarios se escapaban de esos recintos, en busca de experiencias sensitivas no sometidas a la prudente dosificación de los animadores, a la caza de vivencias crudas se podría decir. ¡En mala hora! Aturdidos por la canícula y la belleza a destajo, deambulaban sin rumbo, rebotando de templo en templo ante la mirada atónita de los lugareños, que toleraban tan intempestiva presencia con mal disimulada jocosidad cuando no con abierta acrimonia.

Sólo la obligación de respetar los tratados exteriores que regulaban esa presencia extraña pudo reprimir el natural instinto lapidario de las fuerzas nativas, impulso acaso excitado por los propios viajeros, que tendían a comportarse de un modo desvergonzado e impertinente. Les daba igual interrumpir un pleno del parlamento, disfrazados de exploradores de la jungla o de submarinistas, que aplaudir, como les habían dicho que se hacía en la ópera, una letanía sacerdotal. Lo peor era ver cómo, en los santuarios, miraban y remiraban todo con ojo voraz.

El anticuario que quiera entender bien la figura del vago alejado no debe pensar que la cosa se acababa una vez que los viajeros habían vuelto a casa. Nunca dejaban de ser visitantes, fueran a donde fuesen, incluso de vuelta en el hogar. Vivían en casa como si estuvieran de visita. Sabemos que decoraban las habitaciones, y eso sólo puede deberse a que querían pasarse el día mirándolas. También se han conservado algunos folletos de propaganda inmobiliaria que elogian por encima de todo las vistas magníficas, panorámicas, de la casa en venta, como si sus compradores no tuvieran otra cosa que hacer dentro que mirar fuera, lo más lejos posible.

Pero lo último que quiere Lejanía es que la vean. La mirada, aun en su distancia, es un modo de contacto. El ojo atrapa las cosas. Las cosas, al ser vistas, quedan convertidas en prisioneras de su propia imagen, como si fueran estatuas de sí mismas. El ojo hace mucho mal.»

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