Dirty Gómez (I)

SEGURINEZ3
Por Gómez.

Este relato se presenta como una obra de ficción.

Yo era condenadamente joven. Meses atrás, trabajando como portero en una discoteca de pueblo, un grupo de paisanos me habían propinado una paliza de tal calibre que casi me envían al otro barrio. Por tanto, a pesar de que mi nuevo puesto en otro local más civilizado me ocupaba pocas horas semanales y no pagaban mal, estaba abierto a ofertas que me permitieran dedicarme a alguna actividad —complementaria o a tiempo completo— que resultara menos perjudicial para la salud, no sé, quizá animador turístico, profesor de yoga o jardinero. Uno noche sofoqué una trifulca en mi local y, al acabar, un testigo del incidente, que resultó ser jefe de servicios de una pujante empresa de seguridad, se acercó y me entregó su tarjeta de visita.

—Si quieres un trabajo, ven a verme.

Me dejé caer por allí una de esas tardes. Pronto nos pusimos de acuerdo. La empresa, me dijo, estaba en franca expansión, y pensaban en mí como posible escolta.

Primero pasé un complicado test psicotécnico en el que tuve que mentir más que Judas para que no me declararan no apto:

Oigo voces dentro de mi cabeza.
a) Sí.
b) No.
c) A veces.

Pienso que todo el mundo desea hacerme daño.
a) Sí.
b) No.
c) A veces.

En ocasiones me pongo a llorar sin motivo.
a) Sí.
b) No.
c) A veces…

Luego estaba el temario para sacarme la titulación y la licencia de armas. Constaba apenas de veinte folios mecanografiados por una cara. El problema es que su lectura me producía un sueño invencible. Lo cierto es que, tras una semana y media, sólo llegué a leerme la primera frase, frase que, paradójicamente, todavía recuerdo:

El revólver es una arma de doble acción con cilindro basculante a la izquierda…

Jamás, a pesar de mis esfuerzos, conseguí pasar de ahí.

Sin embargo, el día señalado me presenté en el cuartel de la Guardia Civil donde se llevaba a cabo el examen, esperando que sucediera un milagro. Y sucedió: el agente de la benemérita encargado de controlar la prueba, se ausentó al poco rato de comenzar la misma, y todos los futuros agentes de la autoridad aprovechamos para sacar nuestros apuntes y copiar como descosidos. El porcentaje de aprobados de aquella promoción fue del cien por cien.

Luego nos llevaron a un campo de tiro y nos hicieron disparar contra unas siluetas a una distancia relativamente corta.

¡Et voilà! Apenas unos días más tarde aquellos insensatos me entregaron un carné profesional y un Astra del 38. Y todo, por si fuera poco, completamente legal. Parecía un chiste.

Hasta mi novia se moría de la risa al enterarse.

En la empresa que me había contratado, SEGURINEZ DE SEGURIDAD S.A., celebraron una especie de ceremonia el día que nos entregaron los carnés y las armas. Éramos unos cincuenta o sesenta sujetos, la mayor parte de los cuales rondábamos los veintiún años, que pasamos a formar parte de la plantilla a la vez. Nos recibió en una especie de salón de actos un sujeto pequeñito y próximo a los cuarenta, trajeado, que se identificó como gerente y propietario de la empresa. De su americana asomaba, enfundado en una sobaquera de cuero, un imponente pistolón al que no habría hecho ascos ni Harry el Sucio. Sus primeras palabras a los recién incorporados –y doy mi palabra de caballero de que sucedió así— fueron las siguientes:

—Bienvenidos a SEGURINEZ. Se acercan las Navidades y muchos de vosotros prestaréis servicio en entidades bancarias. Como sabéis, en esta ciudad hay unos cinco atracos diarios, así que estas fiestas… —En este punto de su alocución realizó una calculada pausa teatral antes de proseguir— quiero cuatro muertos. Al que mate a un atracador, la empresa le regalará un viaje, a él y a otra persona de su elección, a Disneyland con todos los gastos pagados. Si el atracador resulta herido, el viaje será a Mallorca.

Todos los recién incorporados, no sé muy bien por qué, estallamos en aplausos. ¿Quién, en su sano juicio, no desea visitar Disneyland por lo menos una vez en su vida?

Entonces, enardecido por nuestra reacción, el gerente acabó su discurso con un mensaje críptico que sonó casi a lema para recordar en el curso de algún cruce de disparos:

—Más vale pájaro en mano que polla en el ano.

Con buen criterio, decidí no dejar mi trabajo en la discoteca.

Quedé a la espera del puesto prometido. Un par de noches después, a eso de las once, me llamaron por teléfono. Yo ya estaba acostado, y contestó mi chica. Unos segundos más tarde, me despertó con la sorpresa dibujada en el rostro.

—Un tipo que dice que han apuñalado a alguien. Creo que está loco.

Resultó ser el gerente de la empresa en persona. Tras una conversación bastante inconexa –por lo general tardo bastante en despertarme— en la que solo acerté a entender palabras sueltas como puñalada, negro o Blanes, al final sí logré comprender que él mismo pasaría a recogerme en media hora y me explicaría por el camino qué sucedía.

El final de la conversación me intranquilizó un tanto:

—Vente trajeado y con el arma reglamentaria.

Por aquella época, el control de armas de fuego apenas existía (se eludía con una autorización de transporte de armamento con la fecha en blanco). No obstante, aunque novato como servidor de la ley y el orden, yo no ignoraba que lo que me pedían era un poco, por así decirlo, muy ilegal. Pero, al fin y al cabo, todo parecía tan sacado de Alicia en el País de las Maravillas que merecía la pena llegar hasta el final.

Al cabo de media hora o así un flamante Mercedes último modelo se detenía en la puerta de mi casa. En él estaba la persona que me había contratado y el gerente de los cuatro muertos navideños. Ambos daban la impresión de haber bebido alguna copa que otra. Los tres, no hay ni que decirlo, íbamos con traje y corbata.

—¿Has traído el arma? –me preguntó.
—Sí.
—Pues sube.

Curiosamente, el gerente se sentó a mi lado en el asiento trasero, dejando al jefe de servicios de la empresa al volante y el asiento del copiloto, por tanto, vacío. Justo había comenzado a explicarme para qué requerían mis servicios cuando el conductor lo interrumpió para completar o acotar algún detalle de la exposición.

La respuesta del gerente de SEGURINEZ fue fulminante.

Le pegó una monumental colleja que restalló como un latigazo. Una hostia, por decirlo sin ambages, de campeonato.

—¡Te tengo dicho que no me interrumpas cuando hablo, cojones! —le recriminó a su empleado.

En aquel preciso momento supe que aquélla iba a ser una noche para el recuerdo.

[Continuará]

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