Casos y cosas del licenciado Mansergas. Un lavado de dinero

por Botillero.

Tender

Aseguran  los entendidos que la realidad siempre supera a la ficción, y algo de eso pensó J. cuando llegó al bar donde cada día desayunaba antes de pasar por su empresa y recoger el listado de clientes que debía visitar durante el día. A las ocho de la mañana el jolgorio era indescriptible y el cava corría entre los habituales con una generosidad que era el presagio de que algo bueno se celebraba más allá del nuevo años con unas horas de adelanto, pues era el 31 de diciembre, víspera de un nuevo milenio.

-Nos ha tocado, nos ha tocado.

Una lluvia de abrazos, incluyendo el muy lascivo del último kiosquero que había salido del armario en el barrio de Gracia, cayeron sobre un aturdido J. que ya en ese instante vislumbraba de manera lacerante que algo que debía rodar a la perfección se había encallado de mala manera. Quería hacer la pregunta que le quemaba pero no atrevía, aunque sabía que alguna de aquellas personas le haría partícipe de la noticia en pocos segundos, de ahí que tras zafarse de tamañas muestras de afecto colectivo se echase la mano al bolsillo trasero del pantalón en busca de lo que ya adivinaba que sería un milagro. Mientras revisaba con dedos temblorosos hasta el último hueco de aquella vieja cartera, recibió la pregunta que temía:

-¿Tú llevabas dos cupones, verdad?

Los llevaba, y en la cartera no estaban, como tampoco estaban en el bolsillo de su camisa, donde siempre los guardaba, día tras día de lunes a viernes,  por la sencilla razón de que la camisa estaba entre la montaña de ropa por tender que había dejado en un barreño antes de salir de casa. Mientras forzaba una sonrisa que no desvelara el desastre, diez millones de pesetas echados a la lavadora en una camisa que tampoco estaba tan sucia, apuraba la copa de cava ofrecida como se apura un amargo cáliz, de un trago y cerrando los ojos, intentado averiguar si aquello no era una pesadilla de la que despertaría en cualquier momento, aunque todavía tenía la remota esperanza de que los dos cupones de los ciegos estuviesen en la mesa de la cocina, en la mesita de noche o en cualquier mueble del pequeño apartamento al que uno pasos acelerados le llevaban en volandas.

En el bolsillo de la camisa mojada, convertidos en pequeñas bolitas de un papel que todavía conservaba restos de sus colores originales, estaban aquellos dos cupones que eran ya la suerte de un quebrado, metáfora ineludible del infortunio más grotesco. Se tumbó en el sofá y se dedicó a pensar y a beber cerveza enlatada, primero fría y más tarde, vaciada la nevera, caliente como la orina; entrada la noche, con una buena cogorza y muchas arcadas, decidió que su mala suerte había sido copada y que ya nada podía empeorar, por lo que acudir a la siempre poco eficaz justicia era sólo un pequeño desastre que no lo hundiría más en el arroyo de la vida, una baza que jugar como esa última ficha que se juega a la ruleta cuando ya se ha perdido hasta la camisa, y nunca mejor dicho.

***

El hombre vino a mí con la misma humildad con la que me obsequió cuando nos conocimos un par de años atrás a cuenta de su divorcio, aunque en esta ocasión el tema era mucho más complicado, como certificaba la camisa que extrajo de una bolsa de grandes almacenes y el papel apelmazado en el interior del bolsillo. No había nada que perder, sin duda, y sí unos cuantos precedentes a su favor que no eran idénticos pero que apuntaban a una cierta generosidad de los tribunales cuando el boleto de lotería se había esfumado por una alcantarilla o cuando un amigo avaricioso que guardaba el papel no quería compartir el premio con los otros afortunados con los que llevaba años jugando. El todo billete roto o enmendado no será pagado admitía algunos matices que estaban en la letra pequeña de la ley o en su interpretación por los jueces, si bien aquella prueba que reposaba sobre mi mesa y a la que no podía quitar ojo no inducía precisamente al optimismo, pero había que jugar la última carta de la que disponíamos.

Un acta notarial sobre la prenda en cuestión y un dictamen pericial químico que acreditaba que aquellas bolitas eran papel de los cupones de la ONCE fueron el pistoletazo de salida a un vía crucis judicial que duró seis años y que culminó con una sentencia a favor del cliente que le daba el equivalente en euros a los diez millones de las antiguas pesetas, más sus intereses legales, obviamente. Se precisaron para ello los testimonios de los otros agraciados-que jugaban siempre dos cupones del mismo número con el cliente- y el del vendedor, que al no ser ciego otorgó un plus de veracidad a la compra de los cupones por J., amén de otra prueba vital, que era la que demostraba que en aquel sorteo se pagaron todos los cupones menos dos, los mismos que acabaron en la lavadora y que demostraron lo ya sabido, que muchas veces el dinero se lava con éxito. Pero seis años es demasiado tiempo y no son pocas las cosas que cambian en la ruleta de la vida: el bar ya no existía porque fue traspasado a unos chinos que lo reventaron en cuatro días, uno de los agraciados había fallecido, de los otros nada se sabía y el vendedor de la suerte se había jubilado, por lo que J. tuvo que celebrar el éxito con una discreción y en una soledad para las que no estaba preparado.

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