Ir a sitios

MG20160208B

Por Mortimer Gaussage.

Ir a sitios está bien pero no tanto, porque en todos hay gente. Esto en sí mismo considerado no es precisamente malo, pero tampoco es exactamente bueno. La gente, como el tiempo, se nos adviene no sabe uno bien por qué maldición o karma. Llueven pesados, truenan coléricos y nublan cenizos. También le asolean a uno los huesos viejos las mozas de buen ver, cosa que, aún no queriendo, tenía que decir. Es impropio, o al menos así lo siento, sacar según qué temas ya en el primer párrafo. Pero las normas están, también me lo dan los huesos, para usar de guía en las situaciones ordinarias, siendo lícito y aún encomiable saber huir de ellas en las extraordinarias.

Nadie va a los sitios por la gente, aunque lo digan una y otra vez. Al menos yo no doy crédito a quienes lo dicen. No hace falta ir muy lejos de casa para darse cuenta de que la gente es parecida en todas partes, si no idéntica. Varían, eso sí, detalles mínimos como que en alguna isla hay más pelirrojas y que cuanto más lejos vas más raro hablan. Salvo esas minucias, que los turoperadores han exagerado hasta hacer de ellas una industria y los antropólogos una ciencia, todos somos iguales. Es decir que en todas partes cuecen habas y llueven pesados y truenan coléricos y nublan cenizos. El interés que puede tener sustituir el pesado doméstico por el foráneo es razón que se me escapa. A los sitios hay que ir a ver conocidos o a ver cosas. Y cuando digo cosas digo un mar, un edificio, un cuadro, una comida o una combinación de todas ellas.

En aras de la verdad hay que decir, para que quede la estampa completa, con sus pros y contras, que todo luce más cuando uno dispone de un guía nativo. Las cosas como son. Los Stanley y los Livingstone, y en general los ingleses victorianos, todos conocían este detalle. El mejor modo de descubrir un lugar es de la mano de alguien que lo conoce. Saber qué ver y a quién evitar es ciencia que lleva su tiempo adquirir y tiene su precio y el nativo, si avisado, posee esos saberes. Debidamente guiado uno no se pierde en laberintos o desiertos, va directo al grano y, lo que es mejor, minimiza el contacto con el resto de la población local. Hay ocasiones en las que recién conocidos me dicen estuve ahí, donde ahí indica al lado de mi casa, y me cuenta qué vio, donde comió, qué hizo. Entonces sonrío educado y me admiro de que se haya llevado buena opinión de su estancia.

Puede ocurrir que el guía sea un entusiasta de su terruño o cual, evidentemente, no ayuda. Yo pasé por esa experiencia y fue un infierno. Huyan del guía que goza haciendo de guía, tras él se oculta un tutor, un gurú, un coach. Revisité Barcelona de la mano de uno de sus vecinos que, me las prometía yo felices, además era arquitecto. Sabía uno que es una ciudad muy de arquitecturas y tendencias y estilos y variada y cosmopolita y orgullosa y cuidadosa de esa variedad. Conocerla, está vez sí, con quien te oriente e informe es un lujo, pensaba; qué suerte. El tipo, por entusiasta de lo suyo y por ello informado era prolijo en detalles y consecuentemente no dominaba el arte de la conversación, que consiste en presentar lo importante como banal y lo complejo como evidente, para que mejor discurra la información. Así comenzamos la visita con lo esencial, para descender después a lo imprescindible, siguiendo luego con lo importante. Las paradas a comer y cenar fueron en hermosos locales con interés no sólo alimenticio. Los datos, historias, detalles y anécdotas se iban acumulando. En días posteriores la visita se extendió a lo relevante, lo interesante y a lo llamativo y lo que empezó como una delicia se tornó un horror. Al cuarto día me descubrí apreciando portales de forja en casitas modernistas de maestros de obra en barrios marginales. Cada uno de ellos, lo juro, tenía sus detalles originales, sus méritos artísticos y provenía de su correspondiente taller más o menos afamado. Durante unas horas, al final de una semana inolvidable, como sin duda lo es la tortura, supe más de Barcelona que el noventa y cinco por ciento de sus habitantes. Huyo desde entonces de los arquitectos catalanes con una fobia que sé irracional pero que me resisto a tratar, por temor a caer en parecida celada.

Unos años más tarde viendo “El paciente inglés”, llegada esa escena en la que Almassy dice que nueve horas de camino con un guía sin hablar han sido un gran día, recordé una Barcelona paralímpica llena de sillas de ruedas, calores húmedos detalles borrosos, una monótona voz en off y unos irresistibles deseos de volver a casa. La gente es capaz de arruinar cualquier cosa, la experiencia de la belleza, la victoria en una batalla, una noche de bodas o la mismísima parusía, y más si se trata de un entusiasta.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓