Mi vida en pocas palabras (Capítulo X)

GengisX
Por Gengis Kant.

«Descartados el contacto y la visión, la mano y el ojo, como medios para saber algo de la lejanía, cualquiera se preguntará si no será la escucha el método adecuado. En Lejanía todos respondieron: ¡Pues claro que sí! ¡Por supuesto que lo es!

A Lejanía hay que buscarla en el rumor, o, lo que es lo mismo, hablando de oídas. Es en las tradiciones orales, en los cuentos transmitidos de boca en boca, donde debe rastrearse la huella de la ausente. Una cadena sin fin hace posible la necesaria distancia entre el oído y lo oído.

Qué prodigiosa virtud de alejamiento muestra la tradición, que cuanto más habla de una cosa más la aleja en el pasado y el olvido. Mensajes que se hunden en la noche de los tiempos, fábulas repetidas y tergiversadas en una sucesión infinita de errores, lenguas perdidas: ahí se halla el verdadero reino de Lejanía, que siempre dará mucho que hablar.

Lejanía no es cosa del presente; tampoco se ofrece como proyecto. Es una leyenda. No se encuentra en el futuro que se acerca, sino en el pasado que se aleja. Sólo en la escucha de lo ya dicho, nunca a través de la visión de lo que está delante, pudiera ser que se llegue a tener alguna noticia de ella. Lo que cuenta es el pasado, cuanto más lejano y olvidado mejor. Hay que escuchar la voz de lo que fue. Repetimos: escuchar, o sea, escuchar de verdad, y no, ejercer ese modo bastardo de escucha, o escucha visual, que muchos llaman lectura.

Como siempre, no faltaron entonces, como no faltan ahora, quienes entendieron mal la llamada. Gentes apegadas al visualismo creyeron que el lenguaje era un simple medio para llegar al conocimiento, a la visión de las cosas. Cuanto más invisible fuera el lenguaje, mejor cumpliría su misión. La transparencia —se engañaron— debía ser la virtud máxima del buen lenguaje; ella sería la que permitiese acceder a aquello que estaban convencidos de que habitaba más allá de las palabras: la realidad, y no otras palabras, como es la realidad.

Esta mala doctrina los animó a emprender una campaña de desprestigio del lenguaje de la calle, también llamado ordinario, que, lamentaron, al haberse formado de cualquier manera, adolecía de infinitas rugosidades y excrecencias inútiles, incluso perjudiciales. El lenguaje vulgar, válido quizá para nombrar las cosas a bulto, debía ser sustituido por otro preciso, riguroso, científico. Nació así una mecánica lingüística; comenzaron a fabricarse idiomas metálicos. El primer resultado de la nueva ingeniería fue un diseño de lengua implacablemente racional: se trataba de una rara escritura, mezcla de chino y geometría, no apta para el canto.

No fue admitida.

No lo fue por escupir contra la misteriosa opacidad del verbo, por pisotear su naturaleza velada, propicia a la discreta doblez, al simulacro tímido, querenciosa de travesuras y alegres deslices. Ignoraron aquellos blasfemos que en el malentendido está la sal del verbo, su sustanciosa e inagotable profundidad, alimento de los osados, ruina de los míseros.

Las brumas del lenguaje, los laberintos metafóricos, el denso manto verbal: ¿qué mejores guardianes de Lejanía? Las pudorosas palabras alejan lo que parecieran traer, ocultan al señalar, simulan una realidad siempre escamoteada.

No cabe mayor teatro, ni más alegre, que el verbal, donde todo es artificio de símbolos y cifras herméticas.

La escucha lejana se apoyó en esas espesuras del lenguaje, evitando el peligro de caer en la comprensión. Entender lo que se nos dice viene a ser como si nos comiéramos el mensaje. Pero las palabras no han sido puestas para ser devoradas; están para que las escuchemos. Debe ser más cantadas que entendidas.

Este hallazgo fue acompañado por un clamor de gloria y apoteosis. Sonaba la hora del triunfo. Una rara vibración sacudía la atmósfera, la rasgaba. ¿Acaso estuviera cerca Lejanía?

Jamás se supo.

Tarde o temprano -es ley de vida- a toda poética le sigue una teología. Siempre viene quien le quiere poner letra al himno. La que formuló la cultura lejana, seca como todas las teologías, la explicaremos en un santiamén.

Toda ella se centra en un punto cuya importancia jamás nos cansaremos de ponderar. Reza así: Nadie sabe dónde está la lejanía.

Por allá arriba, como piensan muchos, no; de ninguna manera. Se demuestra así:

Sólo caben dos posibilidades:

O que por ‘arriba del todo’ se entienda ‘el escalón más elevado de la cadena del ser’. En tal caso allí no está porque ese lugar está muy expuesto a cualquiera que tenga buena vista. Basta con que levante la cabeza y allí la encontrará, por muy arriba que se haya puesto la otra. El general y el recluta forman parte del mismo ejercito; si te cruzas con éste, el otro no andará muy lejos.

O que por ‘arriba del todo’ se entienda ‘más arriba incluso de la escala’. Entonces no se sabe lo que se dice, pues no hay manera de concebir que una cosa esté más arriba del escalón más alto salvo que la imaginemos puesta en otro más alto. Sin darnos cuenta hemos alzado la escalera.

Luego no está arriba del todo. Q. E. D.

Hay que tener también mucho cuidado con ir diciendo por ahí que la lejanía se encuentra alejada de todo. No es ella la que está alejada, somos nosotros los que estamos alejados de ella. Fue ella la que nos alejó, y no, nosotros a ella.

Tampoco sirve la cautela que llevó a algunos a afirmar que no está alejada pero sí lejos. Es inadmisible que se sostenga tal cosa, porque la lejanía bien entendida, la de verdad, está tan lejos de nuestras ideas preconcebidas, le gusta tanto despistar, que ni siquiera podemos saber si está lejos o cerca de nosotros. Nadie sabe si la lejanía se mueve en la lejanía.»

Aquí termina lo que dejó escrito el maestro sobre este arte tan difícil que te prepara para, si fuese necesario, poder estar cerca de lo que debe quedar lejos, o al revés.

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