Dirty Gómez · II

gomez20160212B

Por Gómez.

[… en el capítulo anterior]

Por el camino me enteré de que al parecer habían apuñalado al vigilante jurado de SEGURINEZ que prestaba servicio en el parquin de una comunidad de vecinos en la localidad de Blanes. Los detalles del suceso todavía eran confusos, pero el mensaje que el herido había logrado transmitir desde una cabina telefónica a la sala de control de la empresa, segundos después del ataque, resultaba ciertamente estremecedor:

—Un negro me ha metido una mojá.

La llamada se cortó de manera brusca. Sin embargo, minutos después logró restablecer la comunicación.

—Soy yo otra vez… Sigo teniendo la mojá –aclaró justo antes de que se le terminaran definitivamente las monedas.

La situación era doblemente delicada, pues el parquin en cuestión no sólo estaba custodiado por un miembro de la plantilla de SEGURINEZ, sino que además el propio gerente tenía un apartamento de playa en ese edificio. Se trataba, pues, no tanto de rescatar al caído en como de dar cumplido escarmiento al agresor (o agresores) de la manera más expeditiva posible.

Llegamos al pueblo, bajo un frío polar, pasada la medianoche. Nada más entrar en el aparcamiento comprobamos que el aspecto general del herido parecía ser razonablemente bueno. Presentaba, eso sí, una manga de la camisa del uniforme empapada de sangre y una aparatosa venda. Nos refirió que había sorprendido a un intruso robando y que, al ir a detenerlo, el tipo había sacado una navaja y le había atacado con ella, provocándole una herida en el brazo con el que se protegió del ataque.

—¿Y tú qué hiciste cuando te amenazó? –inquirió el gerente.
—Le dije que levantara las manos.
—¿Y las levantó?
—Sí, pero para intentar clavármela más veces.
Aquello colmó la paciencia de nuestro jefe.
¡Cinco bellotas, cojones! —exclamó a gritos—. ¡Le metes cinco bellotas, que para eso llevas un arma!
—Pasó todo tan rápido… –trató de justificarse el muchacho.

—No te preocupes —le tranquilizó al cabo el jefe—. Has actuado con cabeza. Ahora te enviaremos un relevo para que pueda verte un médico. Buen trabajo.

Salimos. No habíamos ni llegado al coche cuando se dirigió a su jefe de servicios.

—Mañana por la mañana quiero que finiquites a este imbécil.

Montamos en el coche y comenzamos una batida para localizar al asaltante. La buena noticia era que el incidente en sí no había sido tan grave como habíamos pensado en un principio. La mala, que a estas horas rondábamos ya los cero grados… No muy lejos de allá, en una plazoleta, vimos que había un grupo de jóvenes heavys entregados a la pacífica tarea de fumarse unos canutos. El jefe dio un brusco volantazo y, chirriando ruedas, estacionó junto a ellos. Bajó del vehículo y yo, aun sin tener ni la menor idea de qué pretendía hacer, lo seguí.

Mientras se acercaba al grupo fue desabrochándose la americana y, procurando que se viera bien su pistola, ordenó:

—¡Contra la pared!

Creo que la vida no tiene ningún sentido.
a) Sí.
b) No.
c) A veces.

La sensación de irrealidad era arrolladora: todo me parecía un sueño, un sueño idiota en el que buscaba, en compañía de un chalado peligroso, a un fulano que le había intentado clavar una navaja a otro fulano; todo ello en el mismísimo quinto pino… Por fortuna, los chavales no tenían ganas de líos e hicieron lo que se les pedía

—¿Habéis visto a un negro rondando por aquí? —preguntó.

(En este punto es obligado señalar que, por razones que se me escapan, la localidad de Blanes capitalizaba a principio de los ochenta gran parte de la emigración subsahariana del litoral catalán. Por tanto, no fue de extrañar la respuesta socarrona de uno de los jóvenes)

—Uno no. Yo he visto más de doscientos hoy.

No sacamos nada en claro ahí. Seguimos nuestra búsqueda por las calles desiertas, cada vez más desmotivados, hasta que comprendimos que era hora de dejar de perder el tiempo y pasar al plan B.

El plan B., como pude comprobar, consistía en tomar la general, dirección Barcelona, pararnos en todos los bares de putas que encontrásemos y tomarnos una copa en cada uno de ellos.

Varios burdeles más adelante, arribamos a la capital de comarca. A estas alturas, la cogorza que llevábamos era ya de primera división. Cuando cerraron el último garito, el jefe recordó que aquella población albergaba la sede central de una entidad comarcal de crédito, y que ésta estaba custodiada por otro de sus hombres. Decidió hacer una inspección sorpresa.

Llegamos al edificio y llamó al timbre. Pasó un minuto, dos, tres… Nadie contestaba. El gerente comenzó a ponerse nervioso ante la demora: pulsaba el timbre de manera compulsiva mientras maldecía:

—Me cago en Dios, durmiendo a pierna suelta, el muy cabrón. Van a hundirme estos hijoputas… Pues mañana éste va a dormir en el Inem.

Si la jornada se prolongaba mucho más, la plantilla de SEGURINEZ iba a quedarse en cuadro.

Siguió pulsando el timbre, cada vez más irritado y sin parar de renegar. Sin embargo, al cabo de unos cinco minutos, alguien contestó al fin por el interfono.
—¿Quién es?
—Abre la puerta –dijo, extrañamente tranquilo, el gerente. Y, acto seguido, acercó la boca al micrófono y susurró—: Hijo de puta.
—¿Cómo dice?
—Tú vente a la puerta, que ahora mismo te lo repetiré a la orejita.

Pero, para nuestra sorpresa, quien nos abriría la puerta unos minutos más tarde no sería un vigilante, sino un individuo trajeado de cierta edad. Se nos quedó mirando fijamente, esperando una explicación. Yo sabía bien lo que estaba viendo: tres amanecidos que apenas podían tenerse en pie.

Mi jefe, con la camisa fuera del pantalón, la corbata torcida y evidentes dificultades para expresarse, se identificó (a duras penas) como gerente de SEGURINEZ y pidió ver al vigilante… Lleva muchos años criando malvas y fue uno de los mayores gánsters que he conocido jamás; pero así lo recuerdo: tartamudeando delante de aquel empleado, mientras procuraba mantener el equilibrio, una lejana madrugada de diciembre.

—El vigilante sólo viene los fines de semana –dijo el hombre—. De lunes a viernes solamente trabajamos empleados y conserjes de la entidad.

***

Una media hora después, servidor trataba de atinar con la llave en la cerradura de la puerta de su casa. Todavía no había comenzado a trabajar oficialmente en SEGURINEZ y ya había cometido un par de delitos, había andado muy cerca de cometer algún otro y la empresa me había costeado una borrachera bastante respetable y posterior visita guiada por una ruta de burdeles de carretera. Quizá, bien mirado, este lado de la ley fuera más divertido e interesante que el otro.

En ese preciso instante caí en la cuenta de que habíamos olvidado mandarle un relevo al vigilante del parquin.

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