Mi vida en pocas palabras · Capítulo XI

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Por Gengis Kant.

Lejanía no sólo fue una cultura circunscrita a un lugar, aún por descubrir, y a un tiempo, sin datar todavía. Es una actitud, un estado de ánimo, un talante. Y eso no caduca. Incluso cuando la humanidad ha vivido hundida en el pantano de la igualdad más táctil, entregada a una orgía de sonrisas y sin otro horizonte vital que un abrazo eterno entre los compañeros, algún solitario ha impedido que se apagara la llama gélida y purificadora de Lejanía. Siempre ha existido y siempre existirá quien cultive el difícil arte de estar no sólo cerca de lo que debe quedar lejos sino lejos de lo que está próximo.

Yo, sin ir más lejos.

¿Cómo se explica, si no es por el dominio de esa técnica, que yo siguiera siendo de la OJE incluso a una edad en la que ya era consciente de la naturaleza política poco recomendable de esa organización, o que me planteara solicitar mi ingreso en el club comunista en el que se habían metido mis amigos sin darme de baja en el otro sitio?

Naturalmente, esta forma pasiva e invisible de distanciamiento no la captó nadie. Mis amigos no entendieron jamás mi pertenencia un tanto prolongada a la OJE. No les parecía que mi gusto por los locales recreativos bastara para justificar una permanencia tan indecorosa. Para ellos lo importante de una organización ideológica era la ideología; y no, que en sus locales hubiera con qué pasárselo bien. Yo tenía otra opinión. Y dio la casualidad de que en Guadalajara el fascismo tenía mejores futbolines que el comunismo. En chicas, en cambio, ganaba éste. Se entenderá, pues, que me atrajeran los dos.

Con la perspectiva que me da ahora el paso del tiempo, no descarto que mis amigos juzgaran las cosas del modo correcto. Pero entonces tengo todo el derecho del mundo a decir muy alto —¿se oye al fondo?— que también ayudé, con esa peculiar forma de estar sin estar, a la desaparición de la dictadura, aunque fuera en un grado ínfimo y sin enterarme. Lo cierto es que yo, sin saber de la misa la media, hice cosas ideadas por gente que buscaba con ellas la desaparición del franquismo.

Fueron dos mis contribuciones a la causa democrática: ir al cine y emborracharme.

Ninguna de las dos hubiera sido posible sin la ayuda de un mecenas. Esa labor correspondió a las juventudes comunistas, siempre dispuestas a encontrar los medios más peregrinos para aniquilar el régimen de Franco. En Guadalajara se ciñeron básicamente —dejo aparte las pintadas en los váteres de un par de cafeterías— a la fundación de un cine-club y a sucesivas campañas a favor de la reforma de las fiestas patronales.

Lo primero fue posible gracias a la hospitalidad del Colegio Salesiano, una institución cuya especialidad pedagógica era, por lo que nos contaban los que estudiaban allí, dar hostias a todos los alumnos que se pusieran a tiro. Aparte de eso, el colegio tenía una sala de cine.

Antes de nada quiero dejar muy claro que los directivos del cine-club al que me apunté —¿por qué iban a negarse si eran unos tipos excelentes?— ponían películas. Como en otros cine-clubs. Pero, como en los demás, el cine era una herramienta, y toda herramienta, como es bien sabido, sirve para algo, se usa con un fin. Aquel cine-club —en esto tampoco fue una excepción— tuvo como objetivo la propaganda comunista. La selección de películas ayudaba mucho. En el caso de que quedara alguna duda entre los compañeros espectadores sobre su significado, se despejaba en el fórum que seguía a la proyección.

Siendo la película tendenciosa ya de por sí, el debate posterior, si es que puede recibir ese nombre un intercambio de opiniones entre quienes tienen la misma, lo era más. Las intervenciones se inspiraban en una mezcla de marxismo pedestre y delirio psicodélico. Había exégetas capaces de ver en el Ebro un símbolo de la riada histórica que, lenta pero inexorablemente, nos conducía a una sociedad sin clases. Otros adivinaban, bajo el disfraz de un rebaño de churras acampadas dentro de una mansión, a un grupo de esquiroles que había acudido a ponerse a las órdenes de la burguesía.

Así, a base de las tronadas ideológicas que arrojaban desafiantes unos y recibían los demás sin rechistar, fue tomando cuerpo una doctrina puede que sin ninguna utilidad teórica pero muy peleona: lo suficiente para pensar que con ella se podía combatir a Franco. Que para eso estábamos allí.

Hoy los protagonistas de aquellos aquelarres hermenéuticos se desviven por dejar claro a quien quiera oírles, y más a quien no quiera, que ya se han curado de sus visiones. Ahora son ellos los que más se ríen de “aquellas patochadas”. ¿Pero qué otra cosa podían haber dicho —se excusan— si eran tan jóvenes y les quedaba tanto por aprender? Con esta justificación ponen en evidencia que no han aprendido nada, pues siguen sin entender que, si eran tan jóvenes y les quedaban tantas cosas por aprender, lo razonable hubiera sido, no que dijeran otra cosa, cosa que nadie les exigió, sino que no dijeran nada. Como hacían los demás.

No es éste el único problema de esos arrepentidos. Su nueva posición despierta la sospecha de que, si han necesitado años para alcanzar, sin saber bien cómo, la conciencia del escaso valor de lo que habían dicho antes, pasados unos años llegarán, sin saber tampoco de qué manera, a avergonzarse de lo que dicen ahora. Fue preciso que pasara el tiempo para que cambiaran de ideas, pero les bastó que pasara para cambiarlas. No es que las cambiaran con el paso del tiempo, fue el paso del tiempo el que se las cambió. Su inteligencia no se asienta en la cabeza sino en el reloj. Con él razonan. Un año es una objeción; una década, una refutación.

Pero no todo van a ser críticas por mi parte. En mi corazón también cabe la gratitud. A pesar de la modorra que me provocaban las letanías revolucionarias, nunca olvidaré las películas que puede ver en aquella sala, casi todas de una calidad memorable, y encima a muy buen precio, razón más que suficiente para querer dar mis más sinceras gracias a comunistas y salesianos.

Y, miel sobre hojuelas, además de haberlo pasado fenomenal, aún me queda el orgullo de haber aportado, como quien no quiere la cosa, con humildad, a lo tonto, por el simple hecho de estar allí, mi granito de arena a la democratización española. Lo único que me apena es que no dejasen comer palomitas, porque entonces ni te cuento lo que habría democratizado yo.

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