¿Para qué sirve un análisis de sangre?

ANALISIS3

Por Dr. Watson.

Posiblemente no sea una de las preguntas que impiden conciliar el sueño a una mayoría de lectores, pero pronto veremos que merece darle un par de vueltas.

En principio parece obvio: para conocer el estado de salud del analizado, y en caso de que el mismo no sea satisfactorio, buscar las causas. Fíjense que en el minuto cero ya estamos dando cancha a nuestros cerebros, angelitos, ansiosos de diseñar universos llenos de causas y efectos.

Cuando donamos una pequeña cantidad de sangre a la solícita enfermera pretendemos medir una serie de magnitudes de nombres sugestivos en los que apetece demorarse tanto como en su escote (“gamma glutamil transpeptidasa”, “anticuerpos anti treponema pallidum”, “reticulocitos”). Esas magnitudes nos van a informar sobre la fluidez con la que se relacionan los engranajes que articulan nuestro cuerpo.

Pretendemos así cuestionar aquella máxima que afirma que lo más profundo que conocerás de un ser humano es su piel.

Para alcanzar este conocimiento nos ponemos en manos de profesionales de los que esperamos obtener un informe completo, lleno de resultados que se hallen dentro de los valores normales: en este aspecto todos deseamos aurea mediocritas.

Estos profesionales han mejorado mucho su vida en los últimos siglos. Antes tenían que beber un sorbito de tu orina, oh paciente quejica, para hacerse una idea de si deberías suprimir los dulces con los que inútilmente combates las amarguras del día a día.

Ahora todo está en manos de instrumentos sofisticados. Los tubitos con tu orina o con tu sangre ya no están a solas con el analista: eres tú entero, si acaso, quien debe tumbarse en su consulta cada semana, pero no te confundas de profesional.

Tus tubitos, decía, se ven de repente acompañados de otros cincuenta, empaquetados en una nevera como las de camping, transportados a otra instalación donde conocen a otros miles de tubitos idénticos al tuyo. No te creas, el tema es exótico, algunos vienen de Brasil.

Es frecuente que, si vives en Barcelona, tu tubito viaje a Madrid para su análisis, y viceversa.

Todos ellos pasarán, en algún momento, frente a aparatitos que mediante jeringas, válvulas y magia negra llegan a hacerse una vaga idea de la magnitud que les corresponde medir, y pomposamente le llamaremos resultado.

Un dispositivo de lo más ingenioso vela para que los resultados obtenidos por los distintos analizadores en su dedicación a tu tubito sean asignados a la ficha que, con tu nombre y apellidos, está registrada en el sistema informático.

Todo ello te lo explico para resaltar una virtud esencial pero oculta de hacerse un análisis: la fe.

En efecto, al someternos con mayor o menor frecuencia a este trámite todos estamos colaborando a un delirio colectivo, una obra de arte total, consistente en creernos que el resultado que aparece impreso en un documento con nuestro nombre corresponde realmente a nuestra preciada muestra de sangre, como si ese día el cosmos nos hubiera de regalar un premio de lotería, y haciendo caso omiso de las nociones de probabilidad y estadística que aprendimos con el sudor de nuestros profesores.

Esa dosis de fe es sin duda una de las mayores utilidades de los análisis de sangre, y colabora a que minutos después, en cuanto el semáforo de peatones vire a color verde, despreocupadamente iniciemos el primer paso hacia la calzada.

Lo hacemos convencidos de que el autobús de cinco toneladas que se dirige hacia nosotros, dispuesto a aplastarnos, va a detenerse gracias a que otro profesional empujará unos resortes que, tras complicados efectos sobre pistones y circuitos, restringirán el giro de las ruedas evitando, en fin, que nuestra preciada sangre acabe dejando perdida la escena de los hechos.

Hay que tener fe, pero seguro que la próxima vez vas a cruzar miradas con el conductor, chaval.

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