Apostolado bibliográfico. Francisco Umbral

Umbral
por Ricardo López Bella.

Diccionario de literatura. España, 1941-1995: de la posguerra a la posmodernidad. por Francisco Umbral.

En el prólogo de este Diccionario ya advierte su autor que no pretende ser exhaustivo y que además, es encargo de un amigo, se supone que del propio editor o del director de la colección en la que debía incluirse. Similitud con esta sección, encargada por un hasta ahora amigo y que me está dando/quitando la vida (guiño umbraliano), pues eso de leer es prueba y motor de vida, también vivir otras vidas, ya sea ficción, memorias, biografía… y lo de escribir es doloroso parto o agonía quincenal, según el estado de ánimo del arriba firmante o los días que faltan para cumplir con la entrega al Apostolado.

Umbral, con la seguridad que le da la etiqueta de Autor Consagrado, que va a ser publicado por esto mismo… por cualquier cosa que escriba, consciente que ha de cumplir con un mínimo de calidad, aunque eso se le supone, lo que hace es dar rienda suelta a sus filias literarias que son numerosas, variadas y a veces inexplicables y a sus fobias, que no siendo muchas, son llamativas, cuando menos y, eso sí, contundentemente expresadas.

En todas las del primer grupo, se puede palpar el grado de estimación con el autor referido por la cantidad de páginas y los elogios que en ellas se encuentran, ya sean dirigidos a la obra, al estilo y tema o a la persona.

Ocurre también que en algunos casos, autor y obra no sean muy conocidos, ni ésta de suficiente o pasable calidad, pero precisamente para paliar todo esto está la amistad. Véase para lo dicho el segundo parágrafo de la página 268 (de la edición que manejo: Planeta. Colección Diccionario de Autor), todos los nombrados son de Valladolid… por algo será.

Se llevan la palma por páginas y elogios Luis María Ansón, Francisco Cerecedo, Pedro Jota Ramírez, José Luis Coll, Jimmy Jiménez-Arnau, Juan Manuel de Prada, Raúl del Pozo y al que más le dedica tinta y oro es a Adolfo Marsillach.

Nombra y honra por el interés que le merece su obra a García Márquez y Pere Gimferrer.

En el grupo de obra y amistad se encuentran Miguel Delibes, Rafael Duyos, Fernando Fernan-Gómez (“…a los hombres nos acollona” p. 85), Fernando Savater, José Hierro y Eduardo Haro-Tecglen, del que uno piensa que fuera difícil no llevarse, incluso no apreciando lo escrito, que también es difícil.

Hay un grupo de mujeres, faltaría más tratándose de Umbral, que encabeza Emma Cohen, que junto a Corín Tellado se lleva todo tipo de elogios, incluidos los pechos de la primera, que los califica de “importantes”… Completan la lista, entre las más conocidas, Ana María Matute, Carmen Laforet, Carmen Rigalt, Rosa Montero, Montserrat Roig y Almudena Grandes… de todas hay una mención al físico, excepto de las dos primeras…

Por último, los inexplicables, con los que se le va la mano con el incensario y las loas, pues poco o nada tienen de literatos, y lo que le provoca a uno es vergüenza ajena. Los tres ejemplos que no me resisto a consignar son Forges (!!!!!!!!); Lola Flores como letrista de sus canciones, aunque luego aclara que tiraba de “negro” para estos menesteres (Ana Torroja, también consta como tal, aunque no tiene entrada en el diccionario) y el petardazo, para nada bombazo, es Ágatha Ruiz de la Prada (esposa del amiguísimo Pedro Jota, parte contratante desde el diario El Mundo) de la que dice: “Su prosa cultiva un naïf muy logrado… toda ella es literatura”. Quizás es que la propia diseñadora escribe las recomendaciones de las etiquetas de sus horribles prendas. Sin casi nadie saberlo, ha estado introduciendo sus “Obras completas” en el armario de la gente que compra su… ¿ropa?

Naturalmente que Umbral puede prescindir de la exhaustividad, pero de la seriedad creo que algunos lectores no podemos.

Pasamos a las fobias que las produce y manifiesta con la misma falta de complejos y diversa metodología.

La primera es no haciendo ficha, que es como llama a las entradas de su Diccionario, o sea “Los que se quedan fuera” —las comillas son mías— los ignorados o como mínimo no leídos. Que cada uno piense en algún autor e imagine las razones.

La segunda es por grupos, temáticos, estilísticos, políticos o genérico.

Nos habla de los Angloaburridos y nombra a Luis Martín Santos, que recibirá luego individualmente, y Javier Marías. Este grupo lo contrapone al de “escritores que saben crear personajes”, dicho esto por pluma de uno de los dos Yndurain, Francisco o Domingo, no consta, sí consta la amistad de ambos: García Márquez, Cela, Delibes, Vázquez-Montalbán (casi nadie al aparato)…. y él mismo. Lo dicho: sin complejos.

Los Neobercianos o socialrealistas de última generación, adscritos al Ministerio de Cultura del gobierno socialista de la época en la que esto escribía (1995), según su opinión, y de los que no da un solo nombre. ¿Por precaución?

Otro grupo del que no da nombres es el de Los 150, “novelistas que amamantan desde Moncloa”. ¿Otra vez precaución o desdén?

Acaba con las Modernas, “de ahora”, y que las despacha como “desinhibidas” y sus obras como “mala prosa”.

Individualmente, la artillería se dirige en primer lugar contra Fernando Arrabal, con miramientos, y al que le adjudica la posibilidad del recurso a “algún espectáculo en la pequeña pantalla”. Sin duda hace referencia a su borrachera discursiva en el programa “La noche” de Televisión española. Tres años después el propio Umbral, sin alcohol de por medio, probó dicho recurso en una cadena privada.

Sigue a degüello con Carlos Barral: lo llama “Visconti malo” y se “chiva” de que fue el editor que rechazó publicar Cien años de soledad, asunto que muchos conocedores han callado elegantemente durante años.

Juan Aparicio es directamente “tonto como Maquiavelo” y a otros dos a los que abofetea a mano abierta y con los cinco dedos, que no tienen entrada por empezar a publicar antes de 1941, son Azorín (“discreto mediocre”) y Azaña (“un poco pesado” y “sedicente homosexualidad”)

Borges queda como “amanuense de Poe” y alaba lo que llama su “obra menor”, en una ingeniosa forma de desdén: “Mejor sus prólogos y poemas”, lo que supone despreciar por descarte todos sus magistrales relatos y aprovecha, de todas formas, para después de llamarle “maestro absoluto y siempre”, cañonear a otros grandes escritores: “Después de Borges los Cortázar, Sábato y Bioy Casares o Italo Calvino son prescindibles”. El remate es que substituye el típico adjetivo con el que se apostilla al genio argentino… donde todos ponen “fabulador”, Umbral lo deja en “mentiroso”. A calzón quitado, sí señor.

Juan Benet es un “proxeneta de la nada”. García Hortelano, “vendido”, no tiene entrada propia y recibe en la de Barral. Piensa uno que esta animadversión por los tres pueda tener origen en alguna discusión producida en el Café Gijón, en Gambrinus o en casa de Pío Baroja, lugares que todos frecuentaron cuando pugnaban por hacerse un lugar bajo el sol de la literatura.

Al romano Ferlosio le descuelga del estante de la novela social su magistral e inconmensurable El Jarama por el método de decir que “hoy no es más que el testimonio de un filósofo”. Hay que recordar que el propio autor, años antes, ya dio por superado el periodo intelectual en el que la alumbró, mediante renuncia a la ficción.

El plomo para Juan Madrid es por comparación, digamos que indirecta: “…hay que saber escribir, esto lo decimos por Manuel Vázquez-Montalbán”.

Luis Martín Santos, además de por angloaburrido, tiene otra ración de palo por Tiempo de silencio, que califica de “pedantería pseudojoyciana” y sentencia que “para plagiar hay que ser asesino y él sólo era médico”. Aquí hay litros de mala leche y con un solo adverbio consigue que consideremos la posibilidad de que sea más digno ser un asesino que doctor en psiquiatría, la especialidad del vasco de Larache. Se logra también configurar una especie de escena de polichinela: Ortega y Gasset es vapuleado por Martin Santos en su novela. Este, a su vez, es duramente criticado en varias ocasiones por su amigo Juan Benet y Umbral, que considera que “Ortega educó a España”, vapulea a ambos dos en este su Diccionario.

El sistema mixto de demolición, “directamente y por comparación”, se inaugura con Gonzalo Torrente Ballester. No le gusta el estilo y cuando en una ocasión fue a entrevistarle “estuvo antipático conmigo, como con todo el mundo”. En la entrada de Gonzalo Torrente Malvido hace constar que este es “mejor novelista que su padre”.

La variante “directamente y por persona interpuesta”, se aplica a Octavio Paz, “mal poeta”, dice Umbral y “chochona del PRI”, cita de su amigo Raúl del Pozo; y luego a Mario Vargas Llosa: “faulkneriano en su primera novela, incomprensible en la segunda, realista aburrido y numeroso en la siguiente”. “Ensayista perdido en la novela”. Después cita un comentario de Cela: “la reiterada atención de MVLL por Corín Tellado es una forma irónica y sesgada de no prestar atención a los escritores españoles serios”. Quizás luego se fueron a tomar unos vinos y se desconoce si ambos produjeron superiores cogitaciones.

Sobre la mujeres que están a este lado de la imaginaria línea de demarcación hay una coincidencia esquemática, dice poco, negativo y con referencias desfavorables a su físico. Luisa de Castro: “algún crítico ha dicho que no sabe lo que es un endecasílabo”. Dolores Medio es “chillona, fea y, además, provinciana”. Julia Castillo: “Premio Adonais. Fea con amigas guapas”. Eugenia Serra: destaca que antes de morir “se meaba ya por encima”.

No sé si tengo el olfato muy fino para según que temas, pero el tufillo machista que desprende todo lo anterior quizá no solo yo lo huela. Sus amigas y admiradas son poco menos que valquirias y, en alguno casos, la referencias a su físico son tan concretas que sugiere que haya habido conocimiento carnal.

Sobre el estilo del Diccionario poco nuevo a comentar, umbraliano como siempre y como casi nunca por esas demostraciones de mala leche, sus geniales adjetivaciones, su ágil verborrea, sus boutades (“mi mejor libro es una biografía de Byron y plagiada de Maurois…”), sus fogonazos de autoencumbramiento, aunque su propia ficha sólo tiene interés por lo humorística y sus fardadas sexuales por sugerencia (“…a Beatriz Pottecher le gusta que le chupen el dedo gordo del pie…”), su displicencia para despachar a algunos de los fichados (dos palabras sobre el estilo y la mención de los premios en su haber si se diera el caso). Se nos muestra en estado puro y muy duro para los que reciben sus leñazos.

Ya para acabar, conste aquí lo que de él y su Diccionario opinan Jordi Gracia y Domingo Ródenas en su Historia de la Literatura Española: derrota y Restitución de la Modernidad (1939-2010), un libro muchísimo más académico: “luminoso en la captación de las virtudes de un escritor de su gusto (si bien, mucho más torpe en la evaluación y análisis de los menos estimados)”. Donde las dan…

SALUD Y LECTURA.

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