Mi vida en pocas palabras · Capítulo XII

OPIOALCARRENIO800
Por Gengis Kant.

No sería ése el único cine-club que conocí en el que el cine se subordinaba a otra cosa. Con la llegada de las libertades, fue el propio Ayuntamiento de Guadalajara el que subvencionó uno hiperbólicamente democrático, en el que lo más apreciado era asistir a las reuniones donde se decidía democráticamente la marcha del club. Aún me viene a veces a la memoria el ceño adusto que me ponía el director, el típico sacerdote de la participación, porque no iba a esas reuniones. «Tú vienes aquí por el cine», me recriminaba. En la cabeza de aquel hombre la democracia se había hinchado hasta el punto de convertirse en un valor absoluto. ¿Ver la película? Se supone que un premio a los que acudieran a votar qué película ver.

Pero vuelvo a los tiempos de la dictadura, y a recapacitar acerca de si realmente hice algo para defenderla, derribarla, ninguna de las dos cosas o ambas a la vez. Quien diga que fui un estúpido que se vendió al fascismo por un par de tebeos, debe añadir que mi gusto posterior por el cine sirvió, tal como he mostrado, a la causa de la libertad.

A tan noble causa también ayudé con la botella en la mano. El mérito mayor de esta última labor no fue mío en absoluto sino, una vez más, de la astucia comunista, que también dejó su huella en «la cultura de la fiesta», en este caso mediante una operación descrita más tarde por sus promotores como una maniobra política de altos vuelos. Consistió en movilizar a una parte de la juventud de la ciudad para que reclamara al Ayuntamiento la autorización sin más demora de diferentes ligas alcohólicas encargadas de animar las fiestas patronales, cada una con su uniforme, su estandarte, su himno, su ideario general y su programa particular. Se argumentó que esas agrupaciones de borrachos —las peñas— añadirían un calor y una alegría, auténticamente populares, que faltaban en el oficialismo rancio y elitista reinante hasta ese momento. En realidad, el objetivo era crear irritación en todas partes y por todos los motivos imaginables, sacándose de la manga reivindicaciones en las que nadie había pensado anteriormente. Fuera como fuese, lo cierto es que tuvo éxito la protesta. El Ayuntamiento cedió. En cuanto a mí, sólo puede decir que nunca me emborraché con tanto calor y alegría auténticamente populares como lo hice en los locales de las peñas.

Dicho lo cual, y transcendiendo los estrechos límites de mi experiencia particular, quiero mostrar mi acuerdo con quien afirmó que «la peña propiamente dicha debe ser valorada a día de hoy en lo que tiene de categoría antropológica». En el concepto moderno de fiesta patronal, las peñas, en su momento un ariete histórico contra el fascismo y una punta de lanza contra la alienación capitalista, juegan un rol tan importante como los gigantes y cabezudos y los coches de choque.

Pudiera ser que los promotores de aquellas peñas no sientan hoy el orgullo que deberían por lo que consiguieron. Es posible que para ellos eso no valga nada, o incluso que les avergüence el pensamiento de que aquello que concibieron como un instrumento, banal en sí mismo, de algo mucho más importante —una lucha universal inspirada en una moral científica capaz de disolver los mitos oscurantistas de un tiempo caducado— sea lo que se recuerde en el futuro como su principal contribución.

Admitamos por un momento la posibilidad de que tengan razón. Pongámonos en el lugar de aquél al que le importó poco usar unos medios que era el primero en despreciar, y se encuentra años después con que, por una travesura de la historia, han sido esos medios aquello para lo que ha servido su lucha revolucionaria. En pequeña escala algo de eso puede verse en Guadalajara, donde, habiéndose propuesto como objetivo último acabar con la explotación del hombre por el hombre, los logros del comunismo alcarreño se redujeron a no mucho más que cambiar algunas cosas de las ferias y fiestas.

Pero, aun comprendiendo la insatisfacción que deben sentir por este resultado imprevisto los que nos manipularon de un modo tan imaginativo, me gustaría hacer todo lo que esté en mis manos para que vuelvan a ir con la cabeza bien alta. Sepan que no fue poco lo que consiguieron y que ha de llegar el día en que alguna placa municipal agradezca ese servicio que prestó el Partido Comunista Español a las fiestas en honor de la Virgen de la Antigua.

Quien sí tuvo la capacidad de adaptación a una realidad menos sublime que el ideal pero más palpable y suculenta, con la vista menos atenta al cielo y a sus nubes y más enfocada a la tierra, sobre todo si era edificable, fue un alcalde que quiso mostrar públicamente su adhesión a la nueva manera de concebir la fiesta desfilando —«como uno más», declaró humildemente— en medio de la turba de beodos. Las crónicas oficiales dudan sobre si fue la condición de coche de choque, de gigante o de cabezudo la que exhibió el alcalde en el nuevo concepto de desfile; pero es voz popular, no desmentida por nadie, que lo hizo en calidad de mamarracho.

Si a los que militaron en el Partido Comunista les supiera a poco el homenaje del Ayuntamiento, añádase el de la propia Virgen en persona. Y, si ni esta señora fuera capaz de que se les pasara la murria, porque acaso aquello por lo que querrían ser recordados con gratitud es por haber hecho posible la llegada del régimen democrático corriendo delante de los caballos, aconsejo que se les dé la razón. ¿O hay alguien tan cruel como para dejar que caiga la mínima duda sobre la utilidad de las carreras que se dieron?

Pero tendrán que compartir la gloria con un nutrido grupo de jinetes que también ayudaron a esa llegada, sin que puedan alegar que éstos admitieron la instauración del sistema actual sólo a regañadientes, porque se les forzó en la calle. Si los que fueron comunistas alegaran esto, se arriesgarán a que alguien les recuerde que a ellos lo que de verdad les ponía, aunque la prudencia les aconsejó aguantarse, era ir mucho más allá de una democracia meramente formal, como la que tenemos, e instaurar vaya a saber usted qué democracia de verdad. O premiamos a unos y a otros o castigamos a todos.

En cuanto a los que habían estado haciendo compañía a Franco hasta la víspera, nadie tiene la mínima duda de que nunca fueron demócratas de corazón, y que sólo fue el cálculo lo que les aconsejó cambiarse de chaqueta; pero eso quizá debería ser contado como un mérito si se piensa que tuvo que ser la frialdad propia del buen profesional, que presta sus servicios a quien le pague, la que hizo posible no perder los nervios en una operación tan complicada como la de derribar una casa con la ayuda del que corre el riesgo de quedarse, si no espabila, a la intemperie.

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