Festival del humor

Mimo
por Satur.

El pasado día 16 tuvo lugar en mi pueblo la quincuagésimovigésimotercera edición del Festival del Humor, que como su nombre indica es un acontecimiento financiado por el Ayuntamiento para que la gente se ría y vote siempre al mismo alcalde, el cual ya va por su quincuagésimovigésimotercera legislatura.

Este año el plantel de humoristas ha sido de lo más variopinto, y respecto a su trabajo ha habido división de opiniones entre el público -ya convertido en experto después de tantos festivales. El acto tuvo lugar en el Teatro Municipal de la nuestra muy noble villa.

En primer lugar salió Pako Silenzio, un joven mimo de La Alcarria que comenzó a gesticular ferozmente, lo que provocó que Luciano “el de los Seguros” gritara «¡¡PENALDO!!», cosa que causó harto regocijo entre la concurrencia, a excepción de los tres o cuatro madridistas que siempre hay en todo evento sociocultural en España. A los cinco minutos de andar moviendo los brazos por el escenario y de pegar saltos y poner caras raras sin decir ni mu, el público comenzó a organizar un gran escándalo: «¡¡Pero di algo!! ¡¡Cuenta uno de Lepe aunque sea!!» Al seguir el mimo erre que erre con su chou, recibió varios patatazos y le llovieron unas cuantas berzas, sufragadas también por el Ayuntamiento. Ocurre que el primer mimo que actuó en nuestro Festival lo hizo en la vigésimodecimoctava edición. Era la primera vez que veíamos semejante aberración y disfrutamos enormemente abucheándolo, y llegó a tal paroxismo el enfado popular que hasta le llovió una cabra, lanzada a lo bruto por Efrén el «Matasuegras». Luego nos explicaron que la mímica es también una forma de humor, pero nos pareció tan divertido execrar de ella que desde entonces se contrata a un mimo para dar rienda suelta al esparcimiento de nuestro espíritu crítico, aunque ya no lanzamos cabras al escenario por respeto al Partido Animalista del Pueblo, integrado en exclusiva por el hijo de la Camuñas, que hace de secretario general, tesorero, vocal y que, además, es también secretario general, tesorero y vocal del Partido Procorridas de Toros. Organiza unos debates tremendos en el bar, en los cuales siempre sale ganando y perdiendo a la vez, aunque gana más que pierde porque siempre le invitan a unos vinos para que la lucha dialéctica sea especialmente bronca y encendida.

A lo que iba. El siguiente humorista en salir fue un andaluz que estaba especializado en chistes de catalanes, y la verdad es que estuvo la mar de ingenioso. Contó uno muy lírico de un gusano que se metió por equivocación en el monedero de un gerundense y que al salir ya se había convertido en mariposa. Fue largamente aplaudido por la concurrencia.

En un imprevisible giro de los acontecimientos, el siguiente humorista resultó ser un catalán que contaba chistes de andaluces, pero tenía muy poca gracia, porque al imitar el acento andaluz con acento catalán se armó un lío tremendo y le salía acento vasco, cosa que no le hizo ni pizca de gracia a Karmentxu Agarramelakola. Karmentxu se llama en verdad Yésica, pero hace unos años se le metió en la cabeza que era vasca nacida en Santurce y no hay manera de que entre en razón. Sólo come cocochas y ve partidos del Bilbao, aunque no le gusta ni el fútbol ni el pescado. Hay gente pa to.

El siguiente en aparecer fue un monologuista. En el mismo instante en que después de decir una chorrada se quedó en silencio y arqueó las cejas para subrayar su gracia, el teatro municipal en pleno atronó la sala para echar a semejante imbécil. El hijo de la Camuñas dimitió en ese mismo instante y se dirigió al corral familiar para coger la vaca y lanzarla contra el monologuista, que no comprendía el motivo de nuestra ira. El hijo de la Camuñas trajo finalmente el toro y durante las siguientes dos horas asistimos la mar de entretenidos a un encierro improvisado que terminó con el monologuista corneado en la calle Ancha, a partir de este momento conocida como calle Estafeta. Afortunadamente, el monologuista está fuera de peligro: ha abandonado su profesión y ahora es auxiliar administrativo en una empresa de pompas fúnebres.

La siguiente actuación corrió a cargo de un tipo que contaba chistes intelectuales. Sólo le hizo gracia a Felipe el de la Felipa, que va de atormentado por la vida, con sus gafitas redondas a lo Juan Lenón, su jersey negro de cuello alto y su chaqueta de pana con coderas. Uno de los chistes iba de uno que leía por la calle el libro “A sangre fría” y que al cruzarse con un torero comenzó a golpearle gritándole no sé qué cosas de la libre competencia. Todos nos quedamos con cara de pasmo, a excepción de Felipe el de la Felipa, como ya queda dicho.

Después del soso apareció Chiquito de la Calzada, que hizo un espectáculo soberbio imitando a Eugenio. Estuvo quieto cinco minutos de reloj, ataviado con gafas de sol y barba postiza. A los cinco minutos exactos movió una ceja y se descompuso finalmente en un temblor de cuerpo mientras gritaba SABAAAAAN… JAAAL… AQUÉL QUE DIIIIITTTTTT…, cosa que nos hizo una gracia tremenda, y es que en el fondo somos muy elementales.

El momentazo final, el cierre del espectáculo, la estrella fulgurante que había de abrochar el show fue el concejal Zapata, que contó unos chistes de judíos y de Irene Villa. Como ya habíamos gastado nuestra dosis de indignación con el mimo y el monologuista, no le hicimos mucho caso. En general somos gente sensata y creemos que la furia dialéctica contra el adversario es otra forma de publicitarlo. Sí se rieron de los chistes del concejal un grupo de adolescentes que terminaron por tirar unas bombas fétidas antes de salir del teatro mientras se despendolaban de la risa y se reventaban los granos unos a otros. Y es que, como dice el cura del pueblo -no en el púlpito sino criticando a los seguidores Barsa en el bar- de todo tiene que haber en la viña del Señor.

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