El anarquista enamorado, 12. Vivencias en Fraguas

por Claudio Sífilis.

Fraguas

Para los perros, un extraño de pelo corto ha llegado a los alrededores del pueblo okupado llamado Fraguas, ladran sin parar. El extraño anda caminando entre una rulot y varios coches ya deteriorados. Ruth y Toño, que estaban con los demás okupas colocando unas estructuras metálicas para unos paneles solares junto a la casa, se separaron del grupo y caminaron hacia el visitante, increpando a los perros para que se callaran. Los perros no hacían caso.

– Buenos días, ¿de excursión a ver el pueblo? -saludó Ruth.
– Sí, un abuelo mío era de aquí. Vengo de Muriel. Allí me contaron que hay gente viviendo en Fraguas, me recomendaron que viniera a verlo.
– ¡Ah!, un lugareño original. Damos una vuelta por aquí si quieres. A veces vamos a Muriel, más en verano a bañarnos en el río. Conocemos a Angeles, del bar de Muriel, y a Milagros que es de Fraguas.
– Milagros es prima de mi padre, que era de Jócar, porque mi abuelo se casó con una de Jócar. Me han contado que lleváis aquí desde el verano pasado, que vivieron cien personas y construyeron la casa en dos semanas. Dicen que vino una máquina por el camino forestal y el tejado prefabricado se montó en dos días. Estoy sorprendido de que no os haya echado el Seprona.
– Sí, vinimos muchos voluntarios, yo no pensaba entonces venir aquí a vivir y ya ves. Ahora vivimos cuatro aquí, y mucha gente que viene y va. Al principio venía el Seprona y la guardia civil, acamparon a 100 metros, pero ya no, una vez han visto lo que hacemos aquí casi no vienen.

El visitante se llama José, está interesado en dar esa vuelta por el pueblo. Han reconstruido los canales que traen agua a Fraguas, la fuente y el lavadero tienen intención de arreglarlas. También han limpiado de escombros y zarzas la calle, y una cueva, que es antigua bodega, donde reposa la cerveza y un licor de regaliz que se les ha ocurrido fabricar con el palulú que crece aquí. Toño arranca unas raíces y se la da al andarríos, que es como se llama a los de Muriel. Toño cuenta que por aquí viene mucho un señor llamado Isidro, que vivió en el pueblo de niño, que les ha ayudado mucho diciéndoles dónde coger agua, a montar el corral de las gallinas. Isidro estaba muy contento de que hubieran reconstruido la casa de sus abuelos. Eligieron esta casa porque era la que mejor estaba. Las gallinas se escapan una y otra vez del corral y van a un campo que han sembrado de cebada. Cuando Toño se da cuenta corre detrás de ellas.

José no conoce al tal Isidro, que vive en Cogolludo, pero de vuelta en Muriel descubrirá que es primo carnal de su difunto padre. Entran en la casa, donde lo primero que hacen es enseñarle un libro titulado “Vivencias en Fraguas”, una novela de unas 200 páginas escrita a mano por Isidro. José se mostró muy interesado en el libro, pero no pudo leerlo con las gafas que llevaba puestas. Tiene vista cansada y miopía, las gafas progresivas no las lleva en sus paseos por el campo. Seguramente hablen de agricultura y ganadería, de cómo fue abandonando el pueblo. José conoce mejor como ocurrió en Muriel, el pueblo de su madre, a diez kilómetros, que ha quedado como pueblo de vacaciones para la gente que emigró a la ciudad.

En 1970, hubo una reunión en los corrales de Peña Cabra, y la gente de Muriel decidió vender el ganado, año de nieves. Antes vendían los cabritos en la ferias de Cogolludo y Jadraque, aunque normalmente venían al pueblo a comprarlos. Sus abuelos paternos y maternos tenían largas discusiones sobre quien había tenido los mejores cabritos.

– Ya te jode a ti.
– Venían de Sigüenza a comprármelos.
– ¿Y qué? Porque decían, en ese pueblo son tontos.

Y estaban disgustados una semana, la noche entera discutiendo.

– Ya empiezan.

Eran los mismos cabritos, pero para ellos no, por los pastos, y el aire de cada pueblo. De sus bisabuelos, Sebastián y Felipa, que fueron los que vivieron su vida en Fraguas, solo sabe cómo murió Sebastián. Tras vender cabras en Cogolludo lo celebró en la taberna. Hablaba con uno de un lado y del otro le rellenaban la copa de vino. Le echaron uña, quizás con intención de desestabilizarle la conciencia y robarle. Llegó la hora de marchar a recogerse a su casa en Fraguas. Sebastián iba en mula, enseguida empezó a quejarse de dolor de tripa, grandes eras sus lamentos. Al llegar a casa se fue directo a la cama. La uña es una cosa muy mala, amaneció muerto, se había quemado por dentro, la almohada de su cama estaba chamuscada, tiznada, como si hubiera echado fuego por la boca mientras moría. Uña, un veneno desconocido para internet, tal vez contenga uña de gato machacada, que tiene un lubricante que puede tener efectos narcóticos, también bacterias de las cacerías del gato.

José hojeaba el libro pensando en hacerse con una copia de alguna manera, aunque sea robándoselo a esta gente, querría tener ese libro de las cosas de sus antepasados. Cuando levantó la mirada se sorprendió de las caras limpias, jóvenes y resplandecientes de Ruth y Toño a escasa distancia de la suya, que le miraban intrigados y sonriendo.

– Tenemos el libro escaneado, si vienes otro día con un pen-drive te damos una copia. Comenta Ruth.
– Sí, porque hablará de mis bisabuelos, y de mi abuelo, que eran de aquí.
– De eso habla, alguien que era hijo de aquél, es todo el rato así.
– En fin, no voy a leerlo ahora, prefiero charlar con vosotros y ver la casa –añadió, devolviéndolo.

Le enseñan la casa, un espacio diáfano con enormes literas de carpintero ocupando ampliamente uno de los rincones. De cara a ellas y la entrada hay un sofá que deja espacio libre en el centro, detrás dos mesas grandes con distintos tipos de sillas seguramente recogidas en la calle y arregladas por ellos. Al fondo la cocina. Tienen una caldera de madera en el centro cuya chimenea metálica sube y atraviesa el tejado. La usan para cocinar, para tener agua caliente y también quieren que sea calefacción. Tienen problemas porque el sistema de calefacción no funciona, se genera vapor en los conductos y la caldera se alarma y abre una válvula de seguridad. Le preguntan su opinión a José.

– Necesitáis hacer el circuito de calefacción más largo para que el agua no se caliente tanto, y le dé tiempo a enfriarse en el circuito.
– No porque entonces se enfría demasiado y nos quedamos sin agua caliente para ducharnos.
– No sé.

En la casa hacen cerveza artesanal que dan a probar a su nuevo amigo. Compran la malta, levadura, le añaden lúpulo silvestre que recogen ellos. Tienen un barril y unas cubas de fermentación de acero inoxidable. Este año han plantado su propia cebada para hacer su propia Malta. Entran los otros dos que estaban con los paneles solares y se presentan, un chico y una chica. De ella llama la atención su acento andaluz, de él que lleva la cabeza rapada y unas rastas que le salen de la nuca de casi un metro. Invitan al andarríos a comer. Mientras hacen la comida beben más cerveza y conversan.

El chico de las rastas habla de que piensa en repoblar los pueblos expropiados por el Icona en los años sesenta en la sierra de Ocejón. Pregunta al andarríos por Sacedoncillo, que es uno de los pueblos que mejor se conserva.

– Es que Sacedoncillo es un pueblo abandonado, no es de los que expropió el Icona. Las casas, aunque hundidas tienen dueño. En los años 50 y 60 fue la época del abandono del campo, todo el mundo se fue a la ciudad porque había trabajo, se trabajaba por un sueldo. Aquí solo quedaban los viejos que tenían un poco más de tierra. Trabajar aquí para que te paguen con un plato de comida, con trigo o con aceite no interesaba a los jóvenes. Yo conozco un señor manchego que se fue a Madrid con 16 años y dijo a su padre que no volvía al pueblo, nada más bajar del autobús preguntó donde había trabajo y se puso a descargar camiones en el mercado de esa misma calle. Entonces se encontraba trabajo muy fácil, a cambio de deslomarte. Y no volvió al pueblo. Aquí, el Icona expropió casi todos los pueblos, para plantar pinos, con la escusa de la preocupación por la erosión. Pero claro, expropiaron aquí, a los pobres, no los latifundios de la casa de Alba, para plantar pinos. Pero Sacedoncillo está abandonado, y los dueños a veces van allí y hacen picnics, incluso ponen tiendas de campaña. La gente se fue porque aquí no había futuro y porque lo que tenían se lo quitaron. Se rumorea que no se les permite reconstruir sus casas, pero si a vosotros han dejado hacer esto… tener una casa en un pueblo es costoso.
– Es que Sacedoncillo está muy bien. Por ejemplo Jócar, no tiene ni una pared en pie.

– Claro, es que Jócar sí lo expropió el Icona. En cuanto tuvieron la firma de los vecinos, entraron con máquinas y tiraron todas las casas, para que nadie pudiera arrepentirse y volver. A la gente de Jócar le pesó, claro, porque no todo era bueno en la ciudad. En Muriel nos expropiaron las tierras de cultivo para el pantano de Beleña y los montes para plantar pinos, pero el pueblo no, porque hubo gente que se negó, mis abuelos, por ejemplo que no querían ir a Madrid de ninguna de las maneras. Y hubo un pueblo, Palancares, que resistió totalmente. Se reunieron en asamblea y firmaron todos en contra de la expropiación, fueron a juicio y ganaron. Sesenta años después sigue habiendo juicios, y se llevan detenidos y multan a los vecinos. Porque el ahora Seprona considera que son sus terrenos y no lo son. Lo más irónico es que ese pueblo es puro bosque autóctono, rebollares, sabinares y encinares inmensos con árboles enormes. No se entiende cómo allí puede alguien creerse lo de la erosión. Porque no han ido a verlo, claro. Solo ven papeles en despachos.
– Es que Sacedoncillo está muy bien. Los demás pueblos tienen las casas muy hundidas – Insiste Carlos.
– Es que el Icona ha arrendado y permitido que el ejército haga maniobras militares y echaban granadas en la casas. La gente normal no le gusta contratar abogados, es como cuando hacen un ERE en una empresa, la mayoría coge lo que le dan aunque los que denuncian suelen ganar los juicios. Aquí hay un señor, Demetrio, que fue el único de Santotis que se negó a que le quitaran sus tierras y denunció al Icona, llegó a un acuerdo con ellos y le dieron todas sus tierras juntas en el pueblo, es dueño de todas las calles y casas del pueblo. Él y su mujer son los únicos habitantes. Tiene un hermano que no le habla, pero que cuando se negó a expropiación se rió de él.
– Conocemos a Demetrio, ya está jubilado. Más gente como él hacía falta.

Sonaron golpes en la puerta, y ladridos. Abrieron, era un conocido. Se saludaron con carcajadas y abrazos, contó que le ha dejado el autobús en Monasterio y viene desde allí andando. Trae algunas cosas que ha intercambiado en un eco-mercadillo. Algunas de ellas servirán de aperitivo, pan, membrillo y queso curado en aceite. Comenta que el precio del queso es demasiado alto, a él le ha interesado porque ha hecho un trueque. Levanta un vaso de cerveza y comenta que hay que hacer un logo y embotellarla profesionalmente. Ahora lo hacen en botellas reutilizadas. Se siente muy feliz de estar en Fraguas bebiendo su cerveza. Llega la comida, macarrones boloñeses. La conversación tiene diversos comentarios.

– No somos anarquistas ni de ninguna ideología concreta. Hay muchas maneras de ser anti sistema y solo una de ser del sistema.
– Tratamos de ser autosuficientes, funcionando con trueque con otros grupos, pero hay cosas que necesitas comprar. Yo no puedo vivir sin café.
– No voy a comprar ropa en lo que me queda de vida. Nosotros nos auto gestionamos pero habiendo un monstruo como Madrid que vomita toneladas de ropa todo el año, no tiene sentido pagar por ropa.
– Voy a Madrid y me siento enfermo, necesito estar en la naturaleza.
– Aquí todo el que viene tiene aporta algo, cada persona tiene unas virtudes, a unos se les da mejor unas cosas y a otros otras.

José comentó que él era ingeniero y que lo único que sabía hacer es proyectos eléctricos, planos y cálculos.

– Trabajo por cuenta ajena en el proyecto de un rascacielos gigantesco en Oriente Medio. Edificios inteligentes a cambio de petróleo. El gigantismo de estos edificios es al capitalismo lo que las catedrales barrocas al catolicismo. El gigantismo que precede a la extinción. No sé si del capitalismo, o el fin de la era del petróleo, tal vez.
– Por lo menos te das cuenta.

Terminan el coloquio de la sobremesa probando el licor de regaliz. José se despide con abrazos de sus nuevos amigos que retoman la instalación de paneles solares, planean tener 8KW, no está nada mal. José camina pensando que esta gente no son anarquistas ni antisistema, sino recicladores del sistema. Reciclan casas abandonadas. Se ríe pensando en que el sistema algún día descubrirá el negocio que hay en esto y legalizará la ocupación para cobrar impuestos.

José caminó por camino forestal hasta Jócar, donde había aparcado el coche. Abajo, del pueblo de Jócar no queda nada, ni una pared, el Icona hizo bien su trabajo, aunque no plantó ni un solo pino en sus calles. No han plantado ningún pino en las calles de los pueblos expropiados, tal vez por respeto, tal vez porque se lo arrendaron al ejército o porque piensan revender el terreno para reconstruir en un futuro, protegiendo su patrimonio. El Icona tiene un buen negocio montado en estos montes de madera y cacerías, lo que se llama desarrollo sostenible compatible con la protección del medio ambiente.

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