Qué decir

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Por Mortimer Gaussage.

Un tipo dijo una vez, mirando fijamente a la cámara y tartamudeando, “Me gusta decir lo que pienso, porque, si no, ¿para qué pienso?” Una frase así parece inapelable y el colmo de lo civilizado y lo humano. ¡Coño! Hasta a mí me sedujo la simplicidad y la potencia del mensaje. Pensar nos hace humanos y hablar convierte la manada en sociedad, pensaba yo. Y así anduve un tiempo, imitando al tartaja, intentando decir lo que pensaba, porque, de no hacerlo, qué sentido tenía que yo pensara. El súmmum del pensamiento, su gloria, es trasladarlo al cerebro de otro mediante la palabra; libertad de expresión y que fluyan las ideas, pensaba y, consecuente con ello, decía a quien me quisiera oír.

Lo cierto es que las cosas aún las fáciles, nunca son sencillas. Hoy pienso que el verdadero sentido de pensar es callar. Esto, que resulta antiintuitivo, es el fundamento de la civilización, la educación, la paz y el progreso de la humanidad. En fin, que lo que nos hace humanos es callar la puta boca.

Cioran, que era un crack, dejó dicho que valoramos demasiado las ideas, que al fin y al cabo no son más que otra más de las muchas y variadas secreciones de una concreta especie de mamíferos. Los humanos secretamos ideas como mucosidades y, al contrario que aquellas, las exhibimos impúdicamente. Nadie escupe ya en el suelo de los bares cosa que creo un avance, aunque con ella haya desaparecido la castiza costumbre de cubrirlos de serrín. Esas pequeñas cosas perdidas, la escupidera, el serrín, el orinal, fueron en su día novedades que el progreso, una vez cumplida su misión, ha retirado de las zonas comunes. El avance consiste en acorralar la emisión de secreciones a momentos y lugares cada vez más íntimos. Con las ideas está ocurriendo lo mismo aunque quizá siempre ha venido pasando.

Uno piensa todo tipo de cosas y, para ser sinceros, la mayoría no se pueden decir. De entrada parece que pensamos en sexo cada seis o siete segundos, número que considero ha de ser la media de toda una vida, porque lo normal es pasarse de los catorce a los dieciocho con una erección permanente. Siendo que no hablamos de sexo con una frecuencia parecida es evidente que nos callamos la inmensa mayoría de nuestros pensamientos. Uno cada seis o siete segundos.

Yo, hoy, si pudiera decir todo lo que pienso, me preocuparía.  Y es que quien puede expresar en voz alta todos sus pensamientos, en realidad, no debería decir nada. Es un tipo tan en sintonía con lo que piensa la mayoría que su conversación no puede ser más que cháchara repetitiva. Esto suele ocurrir con cierta frecuencia, encontrarte con gente que todo lo que dice se puede repetir en un bar, en un salón, en el congreso de los diputados o en la conferencia episcopal. Gente que es tan término medio, tan correcta, tan previsible, que se los imagina uno como una tubería por la que discurre el espíritu de su tiempo. La comparación me sirve tanto para los mansos como los rebeldes. Unos, obedientes, sumisos, traen el agua clara para los grifos; los otros, rebeldes y antisistema, se llevan las residuales. Y todos ellos, unos en un sentido, otros en el otro, sólo permiten que por sus pensamientos circule lo correcto, ya sea pro o anti, pero siempre y en todo caso lo correcto.

Por ello para cualquiera debería resultar preocupante poder decir siempre todo lo que piensa. Nada indica que las ideas de hoy, esas que usted tiene y expresa y que resultan ser todas las que tiene, no vayan a cambiar. Si así es, y con seguridad será, con absoluta certeza está usted equivocado. Como lo estaban quienes se hallaban en perfecta sintonía con el poder político del papado, la esclavitud, el régimen nazi, la creación divina, el comunismo maoísta, los principios del movimiento nacional o el feminismo campeador.

Ocurre también que en el instante en que vivimos el margen de tolerancia se ha estrechado. Esto quiere decir que se da mucho valor a los tipos con alma de cañería, a esos que conducen todos los pensamientos comunes, y se desprecia rápidamente a cualquiera que disienta. Para ser tratado hoy como Galileo lo fue en su día no hace falta expresar ideas extrañas sino que basta con mencionar la existencia de esas cañerías. En ocasiones, incluso, llega con no mostrarse entusiasta. A esto, que llamamos corrección política, hemos de acostumbrarnos como los marineros al bamboleo de las olas o la humedad de alta mar. Quizá, aunque muestro mi espanto, caminemos hacia un futuro en el que decir lo que uno piensa será como escupir en el suelo, en el que la mayoría de las ideas resulten molestas, causen espanto y aún asco. En el que serán retiradas de lo público y confinadas a la intimidad, como otras secreciones antes.

Por supuesto, si dice lo que piensa, será muy raro que se vea Vd. en una situación exacta a la de Galileo. No será procesado o intentarán encarcelarlo. Hay ahora, legalmente, un amplio margen para expresarse sin temor a represalias por parte del estado. El problema no viene de ahí, como ya quedó apuntado, sino de las interminables, estériles y agotadoras discusiones en las que se verá involucrado. Generalmente con personas con las que, finalmente se dará cuenta, comparte un pequeño subconjunto de palabras y locuciones de las muchas que este nuestro idioma posee pero no, increíblemente, su significado. Posiblemente tampoco compartan con Vd. conceptos más o menos asentados, como causalidad, realidad, prueba o duda. Con certeza estarán incapacitados para aprehender la ironía, distinguir opinión de insulto y el mensaje del mensajero. Meterse en según qué discusiones es cosa de carácter, pero yo recomiendo huir de las yermas. Huír de berenjenales en los que no hay berenjenas, porque para qué.

Visto lo anterior y supuesto que usted sea una persona normal, con espíritu crítico, una cierta ansia por conocer la verdad y no muchas ganas de perder el tiempo, seguramente piense cosas que no se pueden decir. En muchas estará equivocado, por supuesto, ya sabemos que ser un disidente no garantiza acierto alguno, pero en otras será usted quien se halle en posesión de la verdad o, al menos, de una mejor aproximación a la verdad que las ideas dominantes. Lo cierto es que cuidado con esas secreciones. Mi recomendación, por tanto, es que obvie usted, aunque seguramente ya lo hace, decir lo que piensa ante un público indiscriminado. Elija cuidadosamente dónde, cuándo y con quién. Que si tiene un alma herética o querencia a la apostasía procure la compañía de otros de parecida calaña, ralea y condición, que de esos siempre los hubo y los hay y seguirá habiendo, y recuerde que no se navega contra el viento pero se puede de bolina. Si bien irá dando bordos, el camino a recorrer será más largo, las olas azotarán la cubierta y habrá que atender en todo tiempo al aparejo, un buen barco da su máxima velocidad en ceñida.

Los bocadillos son diseño de Freepik.

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