Mi vida en pocas palabras · XIII

TELEFONOGK2

 

Por Gengis Kant.

Acabado el bachillerato, me fui a Madrid. Imaginen la emoción que debe sentir quien, después de haber estado retenido en una cartuja durante décadas, tuviera la oportunidad de viajar a Babilonia: un entusiasmo voraz mezclado con un terror pánico. Así, yo.

El objetivo de mi traslado era prepararme para ser profesor algún día. Que quisiera ser eso no significa que me gustara dar clases. Simplemente quería ser profesor, pasear magistralmente por la calle, ser saludado por los padres con el miedo debido a quien puede suspender, porque sí, a sus hijos. No es tan difícil entenderlo por más que la pedagogía haya puesto todo del revés.

Con ese fin cursé estudios de filosofía en la Universidad Complutense. En las aulas de la facultad, por lo general vacías, aún se podía oír una filosofía escolar demasiado seca, severa y antipática para el paladar juvenil. Tenía todas las de perder ante el huracán ideológico del marxismo, entonces en la plenitud de sus fuerzas, y la coquetería conceptual que empezaba a llegarnos de París. A las clases magistrales de las aulas, unidireccionales, jerárquicas y castradoras, oponíamos nuestro gusto por los debates, todos en el bar, lúdicos, horizontales y en red. De las conferencias, lo único que nos interesaba era la ferocidad del coloquio final. Llegó un momento en el que, por temor a que no quedara tiempo suficiente para el mismo, los conferenciantes declinaban dar la conferencia.

En la capital aprendí —la de cosas que se aprenden en una gran ciudad— a usar el teléfono, una máquina de la que nunca había tenido ninguna necesidad, aunque sí alguna noticia, en Guadalajara. Naturalmente, no fue cosa de un día. La formación tuvo como sede la pensión donde me alojé al principio de mi estancia en Madrid. Su dueño era un sujeto con un aspecto patibulario que cuadraba más en una casa de putas que en una pensión, dos ramos de la hostelería claramente diferenciados.

La fiera se pasaba el día dormitando en un saloncito. En él estaba el teléfono. Como es fácil imaginar, esa presencia no favorecía mi acercamiento al aparato. Mi ignorancia, puesto a tener que descolgarlo, de por dónde hablar y por dónde escuchar es algo que quizá hubiera podido sobrellevar en la más absoluta soledad sin una merma excesiva de la autoestima; pero la conciencia de que habría un testigo bastaba para descartar cualquier proyecto relacionado con la telefonía. Miedos tan irracionales como éste me han impedido hacer muchas cosas, por no decir todas.

Pero un día, en el que me encontraba especialmente lúcido, y viendo con una claridad meridiana que el adormilado no me iba a prestar la mínima atención —y, si me la prestaba, le daría igual lo que ocurriera entre el teléfono y yo—, me animé por fin a hacer una llamada. «Pardillo —rugió—, a ver si aprendes a coger un teléfono». Así te enseñan las cosas en Madrid.

Además de a estudiar en la universidad, también fui a Madrid con el objetivo de follar. Y, en efecto, algo follé, no siempre con borrachas. Incluso creo que tuve una novia, aunque sobre este particular nunca nos pusimos de acuerdo ella y yo. Mejor, lo cuento todo, y a ver qué les parece a ustedes.

En el curso anterior solía pasarme buena parte del día en la biblioteca de Filosofía y Letras, por la que aparecía de vez en cuando una chica que me tenía fascinado. Pasó el curso sin que me atreviera a acercarme a ella. A poco de comenzar el siguiente, hice amistad con una compañera de clase que resultó ser la amiga íntima de la chica de mis sueños. Mi compañera me la presentó un día, me dijeron que iban a ver una película que había visto yo esa mañana, no dije nada, y me fui con ellas al cine. Pocos días después quedamos; otros pocos después me dijo que estaba enamorada de mí. No sólo eso; también me preguntó si quería que saliéramos. Juntos, me aclaró.

La cautela hermenéutica que siempre he cultivado me obligó a vacilar sobre el significado de la oración: ‘Estoy enamorada de ti’. Es tanta la polisemia que nos acecha oculta en el lenguaje, y tanta la carga emocional con que lo usamos, que conviene escudriñar con la máxima atención y con el ánimo más frío posible cualquier enunciado. Decidí no pronunciarme y esperar a que llegara el viernes para ir a Guadalajara, donde pasaba los fines de semana, y preguntarle a mi mejor amigo qué pensaba que podría haber querido decir la chica con aquellas palabras.

Mi confianza en lo que dijera mi amigo era total. Además de que lo adornaba una erudición impropia de la edad, ya había dado muestras de no dejarse convencer fácilmente por lo que a gente menos crítica le parece obvio. Un día que estaba yo en su casa, sonó en algún momento el telefonillo, y, al oír que era Eduardo quien llamaba, se preguntó qué Eduardo podría ser ése. Al instante escuché la voz del otro lado: «¿Que quién soy? ¡Tu hermano, joder!». También dejó muestras de un temple científico poco propenso a ser engañado por las apariencias el día que, al cruzarse con el profesor de gimnasia, uno de esos suboficiales de la enseñanza que servían a la vez de monitores deportivos y políticos, como éste no presentara signos de embriaguez, mi amigo no lo saludó argumentando de un modo irrebatible que esa persona no podía ser la que conocíamos todos.

Le hice, pues, la consulta. Su veredicto fue que la madrileña me amaba en el sentido del término fijado hacia finales del siglo XII por Andrés el Capellán en El libro del amor cortés, y que sigue vigente a pesar de las frecuentes tergiversaciones a que se ve sometido en los guateques. No necesité más. Volví inmediatamente a Madrid, y lo primero que hice fue llamarla, para decirle loco de contento: «Bueno… vale».

Comenzamos a salir, y al poco tiempo me dijo que se había enamorado de uno que vivía en Francia. Seguimos viéndonos el resto del curso, ya que quería explicarme muy bien por qué me dejaba, y eso lleva su tiempo. O sea, que salíamos pero sin salir. La definición exacta de nuestra relación fue una empresa a la que dedicábamos mucho tiempo y esfuerzo, y en la que había sus más y sus menos. Lo normal en una pareja. Sea cuál sea la palabra apropiada, más que carnal, la nuestra era una relación muy semántica.

Hasta que llegó el verano, llegó el francés, y se fue definitivamente con él. Unos años más tarde se casaron y se establecieron en Francia. A la vista de la dificultad de saber en qué consiste salir con una chica, no descarté que, aunque casada y viviendo en otro país, pudiéramos seguir saliendo. No he tenido ninguna noticia de ella, por lo que no hemos podido discutirlo, así que si seguimos saliendo es algo que no sé.

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