Breve relación de vidas extraordinarias · 10

BRVE-10
Por Martín Olmos.

Míster William Brodie fue legador de imponderables y no siempre un caballero. Seis días antes de abandonar este mundo, quizá precipitadamente, se encontró impecune por mor de las circunstancias y, empero, no murió ab intestato y tuvo el buen juicio de disponer el otorgamiento de sus intangibles a los que fueron sus amigos. A una hija natural que tenía con una furcia del Barrio del Mercado de la Carne le dejó también la recomendación de que se hiciese sombrerera, pues consideraba este oficio de porvenir. Nació en Edimburgo en 1741, en una casa de dos pisos en el Lawnmarket, y abrazó de joven el oficio de ebanista en el que progresó y a los cuarenta años era solterón y gentilhombre, diácono de la Incorporación de los Artesanos, probablemente masón, miembro electo de la Junta de la Ciudad de Edimburgo y afiliado al Club de las Esclavinas, asociación honorable que se reunía en la Taberna de James Mann y de la que formaban parte el poeta Robert Burns y el pintor sir Henry Raeburn, cuyo retrato de doña MacLean de Kinlochaline se cuelga en el Museo del Prado. Todas estas cosas era hasta la hora del crepúsculo y a partir de la misma atendía a dos amantes, una de ellas medio puta, con las que tuvo cinco hijos bastardos, jugaba con dados cargados y era apostador en las riñas de gallos y capitán de una banda de ladrones al escalo formada por los notorios rufianes George Smith, perista y cerrajero, Andrew Ainslie, concienzudamente imbécil, y John Brown, que estaba huido de una pena de siete años de destierro en Australia por el robo de veinte guineas. Practicó ambas biografías a lo largo de dos décadas sin que una interfiriera en la otra y tenía la costumbre de hacer jugar a su mano derecha contra su mano izquierda partidas de damas sobre un tablero que talló con marfil y madera de ébano. Tardío para ser considerado licántropo y madrugador para ser considerado bipolar, acaso fue dicótomo. En 1788 tuvo que responder por sus iniquidades delante de un tribunal presidido por lord Braxfield, al que decían el Juez Colgador por motivos que no es necesario explicar, que le condenó a la incautación de todos sus bienes tangibles y a morir en la horca. Seis días antes de entregar el alma a Nuestro Señor pingado de una maroma de cáñamo sobre un cadalso del infame Viejo Tolbooth redactó su testamento en el que, después de explicar que el gobierno le había confiscado todos sus bienes y, por lo tanto, no le quedaba nada de lo cual pudiera disponer a excepción de sus buenas o malas calificaciones, legaba a su amigo John Grieve sus conocimientos políticos en asegurarse magistrados y embalar corporaciones, a William Little sus conceptos de economía y todas sus dosis de orgullo y amor propio, al señor Hamilton, deshollinador, su destreza en los dados y en los naipes y a sus viejos compañeros Andrew Ainslie y John Brown todas sus malas cualidades no dudando que las suyas propias les llevarían finalmente a la horca como así ocurrió y efectivamente uno acabó colgado en Inglaterra y el otro desterrado en la colonia penal de la Bahía de Botany, en Nueva Gales del Sur.

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