Una humilde propuesta

por Mortimer Gaussage.

Persona

Hay ocasiones en las que uno se despierta con el pie que no es y de consecuencia le invade el alma ese ánimo que lleva a la gente a pisar charcos, aunque sobre qué es y qué no es un charco, ya sabemos, hay opiniones. Al fin y al cabo la mera definición sirve también para un estanque, una laguna, una alberca e incluso, apurando, es charco la mar océana si uno con ella tiene familiaridad o en el carácter soberbia. Así que, hallándome en un estado que diríamos plasmático, misteriosamente y al tiempo humilde y soberbio, me lanzo a proponer.

Alberto Giubilini y Francesca Minerva son filósofos de los antiguos, de esos a los que les va el rollo viejo del bien y del mal. Ese asunto, amen de viejo, es espinoso y movedizo y de asaz candente actualidad desde el tiempo prelapsario. Todos creemos distinguir qué está bien o mal, si bien la gente del común nos aproximamos a tales conocimientos por medio de la tosca intuición. Pero es lo cierto que a las certezas no se llega sino con la ayuda del raciocinio y esos caminos, de ser posible, han de transitarse siempre de la mano de insignes pensadores. Así Minerva y Giubilini, o Giubilini y Minerva, que tanto monta él como ella, se descolgaron hace ya unos años con un papel que confieso desconocía y que en esencia propone, con mucha seriedad, cargado de razones y con toda lógica, que anotemos el infanticidio en el haber del bien. Así dicho puede sonar sorprendente pero, si seguimos su razonamiento, la bondad de dicha afirmación es de tal punto evidente que cualquiera que desee el progreso moral de la humanidad no puede menos que aceptarla y, como yo, cambiar de opinión. El primer paso, imprescindible para vaciar de sentimientos la propuesta y centrarnos en las razones, es evitar la palabra infanticidio, concepto este que suena a reproche y del cual es conveniente abstraerse. Procederemos así a renombrar esa realidad y en adelante decirle after-birth abortion, que ya se ve que es un barbarismo.

Es persona, dicen de consuno, quien es capaz de atribuirle a su propia existencia un valor tal que, caso de dejar de existir, perciba una pérdida, definición que tiene toda la lógica del mundo y, como se pretende, excluye a las piedras y a los animales inferiores. De ello resulta claramente que un feto no es persona y el aborto no resulta éticamente reprensible, pues no privando a nadie de nada a nadie se causa un mal. Sigue desbrozando el campo del saber la yunta de filósofos poniendo certeramente el foco en que ciertas patologías del feto, que son razonabilísimas causas para el aborto, resultan indetectables antes del nacimiento. Y, finalmente, cerrando el círculo, que siendo el feto recién nacido esencialmente idéntico al nasciturus, es decir, incapaz de percibir pérdida alguna en caso de dejar de existir, las posibles objeciones al after-birth abortion desaparecen. Llegado este punto nadie en sus cabales osaría contradecirlos sin caer en la sinrazón.

La legislación debe por ello, siendo idénticas las circunstancias, prever idéntico tratamiento para el feto no persona y el nacido no persona. La pareja de estudiosos, sensatamente, propone la fijación de un plazo post-parto para examinar al feto y durante el cual quien corresponda ejercitaría el derecho al after-birth abortion. Esto, que a algunos podría resultar perturbador y parecer novedoso, afirmo que es tan viejo y caro a la humanidad como andar a pie o, al menos, como matar a tu hermano con la quijada de un burro. Acudir a los clásicos, ya está dicho, es siempre socorrido en casos apurados y, a vuelapluma, a uno le viene al pensamiento el examen al que se sometían los jovencísimos espartanos y el lanzamiento desde el Taigeto de aquellos que no cumplían los estándares. Como se me opondrá que Esparta era nación ruda y poco civilizada, tierra yerma de filósofos y pensadores, he de advertir que en Atenas, culta e ilustrada, cuna de sabios que aún hoy refulgen y citamos, los padres se daban cinco días desde el nacimiento para decidir si se quedaban a los hijos. Caso de responderse ellos mismos que no a esta ardua cuestión los metían en una vasija y los dejaban perecer.

No aclaran Francesca y Alberto cuál sería el plazo razonable para ejercitar el after-birth abortion. Yo, y a partir de aquí mi humilde propuesta, barrunto la edad de doce años como la más razonable, y me explico. Si el quid de la cuestión es la consciencia de una pérdida por dejar de existir, es a esa edad cuando tal cosa se adquiere. Desde Piaget sabemos que no es sino entre los seis y los catorce años cuando se alcanza plenamente la conciencia de la muerte como proceso irrevocable, que supone la cesación definitiva de los procesos cognitivos y físicos y que además es universal. Me concederán que sin la aprehensión de la irrevocabilidad, universalidad y cesación no cabe percepción de pérdida alguna. Así, para ser prácticos, como algún punto hay que poner la línea dentro de ese lapso temporal, la docena es hito prudente y razonable.

Siguiendo con el desapasionado razonamiento podemos rotundamente afirmar que aquí no hay tertium genus y, por tanto, lo que no es persona es cosa, con lo que alcanzamos, y aún rebasamos, al maestro Swift, a quien Francesca y Alberto tanto deben y yo admiro. El irlandés proponía razonadamente que los ricos se comieran los bebés de los pobres como medio adecuado para acabar con el hambre y la pobreza. Una cierta repugnancia moral de la pacata sociedad victoriana, algo que el progreso académico ha demostrado erróneo, y la falta de costumbre de los ingleses de comer recental, lechón y ternera impidió que su idea prosperara. Ellos comen vaca vieja, oveja parida y cerdo cebado y ya se ve que el sajón no es mercado para la carne tierna. Yo no propongo comerlos por razones de elemental prudencia y economía. Todo alimento que se comercializa en la CEE ha de cumplir unos estándares de calidad, trazabilidad y etiquetado y, lamentablemente, en muchas ocasiones, de esos fetos no se tiene certeza ni de quién es el padre ni de la buena salud de ambos progenitores. Pero el mercado de carne para abasto no es la única posibilidad, ya que podrían venderse para crianza y seguramente alcanzarían, si sanos, un precio mucho más alto. Las parejas que desean un hijo y encuentran impedimentos consumen su tiempo y hacienda en un proceso largo y farragoso y, con seguridad, estarían dispuestos a una transacción comercial seria. Así vendidos obtendrían los padres pingües ingresos y el estado el suyo, vía imposición indirecta. Igualmente esos recién nacidos que, recordemos, en absoluto son personas, se parecen tanto a los niños de verdad que dan el pego, así que podrían ser vendidos a los pederastas, de tal modo que esta gentuza pudiera dar rienda suelta con ellos a sus bajos instintos, que tan reprobables nos parecen cuando se dirigen contra auténticas personas. Estos, posiblemente, pagarían aún más que las parejas, porque, sabemos, los vicios de bragueta aflojan la cartera. En fin, que las posibilidades que se nos abren son múltiples y su único límite la perversa imaginación, algo que no echaremos a faltar.

Advierto, por último, que no hay que fiarse de los celtas en las cosas de las bromas, que irlandeses y gallegos dicen por lo cachondo todo lo importante e impostan la voz y componen el gesto cuando van de coña, así que no se descarte que Swift se haya comido algún niño por ver si su propuesta tendría el favor del público o que a mi, en realidad, Alberto y Francesca me parezcan unos putos descerebrados.

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