Mi vida en pocas palabras · Capítulo XV

sección

Por Gengis Kant.

Ya he contado que contribuí en alguna medida a la lucha antifranquista, siempre en calidad de tonto útil. A la patria la serví en calidad de fusilero, una condición tan digna como la anterior. Eso fue en la isla de Tenerife.

Cuando bajé del avión militar que me había trasladado allí, a falta de azafatas de tierra, fui recibido por la Policía Militar. A patada limpia. Así empezaba mi periodo de instrucción en calidad de recluta del ejército español. No había pasado un mes desde mi licenciatura en filosofía. Otros no sé, pero un profesor de filosofía no suele dar patadas; tampoco suele gritar. Rara vez pasa del susurro y lo máximo que se atreve a pedir a sus estudiantes es que no lo pateen. Comprenderán que el cambio de aires no me sentara nada bien.

Una vez en el campamento, me metieron en una fila kilométrica, esperando que abrieran la puerta del botiquín. Durante la espera un sanitario recorrió la fila hincando sin el menor miramiento dos agujas a cada uno de nosotros, una en cada brazo. A algunos les recorría un hilo de sangre hasta la mano. Mientras tanto el botiquín seguía cerrado. Más de un mozarrón, de ésos que tienen más fuerza que un tractor, se desmayó. Al cabo de un buen rato se abrió el botiquín, y el mismo sanitario nos fue inyectando las vacunas reglamentarias. Siguieron los desmayos.

A partir de ese momento, y durante los dos meses que duró la instrucción, estuve metido continuamente en una fila. Día y noche. Esa fila, al lado de otras, formaba parte de un pelotón, que a su vez formaba parte de una sección; la sección, de una compañía; la compañía, de un batallón, y el batallón, del regimiento. En total, unos tres mil hombres. En lo más hondo de esa formación, hundido en un océano de reclutas tan indiscernibles como las gotas de agua, me pasaba el día desfilando, uno-dos, uno-dos, uno-dos; media vuelta; uno-dos, uno-dos, uno-dos; media vuelta… Durante dos meses.

Al principió no dudé de que iba a enloquecer por culpa del tratamiento de despersonalización al que me veía sometido. Estuve pensando hablar con el sargento para decirle, conforme a las enseñanzas recibidas en la facultad, que nadie debe ser tratado como una cosa, pues cada uno de nosotros —un recluta también— es una persona única en su género, un individuo al que se le debe un respeto absoluto. Lo consulté con los de mi pelotón, pero por las caras que pusieron no los vi muy por labor. Tocaba, pues, callarse y aguantar. Hasta que no pudiera más y reventara.

Pero no reventé. Todo lo contrario, comenzó a gustarme todo aquello. Según pasaban los días, cada vez me daba más placer desfilar, siempre sin perder el paso, manteniendo la distancia con el de delante, atento a la vez a la línea que debía formar con los que marchaban a mis lados, y todo ello con garbo.

Pronto alcancé un estado mental gracias al cual podía estar horas y horas desfilando tan ricamente, en una sintonía perfecta con el regimiento, y éste con el universo. Me había despersonalizado de la cabeza a los pies. Mi disolución fue tan perfecta, que era incapaz de saber si era yo o el de al lado. Y tan contento.

Definitivamente, no iba a hablar con el sargento.

En la mili se hacían más cosas aparte de desfilar. Por ejemplo, sacar brillo a las botas, coser un botón de la camisa, tratar de usía a un coronel… Si quedaba tiempo, aún era posible pegar un par de tiros. Para ello el ejército disponía de algunos fusiles. A mí me tocó un día. No pueden imaginarse el gozo que se siente al disparar aunque sea a una diana; y, más que el de disparar, el de llevar el fusil con gracia, la gorra medio rota y las correspondientes Ray-Ban de combate. Aún conservo unas fotos en las que da gloria ver cómo luzco esa indolencia rufianesca que hace las veces de distintivo de veteranía en el cuartel.

Y es que, vencidos los escrúpulos propios de un universitario, decidí disfrutar, ya que tenía que ser soldado, de fantasías de conquista y depredación.

Muchos de mis compañeros de armas se quejaban de que en la mili no se aprendía nada de provecho, como relaciones públicas, diseño gráfico, psicoterapia… No se habían enterado de que el único oficio que había que aprender allí era el de matar; siempre con el permiso de usía, claro está.

Fue en el cuartel donde descubrí que el dualismo era lo que mejor iba con mi forma de ser. No fue la estrategia bélica sino la contabilidad, con sus columnas en conflicto —entre los ingresos y los gastos, entre el debe y el haber— la que me convenció de las virtudes del dualismo. En vez de ruido de sables o fragor de armas, lo que escuché en el cuartel fue el tableteo de las máquinas de escribir, ya que aquel ejército estaba compuesto en gran parte por unas brigadas de intervención mecanográfica en las que siempre brilló con luz propia el temple vigorosamente administrativo acreditado por todo militar español, más inclinado a hablar del escalafón que del combate.

El dualismo suena a cosa muy antigua y muy persa, algo que tiene que ver con una lucha entre cosas descomunales, como Ormuz y Arimán, el Bien y el Mal, el Ser y la Nada, y otras entidades igual de mayúsculas. Pero también es dualista la electrónica, que es digital, y lo es la política, en la que —da lo mismo que se enfrenten dos o doscientos partidos— lo importante es que unos mandan y otros desobedecen. Por dualismo queremos acercarnos al de arriba alejándonos del de abajo. También es doctrina muy binaria ésa que se resume en dos mandamientos: haz a los demás lo que creas mejor; no dejes que ellos te hagan lo mismo.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓