¡Que te lo comas! Hoy: la hamburgalesa

Fat

por Satur.

Hay momentos en la vida de un hombre en que necesita reposar del tráfago diario, abstraerse de los afanes cotidianos y abandonarse momentáneamente a la molicie. Ya que en el mundo actual está mal visto irse de puticlús, lugares idóneos para el reposo junto a los monasterios, a los gustosos de charlar en compañía de señoritas aparentemente simpáticas no les queda más remedio que entrar en un MattDonal’ds o en un Burgués Kitt. El resultado es el mismo a través de caminos divergentes. En un burdel, la paz interior se alcanza con la conversación con damas que no regañan o con el acto íntimo a través de la cinética carnal. En un restorán de emparedados se consigue con el celibato y el silencio de los camareros, que te dejan en paz aunque no consumas. Comer o tomarse un café o contemplar las musarañas en un lugar así es lo más cercano que existe a reposar en una celda monástica.

Puede parecer paradójico que un bistrot al estilo norteamericano sea la empresa más anticapitalista del mundo, ya que funciona como un lugar público donde no es necesario gastarse los dineros para sentarse un rato y abstraerse en el cotidiano entorno. Y, como en los cafeles de antaño, es el sitio idóneo para tertuliar con los colegas y hablar de lo mundano y lo teleológico, o para trabajar en tu próxima novela o en el rapport que te ha encargado la Head Chief del Human Ressources Department de tu office.

Por 1,79 boniatos, que es el precio de un café en el Matt Donal’ds de al lado de mi curro, me podría estar allí todo el día consultando el internez a ratos gracias a las tres horas de fifi gratis, o tertuliando con amigos o mirándoles el redondo a las chatis que hacen cola. O incluso no apoquinando nada y gastando el cuero de los asientos por la filomatic, porque nunca vendrá un mesonero pesado a preguntarte qué quieres tomar. A la tranquilidad y baratura habremos de unir además otra característica que a más de uno os llevará a echaros las manos a la cabeza, y tranquilos que ahora os la digo pues no es otra sine quanon que la calidad de los manjares.

Os voy a dejar un rato para que os levantéis de los asientos y hagáis el Chiquillo de la Calceta gritando comorrrr y pecadorrr, para que os indignéis y para que escribáis tweedts incendiarios en las redes sociales. … … … … ¿Ya? Pues sigo.

La mala fama de este tipo de locales se contradice con algo fundamental y es que suelen servirte los manjares con un papelillo donde constan todos los nutrientes de por ejemplo una hamburgalesa, una ensalada o unos chiquet nuggeds: los porcentajes de sal, de azúcar, de triglicéridos, de glúcidos, de triceratops, de cuarzo, mica y feldespato, por ejemplo, así como de las calorías de cada producto. Es una guía excelente para poder combinar tu propio menú. Las patatas fritas son altamente calóricas, y la combustión de sus fosfatos en óleos industriales son ciertamente perjudiciales, amén de la cantidad de sal que les ponen: pues las cambias por una ensalada y santas pascuas. El Bit Mat, por ejemplo, tiene exceso de sal y azúcar: pues lo pides sin la salsorra esa que le ponen a todo y conviertes una bomba calórica hipoglucémica en un apetitoso bocado saludable. Para colmo, editan cada año una guía donde se exponen las estadísticas de la empresa: cuántos puestos de trabajo ofrece, porcentaje de mujeres en puestos directivos, toneladas de basura recogidas y porcentaje que termina reciclada, procedencia de los distintos ingredientes, etc. Orden y concierto.

Si todavía queda algún despistado que no deja convencerse por mis portentosas razones, le ruego que nos diga cuáles son sus menuses cuando sale fuera a comer. ¡Callarsen! Ya os lo adelanto: fritanga de cocletas en el Bar Manolo, con la harinaza mezclada con las sobras del día anterior recogidas en las mesas de los comensales, y que aún guardan el corazón gélido del congelador; callos de bote cargados de azucáridos y féculas protoindustriales para darle densidad a la salsa; esos arroces pasados con dados de carne de cerdo de costra reseca y una zanahoria hervida para darle aspecto vegano y fitness a la cazuela de barro donde lo sirven junto a una cesta de pan de ayer y la botella de vino de pitarra al lado; los calamares a la romana ahogados en bayonessa y rebozados con las migas del delantal de la Paqui la del bar, que se lo sacude en un cuenco especial ad hog para ahorrar y darles estudios a los chiquillos; los esppagguettiss con salsa de tomate Orlando y sanchichas franfur del Vit’s, más blandurrios y pasados que yo qué sé; el tsuletón del Palacio del Jamón, que deberían servirlo con una lima para afilarse los molares antes de atacar cada bocado, de correoso que está. Y así un sinfín de posibilidades que ahora mismo -lo estoy viendo- os hacen sonrojar sólo de pensarlas.

Yo, francamente, no veo más que ventajas a los bistrots de hamburgalesas. Sé que en general sois renitentes a pisarlos, pero aun a riesgo de que se me acuse de ultraliberal e hijo del capitalismo más atroz, y por tanto criminal en cuanto carnívoro y desalmado por tomarme un café sin pensar en los miles de niños esclavos que mueren para que yo pueda recomponer la figura a media mañana con un poco de cafeína o con un tentempié en forma de emparedado, escribo estas líneas apoyándome en la segunda enmienda de la Constitución de los Estados Unidos de América y en el artículo 65.3 de la Constitución Española, relativos ambos -creo- a la libertad de expresión. Y ahora, a ver quién el guapo que me refuta.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓