El anarquista enamorado, 15. El amigo gallego

por Claudio Sífilis.

Arte

Ruth retrasó su viaje a las Rías Bajas hasta septiembre por diversos motivos. Tenía ganas de ver a Adrián, antiguo vecino cuatro años mayor que ella. El chico que le robó su primer beso con lengua en el ascensor cuando tenía trece años. Aquel día le golpeó con los puños en el pecho, le llamó guarro y al muchacho no le importó mucho, ella estaba a punto de llorar y él se reía. Ruth estuvo más de un año subiendo y bajando, corriendo por las escaleras después de eso. Adrián era un exhibicionista, siempre enseñaba en rabo a las vecinas en el patio interior del bloque, gritaba y gesticulaba obscenidades. Se descojonaba. Cuando alguien le reprendía se reía muy fuerte.

Fue cuatro años después cuando se hicieron amigos. Su prima Amanda, la gallega, también unos años mayor que ella, estaba pasando unos días en Madrid, y a eso de las 11 de la noche se asomaron a un local de una asociación del barrio en el que estaban de fiesta. En la puerta, Ruth casi se dio de bruces con Adrián, que estaba fumando. Muy delgado y alto, de pelo y barba largos y rubios, vestía ropa hippy.

—Hola. ¿Podemos pasar a tomar algo o es una fiesta privada?
—Las dos cosas.

Se quedaron en un silencio que Ruth manchó presentando a su prima. Acabado el cigarrillo, Adrián procedió a enseñar el local. En medio había una gran mesa en la que habían cenado unas 30 personas y que estaba sin recoger. En la pared, un tablero con cosas escritas a rotulador con las actividades que allí hacían. Hacían talleres de teatro, escritura, artes plásticas, Tai Chi, etc. Si te hacías socio podías proponer cursos. Normalmente no se hacían fiestas, estaban en un día especial. Amanda y Ruth querían tomar algo. Adrián les explicó que no tenían licencia para vender, tuvieron que hacer sendas donaciones de un euro en un bote. Después cogieron sus latas de cerveza de la nevera.

La gente estaba en sofás o de pié por grupos. Ruth reconoció a su antiguo profesor de plástica, que pinchaba discos de vinilo.

—¿Esto qué pones es muy antiguo, no?
—Los Jam. Los chavales de hoy no entendéis de música.

Adrián le hizo notar a Ruth que el pinchadiscos llevaba una Harrington, original cock style, made in East London.

—Ya, si le veo por los pasillos de mi instituto, siempre lleva esta chupa, no se la quita ni para dormir —comentó Ruth riéndose.
—Gracias —contestó el Druida.

En el local había una sala llena de televisores y vacía de gente. Daban películas distintas de la misma chica atada con cuerdas, en unas la ataban y en otras se ataba a sí misma.

—Esto lo ha hecho una artista nuestra que participa mucho de nuestras actividades. Lleva todo el día puesto. Ya nadie lo mira, yo lo apagaría, para no gastar luz. Pero no quiero disgustar a nadie —comentó Adrián.

Finalmente el último recinto del local era una terraza en el patio interior del edificio, la gente estaba allí tocando tambores. Adrián les invitó a sentarse en el suelo con los demás y así lo hicieron, al poco tiempo apareció alguien con sidra. No salpicó a nadie al escanciar. Allí Ruth le susurró a Amanda que Adrián era el vecino obsceno que la robó su primer beso. Más tarde Adrián le dijo a Amanda que la iba a llevar esa noche a su casa a follar porque se había enamorado de ella y en su corazón se había averiado una vena tiesa, y se enrollaron. También hablaron de que ella estudiaba Magisterio y él Bellas artes, por saber algo el uno del otro. Adrián quería ponerse la ropa que llevaba Amanda porque nunca se había vestido de mujer. Ella le decía que no le iba a valer. Ruth estuvo hablando con su profesor.

Ruth se hizo habitual de aquel local y colaboró en un asunto con Adrián, que andaba visitando entidades financieras en busca de venganza por una estafa bancaria que le habían hecho a su padre con los ahorros de toda su vida. Hay que robar a los que nos roban, decía. Tenía un manual escrito por un activista que consiguió estafar 500.000 €. Creó una empresa para poder justificar determinadas inversiones fantasmales como la compra de dos coches, ordenadores, reformas de oficina, etc. La ventaja de pedir préstamos a través de una sociedad es que la deuda no aparece en el historial personal ni en el CIRBE, el sistema de información de impagados del Banco de España. Se inventó una profesión y una buena nómina falsa que hacía creer que ganaba de sobra para acceder a la financiación. Lo hizo con un simple programa informático de administración de empresas. Adrián consiguió 6 operaciones de crédito, obteniendo unos 60.000 euros, dinero que no devolverá. No siguió por miedo a que la avaricia le llevara a que le atraparan.

Con el tiempo Amanda consiguió trabajo de profesora en Muros y Adrián se fue a vivir con ella. Buscó trabajo por allí pero sólo consiguió trabajo dando clases particulares de dibujo a niños. La cosa allí estaba difícil para un recién titulado en Bellas Artes.

Amanda, además de trabajar intentaba sacarse unas oposiciones para tener un trabajo más seguro, ya que la asignatura que daba en el colegio estaba previsto que desapareciera pronto de los programas escolares. La situación que vivía podía con ella, ya que venía de una familia acomoda y Adrián quería vivir sin usar dinero. Suspendió dos años seguidos las oposiciones. Se enfadaba frecuentemente, se deprimía y vivía alterada. A Adrián, que era un chico que devoraba la vida sin preocuparse tanto por las cosas, le resultaba difícil entenderla. Se esforzaba constantemente por animarla, pero lo único que conseguía eran reproches por parte de ella. Finalmente ella le dejó y volvió a vivir con sus padres.

Y fue justo entonces cuando Adrián consiguió un puesto trabajo de profesor de dibujo en un colegio de monjas en Noia, trabajaba solo tres días a la semana, y sólo unas horas. Puede resultar chocante que unas monjas contrataran a alguien con un aspecto tan poco cuidado, pelo largo desordenado y rubio, barba larga, vestía ropa de mercadillo y sandalias deterioradas sin calcetines. Aunque, si se piensa sobre ello, era un retrato moderno de Jesucristo. Siempre llevaba los pies sucios, seguramente alguna monja soñaba con lavarle los pies y ser contemplada por sus ojos azules. Adrián se empeñó en cobrar el sueldo en negro y las monjas no pusieron objeción.

Por fin Ruth llegó a la estación de autobuses de Noia donde Adrián la estaba esperando. Él tenía el aspecto de siempre. Se fueron a comer, ya eran las 4 de la tarde. En el restaurante que entraron decían que ya no les podían servir de menú. Tuvieron una larga conversación y finalmente consiguieron que les pusieran medio menú a cada uno, ya que había platos que ya no podían servir. En vez de contarse sus vidas, Adrián empezó a hablar de la Nómina Universal, había estado metido en una asociación política vinculada a Podemos. Pero se había apartado, hablar por hablar no servía de nada. Adrián no podía entrar en sus juegos.

Tras comer, tomaron los cafés y los chupitos de orujo. Ruth se dio cuenta que había muchas monedas de un céntimo de euro apoyadas precariamente en la pared, y algunas más tiradas por el suelo.
—Si pones un céntimo en la pared y no se cae puedes pedir un deseo de que te ame alguien que te guste. Si se cae la moneda no se cumplirá. Ya no quedan sitios.
—Aquí hay un sitio —dijo Ruth.
—No lo veo. Además no tengo ningún céntimo.
—Yo sí.

Ruth puso una moneda en el sitio y cayó al suelo. La recogió, lo volvió a intentar y cayó al suelo. A la tercera lo consiguió.
—A buenas horas, ya no vale. Me has hundido en mis esperanzas —dijo Adrián.
—¿Has pedido ligar a alguien?
—Claro.
—A los mejor esto significa que te va a costar un poco.
—Yo no me arrastro.

En la calle Adrián sacó unos puros pequeñitos y fumaron. Se había aficionado a los puros en sus recientes vacaciones en Cuba. Fueron a la casa de Adrián para dejar las cosas de Ruth y descansar. Una casa grande, con cinco habitaciones, demasiados muebles, Adrián querría vender algunos que aquí estorbaban. Piso alquilado barato, cerca de una plaza muy chula de Noia, en el centro. Ruth estuvo un largo rato en la ventana mirando los edificios de la calle. Descansaron y dieron un paseo al anochecer. Al día siguiente había atasco en la carretera a Muros junto a la ría, desde el coche vieron los criaderos de mejillones. Llovía, consiguieron avanzar y salir de allí, se bañaron desnudos en una playa en la que no había nadie. Más tarde fueron a Muros, tocaba una banda de música, bailaron libremente, rieron orgullosos.

El viernes fueron a Santiago de Compostela a visitarlo y quedaron con César, un amigo de Adrián. No hablaban de otra cosa que de su viaje. En Cuba, nada más llegar, Adrián y César alquilaron un coche, recorrieron la isla recogiendo en autostop a todo el que podían, siempre llevaban tres o cuatro sentados atrás. Dormían siempre en la playa, porque se fueron sin presupuesto para hoteles. Les robaron el calzado el primer día mientras dormían y tuvieron que comprarse calzado nuevo. Como también se lo robaron siguieron las dos semanas que les quedaban de vacaciones descalzos. No se bañaron más que en el mar.

Cambiaron todos su dinero por pesos cubanos, que es una moneda que no admiten a los turistas, ya que a estos les cobran en dólares haciendo una equivalencia de precios de un dólar igual a un peso, cuando en realidad un dólar son más de cien pesos. Así que como no tenían dólares y sólo tenían pesos tuvieron que discutir cada vez que comían en algún sitio. Sólo gastaron dinero en comer y en gasolina. Pero comieron poco, porque la gente se negaba a venderles comida si no pagaban en dólares, y ellos siempre negociaban antes de sentarse a comer en un restaurante.

Hasta el último día, que se decidieron a entrar en una discoteca, pagaron en dólares la entrada. Los encargados enseguida se arrepintieron de haberles dejado entrar, iban descalzos, olían mal y estaban en medio de la pista bailando exageradamente, diciéndoles cosas a todo el mundo, soltando grandes carcajadas sin motivo. Estaban en éxtasis, provocado por el hambre, los paisajes y las gentes del viaje exótico.

Finalmente les echaron y fueron a la comisaria y estuvieron toda la noche intentando poner una denuncia a la discoteca. El policía se negaba a tramitar la denuncia, pero ellos, envenenados, denunciaban que habían pagado la entrada y luego les habían echado. Que eso no se podía hacer, que era denunciable y no se iban de allí hasta que estuviera tramitada la denuncia. Y allí pasaron toda la noche, el policía muy amable, pero que no tramitaba la denuncia. Y ellos dando gritos, insultando a los policías armados. Hasta el amanecer.

César el explicó a Ruth con el asentimiento de Adrián que en Cuba nunca habían visto turistas tan cutres como ellos, que ellos habían conocido la verdadera Cuba, que habían ido a sitios donde no iban turistas. Todas las fotos que había hecho eran de gente, algunas muy buenas, la que más llamó la atención de Ruth era una foto en todos los tonos marrones, durante un chaparrón de los de a jarros, con un niño muy delgado en calzoncillos tumbado en un charco de la calle riéndose y haciendo que nadaba.

—Esta foto es Cuba —comentó César.

En el avión de vuelta se encontraron con un hombre con el que habían hablado en el viaje de ida. Había ido a Cuba a formalizar su relación con una mujer con la que había contactado por internet, para casarse, pero se había encontrado allí con una mujer que no le quería, que lo que quería era utilizarle para sacar de la miseria a su familia. Un hombre muy inocente que se había llevado un fuerte desengaño y volvía a Galicia muy triste.

Los tres estuvieron dando una vuelta turística por Santiago, se juntaron con un montón de amigos y fueron a cenar a un mesón donde les sirvieron cantidad y calidad. Tras una larga tertulia Ruth y Adrián volvieron en la furgo a Noia. Ocurría que Adrián se acababa de comprar una furgo, una Mercedes antigua. En los siguientes días estuvieron entretenidos y la dejaron muy colocadita con unos arcones para guardar las cosas, forrada de madera y con una colchoneta para dormir, Adrián le hacía mucha ilusión tenerla y comentaba que le daba mucha vidilla porque podía ir a cualquier sitio y dormir donde le pillara y todo eso. En ella fueron a ver un castro celta de esos de muros redondos junto al mar, echaron una carrera por los pinos, hablaban con los dioses del mar y de la tierra, volvieron a la época actual, comieron raciones de distintos productos gallegos, bebieron bastante orujo digestivo y bailaron en más ferias. Se reían todo el rato. Paraban a la gente en la calle para contarles sus alucinaciones a la gente que se reía con ellos o se apartaba rápidamente.

 

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓