Mi vida en pocas palabras · XVI

dualismoGK
Por Gengis Kant.

De las cosas que pensé en la mili mientras mataba el tiempo saqué una antropología dualista con la que espero hacerme famoso. Por si acaso la tengo patentada. Lo que viene a continuación es sólo una muestra.

Ustedes saben que una de las cosas que gozan de mejor prensa es el deseo. Superada la época en la que el deber hacía y deshacía a su antojo, hoy reina el deseo. Todos nos felicitamos de hacer las cosas por deseo y no por deber; por gusto y no por imposición. Vaya por donde vaya, el deseo es recibido con los mayores honores. Por todas partes se desea por encima de todo desear. Hay, sin embargo, una grieta en ese consenso. No todos entendemos lo mismo por deseo. Ni siquiera la misma persona se refiere siempre a lo mismo con esa palabra.

El buen gobierno de nuestras vidas aconseja distinguir ambos deseos.

Está el deseo de toda la vida: comer cuando se tiene hambre, beber cuando aprieta la sed, rascarse allí donde pica, dar un manotazo a esa mosca que no se va… También entran dentro de esta categoría deseos como el de fumarse un habano, oler la flor de la lavanda, oír a los niños cantores de Viena, escuchar a Castelar, contemplar figuras geométricas… Por razones que ya explicaré cuando me dé la gana, diré que es la carne la que tiene esos deseos, por muy elevados que sean.

Recuerden: la carne.

Y está ese deseo, nada concreto, de que nos dejen hacer lo que deseemos, cuando sepamos, clara está, qué deseamos. Puede que esto último no lo sepamos jamás; pero no nos importa: queremos saber ya, sea lo que sea lo que algún día nos dé por desear, que nadie nos impedirá que lo llevemos a cabo. Lo llamamos ‘deseo’, pero de lo que estamos hablando es de la voluntad, y la voluntad es patrimonio del alma.

Recuerden: el alma.

El alma es partidaria de las nubes, del infinito, de la libertad. Antes no era así el alma; pero, desde que leyó a los filósofos idealistas, tan románticos todos, se le ha metido entre ceja y ceja ser libre como el viento, y volar, volar, volar… Con esas lecturas el alma se ha vuelto muy espiritual.

El espíritu y el cuerpo luchan por quedarse con el deseo. Lleva las de ganar el primero por la sencilla razón de que no para de hablar. Se pasa el día rajando. Lo lleva en la sangre. El cuerpo, mientras tanto, ni mu. Lo poco que sabemos de él lo sabemos porque nos lo cuenta el espíritu, y él cuenta lo que le da la gana.

Por eso le va tan bien. Hoy hasta un boticario alardea de que a él no hay quien lo meta en vereda, de ser tan libre y caprichoso como un dios de ésos que salen en la Ilíada, siempre dispuesto a saltarse todas las barreras que le pongan las convenciones sociales, a ponerse el mundo por montera cual lobo solitario y no pagar ningún recibo.

Lo que calla todo el mundo es que también da mucho gusto formar parte de un rebaño donde resguardarse, pertenecer a una cofradía donde santiguarse, tener un líder a quien obedecer así nos mande asaltar el Cielo. Sobre todo nos gusta mucho gustar. Gustar a otros, naturalmente, y para eso, naturalmente, tiene que haber otros.

En cambio, lo que quiere el alma es que no haya nada, y así no hay peligro de que algo pueda afectarla, estropear su autonomía. Si estuviera en su poder, el mundo ya se habría terminado. Con la nada le sobra. Por eso es tan ascética.

La carne es otra cosa. Se divierte con todo, todo le contenta. Ese buen natural le permite encontrarse bien en todas partes, empotrada en un regimiento que maniobra en un desierto africano, soportando las andas de la Macarena, alzando la pancarta en la manifestación. Así mismo es muy coqueta, por lo que procura, siempre que puede, enseñar el álbum de fotos, o el de pensamientos. Le encanta posar. Y es que forma parte de nuestro lado carnal querer ser mujer-objeto.

También es muy carnal ponerse a rezar. La carne ni siquiera necesita creer en lo que reza. Con que suene el órgano, se oigan las voces inmaculadas de unos novicios castrados y se haya derramado incienso, ella disfruta de lo lindo. Por eso —cosa que no le ocurre al alma— la carne puede ser muy tradicionalista. ¿Qué necesidad puede tener de eliminar ninguna tradición si en todas encuentra motivo para la burla, el juego y el engaño; si de todo hace un carnaval?

Si el alma es libertaria, la carne es libertina; si el alma es luterana, la carne es católica y sensual. Lo que tiene el espíritu de transgresor, el cuerpo lo tiene de acomodaticio. El alma es atlética, tensa, airada; la carne, un poco entrada en carnes, es comodona, risueña.

El alma es cosa de jóvenes. Son ellos los que necesitan compensar todas las prohibiciones que les caen por cielo, mar y tierra entregándose a sueños que rompen todos los límites imaginables. A esa edad, tan espiritual y atormentada, sólo se quiere desobedecer, ser libre.

Pero, con el paso de los años, cuando llega un momento en que uno ya tiene llave de casa, y esa casa es de él, esas ansias de libertad pierden mucho fuelle. A nadie le apetece pasar la noche por ahí fuera, dando vueltas por el infinito sin saber adónde ir, teniendo en casa un sofá y una televisión.

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