Breve relación de vidas extraordinarias · 12

BRVE12
Por Martín Olmos.

Manuel Haro, natural de Rasines, fue tío abuelo político por parte de madre de este autor, su seguro servidor. Fue un héroe de la mitología familiar, un héroe doméstico sin estatua ecuestre, razón que ganó por causa de una paliza que le metió a un canario por cabrón, pero su biografía posterior le desprestigió, oh, como tumba el tiempo a un alcázar. Manuel Haro peinaba pelo de astracán, como el de los negros cimarrones, del color de la plata manoseada y le decían el Rubio porque acaso alguna vez lo fue. Manuel Haro tenía un diente de oro. Hizo la guerra con los Nacionales como la pudo hacer con los Húsares de Junín, porque le tocó como a nosotros nos tocan los imponderables sin demandarlos. De aquel tiempo hablaba con vaguedad, sin importarse, y a veces mencionaba Larache con reminiscencia bárbara. Guardó de vestigio, sin embargo, dos balas cruzadas tatuadas en el brazo izquierdo a las que fueron amortiguando los años hasta que parecieron un vitíligo del color de un cerco de vino sobre un mantel. Eran dos balas sin solemnidad que podían ser pichas o churros según el punto de vista dibujadas torpemente por un artista de cuartel, puede que en una imaginaria. Por dos quintos de mejor talla se quedó sin combatir en Krasni Bor con la División de Muñoz Grandes y anduvo un tiempo en el reenganche del chusco por quitarse la carpanta y le pusieron a vigilar una cárcel de mujeres en la que las presas les enseñaban las tetas a través de los barrotes a los centinelas, que las celebraban homenaje haciéndose niños en la garita. Un oficial virtuoso que concluyó que aquellos no eran ocios prometió permiso al que tumbara a una fresca de un tiro de naranjero y un quinto canario mató a una destetada y ganó una semana. Manuel Haro, justiciero y bravo, le esperó la vuelta, le echó un saco sobre la cabeza y le dio una recua de puras hostias que lo tundió como a una estera. Esta historia refirió años después, en casual sobremesa, como quien dice que se va a nublar la tarde, con el sencillo recato que muestran los hombres seguros y se convirtió en un héroe en la saga doméstica de este humilde, que andaba en la edad de buscarse en modelos. Manuel Haro en el civil se dedicó al acarreo de pellejos de vino en un camión de reparto y casi llegó a pequeñoburgués y casó con doña Julia San Emeterio, tía abuela por parte de madre de este autor, su seguro servidor, que era mujer cegata, santanderina, borracha y beata que olía a alcanfor. Doña Julia San Emeterio tenía un abrigo bueno que solo se ponía cuando iba al oculista. Doña Julia San Emeterio observaba rigurosas contradicciones y en una ocasión persiguió a dos Testigos de Jehová con una tranca de picha de toro y en otra pegó a una monja. Manuel Haro practicaba la excentricidad de beber un licor digestivo italiano de nombre Cynar que estaba hecho con alcachofas.

Esta crónica requiere una elipsis tras la que Manuel Haro es ya viudo y jubilado y ha adoptado costumbres desordenadas que son las de masticar con la boca abierta, preferir la manga a la servilleta, inventarse incestos en el vecindario y merodear las piscinas municipales para mirar mujeronas con las tetas al aire a las que critica que también muestran los bigotes. Acaso se hacía niños como en la lejana garita. Por estos lances tuvo encuentro con la autoridad municipal. El autor ha leído a Carlyle sin mucho rigor y no ha entendido que harto claro se ve cuán difícil es tratar el tema de la heroicidad dignamente y, como tiende a la ingratitud, concluyó que la razón de la somanta de Manuel Haro al canario no fue desinteresada sino venganza por despojarle de su paisaje de tetas. El autor todavía no ha leído a Bergamín, cuyo ideal de vida era ser un viejo verde. La renta heroica de Manuel Haro se gastó como las balas cruzadas de su brazo. Manuel Haro murió solo, de pensión, sin hablarse con un hermano que tenía que picaba billetes en un polideportivo y sin la consideración de este autor, su seguro servidor, que tras otra elipsis, amaneció un día y se encontró, como quien se ve una cana, soportando ya cierta edad y reparó, con la faz coloreada de un asomo de rubor, que jamás había estado en Larache con su bárbara reminiscencia, que había leído inútilmente a Carlyle y que se estaba poniendo bergaminiano y entonces comprendió.

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