El anarquista enamorado.16 (y último), Eskizofrenia Konspiranoica.

etarra
por Claudio Sífilis.

Miguel llamó a la puerta de una de las almonedas que hay en la Ribera de Curtidores. Pasó un rato hasta que Ramón abrió. Ramón caminó entre todos los muebles, libros y trastos hacia una puerta que tenía un letrero que decía “Privado”, cojeaba ostensiblemente, balanceándose por su enorme volumen. Entraron en el despacho, tenía un ordenador encendido con dos pantallas. Ramón le enseñó al Druida como tenía organizados los ficheros en el ordenador, la base de datos de clientes y contactos. Los papeles del traspaso del negocio los habían firmado unos días antes. El inventario lo habían confeccionado juntos. Tenían acordado que Ramón quedaría a su disposición de consejero y le ayudaría en lo que hiciera falta, incluso habían reflejado tal cosa en una clausula del contrato. Miguel entregó un dinero que le faltaba por pagar en efectivo y Ramón le dio los juegos de llaves.

– Los mirones compran. El que entra y dice que sólo va a mirar, viene a comprar. Yo siempre les pregunto, porque si buscan algo concreto puedo convencerles de que lo que yo tengo es incluso más adecuado, mejor, y les digo que ya hay gente interesada en espera de tener el dinero para pagarlo. Por el Rastro siempre han pasado obras de arte extraordinarias, pero está muy desprestigiado y es difícil venderlas a su verdadero valor. La culpa la tienen los calistos –comentó Ramón.
– ¿Los calistos?
– Los gitanos, yo llamo calistos a los gitanos, ellos nos llaman payos, pues yo les llamo calistos.
– Pues no me agrada mucho. Mi abuelo se llamaba Calisto, y no era gitano.
– Saben lo que hacen, vender pinturas de aficionado a precio de arte y bisutería como joyas. Y cuando tienen algo bueno lo usan para colocar con ello alguna porquería. Estafan a mucha gente y eso nos perjudica a los demás.
– Siempre eres tan políticamente correcto, me emocionas.

El Druida miraba a su alrededor con nerviosismo. El contrato de alquiler era muy beneficioso para él. El dueño del local seguramente estaba esperando a que Ramón se jubilara y con el traspaso perdía oportunidad de recuperar lo suyo. La ley es muy clara, si no hay cambio de actividad, el arrendador se tiene que aguantar. De todas maneras las incertidumbres son muchas y Miguel lleva unos días sin poder dormir. Por distraerse un poco pregunta a Ramón por un accidente de avión que según él no fue tal accidente, sino un atentado de ETA.

– ¿Cómo fue aquello del avión que dices que derribó ETA? Que el otro día no te hice caso y ahora tengo curiosidad.
– Es muy famoso, el vuelo 610 de Iberia que se estrelló en Monte Oiz, en Vizcaya. En el año 1985. Un avión en el que iba el ministro de industria y asuntos exteriores Lopez Bravo, que había sido ministro de Franco. Pero no fue un accidente, fue ETA.
– Siempre estas con lo mismo, ETA mató mucha gente, tú siempre añades más. Si ETA derribó un avión, ¿por qué iba a decir la historia oficial que fue un accidente?
– Porque no se quería que se supiera que ETA era una amenaza para el espacio aéreo, hubiera acabado con el turismo, era una cosa muy seria, de bombas en supermercados a misiles antiaéreos.
– Pues no volvieron a usar misiles en sus atentados. Esto es como lo del 11M, dices que fue ETA, cuando hay una sentencia firme.
– Esa sentencia solo sentencia a personajes secundarios. Los que estaban vinculados a Al-Caeda quedaron en Libertad. ETA llevaba un año planificando atentados en ferrocarriles. Conozco el mundo de ETA. A la cárcel han ido unos delincuentes de poca monta y un trabajador mandado de una mina que dicen que es quien les vendió los explosivos. No señor, es un caso cerrado pero no resuelto, y fue ETA.
– Si no está resuelto, no puedes asegurar que fuera ETA. Con los mismos argumentos un amigo mío justifica que el 11M fue Bin Laden. Dice:
o Porque estuve allí.
o ¿Allí donde?
o En Marruecos.
o ¿Qué tiene que ver Marruecos con Bin Laden?
o Que estuve allí y sé como es. Conocí un moro, un muerto de hambre que había tenido 10 hijos y habían muerto 4 de hambre. Su mujer estaba embarazada. Le dijo al moro que usara preservativo, que no trajera hijos al mundo a que murieran de hambre. Y el marroquí me contestó: No puedo, eso ofendería a Alá.

Y por eso, según mi amigo está demostrado que el 11M fue Bin Laden, por Alá, por la Guerra Santa.

Sonó la puerta. Eran tres chavales gitanos.

– ¿Tienes lo nuestro? –preguntó uno de ellos.
– Sí, pero no aquí. Lo tengo en la furgo.

Ramón hizo gesto a Miguel de que les siguiera, salieron a la calle, Ramón cerró la almoneda, caminaron unos metros y abrió la puerta trasera de una furgoneta, todos subieron. Cerraron la puerta, encendieron una luz dentro. Ramón tenía allí dos bolsas de viaje, de ellas sacó tres pistolas y un fusil. Los muchachos se repartieron las armas. El más bajito cogió el fusil.

– Es la primera vez que cogéis armas de fuego – dijo Ramón.
– La primera, primo – dijo uno.

Ramón les estuvo explicando cómo se cargaban, como se disparaban, como se limpiaban. Los gitanos se manejaban torpemente.

– Si al menos hubierais hecho la mili –dijo Ramón.

Los gitanos intentaron regatear, aunque Ramón no aceptó, mostró cierta paciencia que normalmente le es esquiva. Ramón no rebajó el precio y pagaron. Bajaron de la furgo. Salieron en direcciones distintas sin despedirse. Miguel y Ramón caminaron hacia un bar, sin hablar, de alguna manera se habían transmitido telepáticamente que era momento. Antes de entrar en el bar Ramón le dijo al Druida:

– Si quieres este negocio, también te lo traspaso.

El druida asintió con la cabeza. Ya con sendos botellines en las manos, Ramón le susurró a Miguel lo siguiente:

– Quizás te interese saber que ésta era la banda de tu amigo Toño, Toño era el cabecilla. No sé para qué quieren las armas, no es asunto mío. Cuando Toño mandaba se dedicaban al hachís, Su manera de trabajar con ellos era que tenía escondido el hachís en una bolsa, y cuando alguien compraba mandaba un colega a traerle un poco, así la policía no le podía coger con mucho. Uno de ellos, el delgado pálido, le robó hachís y Toño le dio un navajazo y le echó de la banda. La familia del colega le denunció.
– Ese delgado parece enfermo. Y el bajito está cojo. El otro es un musculín de gimnasio.
– No, más bien de anabolizantes.

El Druida cogió el metro para volver a casa. El trayecto lo pasó distraído leyendo en el móvil sobre una ciudad holandesa que se dedica a la producción de armamento, gran parte de la población vive de eso. Hay una ley que obliga a los países a declarar las armas que venden, pero la ley se derogó. Según el artículo que leía, el tráfico de armas es el crimen más lucrativo, superando al contrabando de drogas y mujeres.

Al llegar a casa Ana se estaba preparando para salir con su amigo, el crítico de arte, a otra exposición muy interesante. En la tele estaban echando “Lo que el viento se llevó”. Esta película le encanta a Miguel, aunque hay algo que nunca ha entendido. ¿A qué se dedica Clark Gable? ¿Cuál es su oficio? ¿Por qué Escarlata O’hara le tiene tanto desprecio? ¿Por qué al acabar la guerra y el Sur está arruinado y Clark Gable es rico? ¿Es que se ha dedicado a traficar con armas en vez de luchar durante la guerra?

Miguel estaba esperando a que Ana se fuera para abrir una botella de vino, pero tardaba mucho en irse, así que abrió la botella y empezó a beber. Finalmente Ana apareció en el salón en vestido de noche, con un prominente escote. Se puso una chaqueta delante del druida tapando la televisión. El sabía que si comentaba algo ella se enfadaría y que si no lo hacía también, así que no dijo nada, que es lo que más le placía a él. Ana paseó delante de él contoneándose lo justo y haciendo ruido con los tacones. Se despidió señalando la botella de vino y diciendo:
– ¿Eso es lo que piensas cenar?

Miguel no contestó, Ana salió y en el ascensor gruño mirándose al espejo: “Es un imbécil”. Pensó que estaba perfecta, su rostro no necesitaba más retoques. Se acarició en pelo no del todo satisfecha, es lo que hay.

El Druida seguía tumbado en el sofá, con el móvil en la mano, empezó a navegar por internet, sobre infiltrados en ETA. Leyó sobre la operación Lobo, que siempre le ha parecido un crimen de Estado, ayudar a los terroristas a moverse por España, ponerles piso en Madrid y Barcelona, dejarles poner bombas y luego detenerlos, así se ponían medallas. En la cabeza de Miguel, los servicios secretos españoles habían colaborado con ETA para que dejara de matar policías y se dedicara a matar civiles de manera indiscriminada. Claro, él no tenía ningún amigo ni familiar guardia civil, y no le simpatizaban los maderos. El Druida no entiende cómo la Operación Lobo es de dominio público y no se abren diligencias criminales contra el gobierno. O sí lo entiende, el poder está por encima del sistema judicial, que de ninguna manera es independiente, sólo en raras excepciones.

Entonces Miguel leyó en la wikipedia lo que pone sobre otro infiltrado en ETA, un personaje llamado Paesa y la operación Sokoa: Francisco Paesa, después de cumplir condena se hizo pasar por traficante de armas y vendió dos misiles antiaéreos a ETA, lo que la banda terrorista no sabía es que los dos misiles llevaban unos sensores de localización y que su proveedor colaboraba con el servicio secreto español. La policía española pudo encontrar, por primera vez, un importante zulo en el que se almacenaba gran cantidad de armamento y documentación. Hasta entonces, el Gobierno español desconocía prácticamente todo sobre ETA, y esta operación supuso un importante punto de inflexión.

Tras leer esto Miguel tuvo un ataque de esquizofrenia, enfermedad de la que ya había dado síntomas. Los días sin dormir, el alcohol de la botella que estaba a punto de terminarse y los nervios por los acontecimientos del día hicieron que éste fuera peor. Su cerebro tuvo una descarga eléctrica, la epífisis o glándula pineal segregó grandes cantidades de serotonina que se descargaron sobre el nervio óptico que proyectó una película sobre las retinas muy distinta de la que estaba viendo en el televisor.

Miguel paseaba por la habitación. Pensó que para ser traficante de armas debería dejarse un bigote a lo Clark Gable y vestir de época. Se miró en un espejo acariciándose la boca. Del otro lado había un esqueleto con uniforme blanco de gala militar. El esqueleto salió del espejo y extendió la mano.

– Hola. Soy Carrero Blanco, presidente del gobierno.
– Encantado de conocerle. Yo soy Miguel, Druida de la guerra.
– Llegamos tarde a la iglesia. Mi coche nos está esperando.

Salieron juntos a la calle y subieron a un coche, arrancó, explotó y voló. Subió por los aires y cayó en el salón de la casa del Druida. El salón se fue llenado de zombis, guardias civiles asesinados por ETA en atentados. “Algo hay que hacer, no sabemos nada de estos asesinos, necesitamos infiltrar a alguien en su grupo terrorista para desentrañar el misterio”, comentaron los policías.

Los guardias civiles sacaron al Druida de dentro del coche de Carrero Blanco y lo metieron dentro de un misil antiaéreo. “Esto es lo que vamos a hacer. Este en un misil que hemos comprado en Israel, se lo vamos a vender a ETA, ellos no sabrán que lleva dentro un agente infiltrado nuestro, en vez de la carga explosiva, así descubriremos quiénes son y les detendremos”

No tardó mucho en llegar un etarra y comprar el misil a la guardia civil, cargar el misil en una moto y partir para las Vascongadas. El viaje no fue complicado ni largo. El etarra descargó el misil en un edificio industrial donde estaban todos los dirigentes de ETA, que rodearon el misil y brindaron con Chacolí. Dentro del misil el Druida recibió una llamada telefónica en su zapatófono.

– Estoy en la imprenta Sakoa. Todos los dirigentes etarras están conmigo.

Sonaron sirenas, toda ETA fue detenida, la cúpula completa. Pero cuando se fueron se dejaron olvidado el misil. El calendario dio marcha atrás y pasó de diciembre de 1988 a febrero de 1985. Un etarra se reía escondido detrás de una lámpara de mesilla, finalmente salió de su escondrijo, se acercó al misil y encendió la mecha con una cerilla. El misil salió volando por un hueco en el techo, voló por Bilbao y derribó un avión. La gente hecha pedazos flotaba en el aire, un individuo partido en trozos voló hacia Miguel. Iba vestido con traje militar de gala. Le extendió la mano y saludó:

– Hola. Soy López Bravo, Ministro del Gobierno de España.
– Encantado, soy Miguel, Druida de la guerra.

Mientras Miguel estaba paralizado en el salón teniendo este ataque de locura, Ana, que ya había cenado, subía a tomar una copa en casa de su amigo. Ella apenas tuvo un momento de duda, estaba casada con un hombre infiel y había que disfrutar de los escasos momentos agradables que da la vida, que nos tiene reservada alguna putada con la que no contamos a la vuelta de la esquina.

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