Ceci tuera cela

Jeroglífico

por Fernando García.

En la novela Notre-Dame de Paris de Victor Hugo, el archidiácono de la catedral Claude Frollo pronuncia una frase enigmática mientras observa las magníficas gárgolas: «Le livre va tuer l’édifice, ceci tuera cela». Corría 1482.

La reflexión de Victor Hugo hace referencia a como la aparición de la imprenta acabó con la construcción de las grandes catedrales al sustituir un medio por otro como transmisor del mensaje de Jesucristo. Un siglo después Marshall McLuhan ante la eclosión de la televisión planteó que ello supondría la desaparición de los libros de papel, cierto que Umberto Eco no estaba de acuerdo pero parece que el paso del tiempo le estaría dando la razón al autor de La Galaxia Gutenberg. En su imprescindible Retóricas de la intransigencia, Albert Hirschmann, el politólogo berlinés, utiliza el “Ceci tuera celi” como uno de los argumentos retóricos de la reacción para justificar el riesgo de hacer políticas progresistas. Por ejemplo, dotar de derechos sociales pondría en peligro los derechos políticos ya adquiridos.

La aplicación tenor literal del “Ceci tuera cela” parece exagerada, si bien como argumento retórico resulta muy brillante. Sin embargo parece razonable reflexionar sobre el papel del progreso técnico en la mejora de la sociedad, aserto que para algunos extremistas es artículo de fe. «La técnica podrá producir Estados fuertes, pero no crea pueblos libres y conscientes de su libertad», nos advirtió Miguel de Unamuno. Para luego añadir: «No queremos descender a las aplicaciones pragmáticas de la ciencia; no queremos que el bárbaro materialismo industrialista que ha desencadenado esta guerra [se refiere a la Gran Guerra] nos contamine». La desaparición de la construcción de grandes catedrales o la sustitución del libro de papel por el electrónico no puede considerarse un bien en sí mismo, mas bien una desgracia para nuestro acervo cultural. Es evidente que todo lo nuevo arrastra cosas buenas, llevándolo al extremo la destrucción del Anciano Régimen por la Revolución Francesa comportó mucho mas daño que el que se acepta, tal y como Burke, de Maistre y Tocqueville nos enseñaron con singular maestría.

En un ámbito mas cotidiano hemos visto como la instauración de la democracia en España comportó la desaparición de cualquier valor positivo enraizado en el franquismo. Así se nos quiso hacer creer que los derechos sociales eran entonces inexistentes, confundiendo éstos con la falta de derechos políticos. También se quiso condenar a todos los escritores de aquella España y bajo la etiqueta de “fascistas” se quiso mandar al basurero de la historia a gigantes como Cela o Torrente Ballester. Afortunadamente el péndulo de la historia suele equilibrar las cosas y hoy es posible comprar una moto con carburadores, un amplificador de válvulas o música en vinilo. A algunos nos gusta vivir en un mundo analógico rodeados de libros viejos y mujeres jóvenes. No creo que sea obligatorio apuntarse al progreso.

Vuelvo a Unamuno: «Si fuera imposible que un pueblo dé a Descartes y a San Juan de la Cruz, yo me quedaría con éste». «Santa Teresa vale por cualquier instituto, por cualquier Crítica de la razón pura». Ser español es una forma de estar en el mundo. Para nosotros, el espíritu, las ideas, han de estar antes que el progreso técnico, o mejor, éste ha de subordinarse a aquéllas.

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