Joyero bibliográfico. Una mosca en la sopa, de Charles Simic

Simic
por Ricardo López Bella.

La solapa del libro que manejo, nos presenta al autor como uno de los mayores poetas contemporáneos en inglés y Premio Pulitzer (1990) en lo suyo. Uno, que es poseedor de amplias lagunas y las mínimas medidas de vergüenza, quiero pensar que bien administrados, confiesa su total desconocimiento de tamaño genio.

Nace en Belgrado en la que más que convulsa Europa de 1938, con el cáncer totalitario borrando fronteras y devorando España, Checoslovaquia, Austria, etc y que no tardaría en hacer presa en su ciudad, capital de un país Frankenstein nacido de los retales de la anterior escabechina continental.

Sus primeros juegos son de guerra teatralizada con telón de fondo de cruda y letal realidad. Jugar a los bombarderos con cinco o seis años es cruel y normal a la vez cuando lo ves reflejado en la gran pantalla del cielo. Acaba convertido en fugitivo de carretera, manta y monte, “personas desplazadas” se les llamaba en su tiempo, por la onda expansiva de la explosiva crueldad de otros congéneres y en busca del padre, que consigue escapar vía Trieste a Francia y luego a Estados Unidos donde les esperará durante diez años. Con un hermano en brazos de su madre, consigue llegar a Austria. Recogidos por una patrulla mixta austriaco-estadounidense son entregados a los británicos y estos, que lo devuelven todo como los buenos tenistas, hicieron de malos samaritanos y los pusieron de patitas en Yugoslavia. Este episodio recuerda el relatado por B. Traven en la novela autobiográfica “El barco de la muerte” donde el protagonista es rebajado a la condición de ficha del juego de la oca con casillas en Bélgica, Holanda y Francia. Esto del temor al extraño, al diferente, es de toda la vida: ¡¡¡¡¡Que vienen los bárbaros, que vienen los persas, que vienen los germanos, los moros, los rojos, los negros, que vienen los pobres, los feos…!!!!!!

En junio de 1953, su madre consigue pasaportes para poder emigrar. Su primer destino será París, donde se dedicará a callejear con sus nuevos amigos desahuciados para los estudios y se entregará a la cinefilia, especialidad cine negro estadounidense. Estudia inglés provechosamente con un pastor yanqui del World Church Service y ayudado de revistas que le adelantan la visión del “sueño americano”. Esta misma institución pagará los pasajes en el Queen Mary de él, su hermano y su madre, una vez declarados aptos para su ingreso en Estados Unidos.

El 10 de agosto de 1954 llega a Nueva York y se produce el muy esperado reencuentro con su padre, que esa misma noche se lo lleva de copas. Simic no pierde el tiempo y simultanea estudios y trabajo en un primer año provechoso. Cuando el padre es destinado a Chicago, por trabajo, le acompaña y ambos se gastan el dinero destinado al adelanto para la adquisición de una nueva vivienda en dolce farniente por restaurantes y bares de categoría. También “invierten” en ropa y libros. Reunidos todos, se matricula en Oak Park, el mismo instituto que Papa Hem, hinca bien los codos y, para impresionar a unos amigos poetas, se marca unas composiciones tan infumables, según él, como las de aquellos. Sin embargo, descubre que la poesía es una forma de articular sus interioridades. Nos encontramos ante la primera idea obsesiva de Simic: la expresión poetica.

Otra idea obsesiva de la época será la integración en la sociedad estadounidense en combinación con la anterior: “para un inmigrante con pujos literarios como yo era tentador olvidar todo aquello, ponerse unos pantalones de tweed, leer a Henry James y fumar en pipa”.

Otra guerra, la de trincheras entre sus progenitores, lo eyecta del hogar familiar y con dieciocho años alquila una habitación y vuelve a simultanear el trabajo diurno con clases nocturnas de nivel universitario. Todo esto posibilita el pleno ejercicio de su tercera idea obsesiva: la absorción de todo conocimiento, su digestión y transformación en producción propia: escribe, pinta y en secreto sigue con la poesia. Se va introduciendo en el mundillo intelectual de la ciudad, que nos dice, apenas llenaría una habitación de un apartamento de tamaño medio y cuando la poesía deja de ser un secreto, recibe un consejo por parte de los intelectuales radicales de izquierda con los que alterna no olvides tus orígenes, lo que impide que se convierta en un farsante vestido de tweed.

En 1959 publica por primera vez. Entre 1956 y 1961 es su época de mayor fecundidad. Admira a Pound, la Dickinson y Wallace Stevens. Se llevaría a la tumba el Libro Tibetano de los Muertos, un manual de sexualidad o los poemas de la Dickinson. El cuerpo le pide Nueva York y allá que se va para complementar estudios académicos con el conocimiento de una variadísima tipologia humana: charlatanes, gilipollas, iluminados, diletantes, entre ellas una mujer poeta que le dobla en edad y recibe gente. Parece perdido, entregado al vagabundeo espiritual, pero se va formando como poeta y persona que, en su caso, es todo uno y finalmente, parece que comienza a encontrar el tono de su voz lírica a partir del hallazgo de un libro que le cambia radicalmente la visión de la poesía: “Anthology Contemporary Latinamerican Poetry”. En este libro puede leer, traducidos claro, a Borges, Neruda, Carrera Andrade, Drummon de Andrade, Guillén, Huidobro, Vallejo, Paz…

Cuando aparecen los beat, tanto como “movimiento literario y empresa comercial”, el Village se llena de cafés y recitales: “en un minuto pasaba de morirme de envidia a morirme de aburrimiento y desdén”. Sin embargo, es en Chicago donde descubre en una visita a Bill Knoff, un adicto a la Pepsi-Cola y su poeta favorito contemporáneo desde ese momento, el que le da la dimensión definitiva y propia por comparación. Sigue buscando su voz y por el camino ha destruido muchas páginas, es lo normal y un grande como Vargas Llosa lo refrenda de vez en cuando “escribir poesía es el mayor de los placeres, pero también lo es hacer borrón y cuenta nueva” Simic dixit. El abandono de sus estudios y su total americanización le suponen tener que cumplir el servicio militar del que opina “es sorprendente lo rápido que se convierte uno en un esclavo obediente en el ejercito o en una empresa grande”. El absurdo occidental de la servidumbre militar parece que nace de un mismo modelo: el adiestramiento digno de perros de circo, como todas las milis, como la propia y algunas que he oído contar. Las anécdotas son descacharrantes y en poco tiempo cambia de destino tres veces, a cual más inverosímil y con compañeros de lo mas curioso, como policía militar en Francia.

Al tratarse de un libro de memorias y no estar escrito de una sentada, Simic se permite el desorden y los capítulos militares están enmarcados entre otros dos dedicados a la buena mesa. En el primero nos habla de una comida familiar que acaba con los postres al amanecer, donde se sirven sopas, aceitunas, alubias, mucho pan, cochinillo con patatas y cebolla, mucho vino y la deriva de la incesante conversación lleva a que su tío Boris quiera denunciarlo al FBI y, más tarde, se reconcilien a besos. En el otro capitulo suma y sigue: “recuerdo mejor lo comido que lo pensado”. Lo que sigue ha de leerse más ahíto y creo que, aún así, se puede caer en la tentación de mirar lo que se tiene en el frigorífico algo que en mi caso resulto dolorosamente decepcionante, tal es la relación de manjares, platos e ingredientes y lo que le sugieren el autor.

En los capítulos finales, reflexiona ampliamente sobre lo que debe ser la poesía como expresión propia y de verdad, debe hacer honor a la tradición y, naturalmente, cambiarla. Se reafirma en la idea, que suscribo modesta y gozosamente, de que la poesía, como la filosofía, debe abarcarlo todo y, al mismo tiempo, empezar de nuevo.

Los poemas y fragmentos que contiene el libro me producen la sensación de honestidad y de una producción más voluntariosa que acertada o más pasional que pulida. En su descargo hay que señalar que es obra primeriza y no se puede contrastar con la que ha dado en su evolución. En mi descargo he de confesar que estas sensaciones, que pueden pasar por certidumbres, son las de un lector metido a más voluntarioso que acertado crítico.

La virgen María vive en la tienda de al lado
Lleva un uniforme del Ejército de Salvación
Que no se quita ni para tirar la basura.
Corretean ratones por sus pies.

San Juan Bautista tiene un palomar en la azotea.

Parte de su martirio consiste en vaciar los orinales de un hospital.
Una noche él llama a su puerta y luego entra.
Le recibe un maniquí de costurera,
feo, con pequeños alfileres clavados.

Ella está tumbada en la cama con los ojos cerrados.

La habitación está oscura; el cielo ventoso y nublado.
Los ojos aún fuertemente cerrados.

Como consecuencia de esa búsqueda, Carles Simic es un apologeta de la individualidad y abomina de todos los ismos políticos y religiosos que adoctrinan y clasifican a la Humanidad en útiles o inútiles y en buenos o malos. No obstante respeta a todos aquellos que ejercen la fe sin ninguna maldad aunque hagan proselitismo.

También es un urbanita incorregible, mejor muestra que sus primeras impresiones a su llegada a Nueva York que cualquier otro comentario: “¡Era todo increíble y maravilloso! La basura en la calles, la forma de vestir de la gente, los edificios altos, la suciedad, el calor, los taxis amarillos, los anuncios, los carteles. No tenía nada que ver con Europa. ¡Era terriblemente feo y hermoso al mismo tiempo! América me conquistó enseguida.”

Las excentricidades de algunos familiares de la rama paterna merecerían una separata, desde su tío Mosha, que roba un tranvía de la compañía en la que trabaja para pasear a su novia, hasta el abuelo que monta su propio velatorio para saber qué es lo que se siente. Seguramente también se podría editar un recetario de cocina de la familia a poco que se hubiera estirado el bueno de Simic. Este libro de memorias es una estupenda colección de pulsiones y una luminosa celebración de la vida. Recomendable leerlo en un par de sentadas. Totalmente vitamínico. SALUD Y LECTURA.

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