Mi vida en pocas palabras · XVIII

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Por Gengis Kant.

El instituto del que les he hablado se hallaba, y por allí seguirá más o menos, en La Orotava, una villa cuya fama internacional le viene de ser parada obligatoria para los turistas que, con el cuento de que les van a enseñar unas casas con unos balcones muy especiales, son conducidos a esa localidad y encerrados al punto en las tiendas de artesanía canaria, no toda hecha en Asia, que abundan en ella.

Cuando viví en La Orotava coexistían malamente, sin la armonía que manda Platón, tres castas. Me limitaré a mencionarlas y poco más.

Quedaba algo de una aristocracia que se pasaba el tiempo recordando con nostalgia que hasta hacía muy poco —como quien dice anteayer— había sido la dueña absoluta de las tierras y de los que las cultivaban. Ahora sus vástagos, herederos de la nula disposición de la nobleza agraria a visitar un aula, tenían dos formas de entretenerse: subir la calle mayor con la moto a todo gas y bajarla también a todo gas.

En el mismo lugar se buscaban la vida, ante la mirada despectiva de sus antiguos dueños, algunos empresarios al por menor. Éstos mostraban mucho más interés que los aristócratas en la educación de los hijos. Reclamaban una enseñanza basada, como se dice ahora, en el mérito y la excelencia. El alumno debía poseer al final de su formación una gran habilidad contable, con los números escritos en un perfecto inglés, y una cierta capacidad para hablar bien de la cultura, esa cosa que sirve para disfrutar, con un libro en la mano, de una buena puesta de sol.

Y sobrevivía allá arriba, en mitad de la montaña, en lo más insalubre y tenebroso de la misma, encerrado en una nube eterna, un gentío muy propenso al alcohol y algo menos al incesto, entre apático y violento. Por no abusar del sistema educativo no pretendía que su descendencia aprendiera algo más que el uso de la navaja.

Los de La Orotava tienen la costumbre de informar, allá por donde vayan, de que viven en medio de un valle paradisíaco, todo de un verde que da gusto. «Lo preside, majestuoso y solitario cual un dios ensimismado en su serena perfección, el padre Teide», tiene escrito el poeta municipal en su libro Oh, Padre Teide. Las puestas de sol que se ven desde el valle han ganado muchos concursos internacionales de paisaje, y es que en pocos sitios se pone el sol tan bien como allí, con unos colores de incendio y unos efectos especiales que hacen que se te ponga la carne de gallina, llores de la emoción y des brincos de alegría a poco sensible que seas, como dice muy bien el de la agencia de viajes.

Deberían completar el informe los de la Orotava haciendo saber que desde hace tiempo la villa es un eslabón más de una cadena semi-urbana, una especie de ciudad lineal que recorre buena parte de la isla, con una autopista haciendo las veces de calle mayor. Recuerdo muy bien cómo la pobreza de los materiales de construcción, principalmente unos ladrillos de hormigón poroso; las casas nunca terminadas, y la forma desordena de ocupar el terreno daban a esa rara megalópolis un aspecto de purgatorio en desuso. Todo era impreciso en aquel lugar destartalado: lo que tenías delante podía ser un almacén de electrodomésticos, un corral de gallinas, un salón de bodas, una vivienda… , qué sé yo.

Ahora es a mí a quien le toca completar el informe añadiendo que en mis últimas visitas a la isla he sido testigo de cómo han evolucionado las cosas para satisfacción de todos los interesados. La gente pone ahora más interés en la decoración del hogar. Ya no se olvida de revocar y enlucir los muros, ni de poner barandillas en los balcones.

No sólo eso; hace algún tiempo las autoridades decidieron someter toda la isla a un reciclaje estético con el fin de dar respuesta a las exigencias del turismo moderno, tan puntilloso en cuestiones de vistas. Donde antes todo era gris ahora se puede disfrutar de una atmósfera intensamente caribeña gracias al colorido fuerte y variado de la pintura subvencionada. También ayuda el anclaje a las fachadas de unos balcones de estilo colonial y la incorporación de un tipo de balaustrada de sugerencias ultramarinas con el metro lineal a un precio muy competitivo. Se ha pensado adoquinar todas las calles, lo que incluye la autopista. Por ahora el Teide va a quedar como está; ya se verá más tarde qué se hace con él. Se da por hecho que con esos oportunos afeites la isla estará en condiciones de dar la bienvenida al turista más intransigente y rentable.

Pero —esto pasa siempre— ya se han alzado en las revistas culturales voces contrarias a la desaparición de una tradición constructiva cuya economía de medios, y muy especialmente el uso sincero, sin tapujos pequeño-burgueses, de materiales como la uralita, la hojalata y el cartón, la convierten en una alternativa sostenible a la arquitectura mercantil y mediática. Una vez más los intelectuales desdeñan el desdén que el pueblo tiene a lo popular.

Ahora que hablo de intelectuales me acuerdo de que conocí en La Orotava a algunos. Eran polivalentes. Tenían opiniones sobre todas las cosas. En consecuencia firmaban todo tipo de manifiestos. En aquella época le daban mucho al ecologismo. Una vez amasado el pan en el aula de alimentación, torneado el cántaro en el taller de cerámica, pintado el bisonte en el de pintura y hechos los ejercicios de respiración, no había cosa más apetecible, en su opinión, que acariciar a las hermanas fieras, a las que estaban dispuestos a consentir todo tipo de caprichos. Visitaban siempre que podían a un árbol muy raro, localizado en Icod de los Vinos, al que todo el mundo llamaba «el drago milenario». Por lo hinchado que estaba podría decirse que era el equivalente en el mundo vegetal a un hipopótamo. Los visitantes lo trataban con mucho respeto por su longevidad inaudita a pesar de que no había hecho nada especial en su vida. Sólo engordar y engordar. Como los demás árboles.

No he olvidado la que liaron aquellos ecologistas para impedir que una finca dedicada al cultivo del plátano cayera en las garras de la especulación inmobiliaria. A base de coraje y de cabezonería lograron detener la operación urbanística, lo que constituyó para ellos «una derrota en toda regla de un capitalismo absolutamente ciego a lo que no sea el beneficio inmediato». Eso fue poco antes de que la platanera desapareciese a causa de una erupción volcánica.

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