Regreso a Jurelandia

migration
por José Martínez Ferreira.

El sábado 21 de mayo se celebró el Día Mundial de la Migración de los Peces, que los ingleses pronuncian WFMD -no confundir con la conocida onomatopeya que usan los dibujantes de tebeos lituanos cuando muestran a alguien que intenta hacer un globo con un chicle- y desde esta su revista que tanto les aprecia felicitamos a todas las sardinas en aceite, en escabeche y de chocolate en su día grande. Para celebrar este World Fish Migration Day vamos a ocuparnos brevemente, como si nos paseáramos por un museo de filatelia, de los más curiosos casos de migraciones acuáticas de esos entrañables animales con escamas y branquias llamados peces. Porque los peces son animales, por mucho que los crueles vegetarianos-pescatarianos los traten como si no lo fueran y los devoren. No sé qué tendrán que decir sobre esta desustanciación los alegres chicos del PACMA.

Igual que los siempre talluditos miembros de un sindicato de estudiantes, los osos de Alaska esperan pacientemente con la boca abierta a que la comida les caiga en sus fauces sin tener que hacer nada, servicio puerta a puerta, y es que hay pocos animales tan solícitos como los salmones, que se entregan sin protestar como merienda de los plantígrados tras nadar por medio mundo para volver a procrear donde nacieron en la migración fluvial más televisada de la historia tras el descenso del Sella.

Mientras los salmones remontan los ríos volviéndose a cada meandro más rojos, como los turistas ingleses en verano y los actores españoles el resto del año, en el pueblo de mis padres en Galicia en vez de osos hay pescadores, quienes en las noches de Semana Santa se apostan por todo el río Miño para cazar lampreas en su migración anual desde el mar a agua dulce para reproducirse y de paso ver de lejos alguna procesión. Por si acaso algún oso anda también de vacaciones por Galicia, si uno se pasea por la orilla del río y se topa con un cazador de lampreas es mejor preguntar, y para distinguir entre ambas razas de depredador lo mejor que se puede hacer es preguntar cómo quedó el Madrid y si te responde con acento gallego es que es un pescador y no un oso, aunque también es cierto que los osos pardos asturianos tienen un soniquete agallegado en sus gruñidos que para un no iniciado podría hacerlos pasar por un sonrosado morador de una palloza lucense. Una vez pescadas, las lampreas desaparecen de la zona, ya que en ninguno de los restaurantes del pueblo sirven el preciado manjar de aspecto repugnante, por lo que deben de ser enviadas a algún pueblo de degenerados que disfruten de su sabor. A Francia, imagino, que no se me ocurre pueblo más degenerado.

Continuamos este análisis de los peces migratorios con las tortugas que hacen surf en la CAO guiando a padre de Nemo hacia Sidney, aunque ni siquiera son peces sino quelonios, que son unos bichos, según la Wikipedia, con “cuatro extremidades cortas, mandíbulas sin dientes y cuerpo protegido por un caparazón duro dentro del cual pueden retraer la cabeza, las extremidades y la cola”. Vamos, como José Luis Garci. Las tortugas empiezan su migración nada más nacer, con el “tonto el último” que les lleva desde la arena de la playa donde salen del huevo al mar y luego se tiran media vida haciendo surf por las corrientes oceánicas. Hay que ser fan de las tortugas, hasta de las tortugas caníbales de la charca de la estación de Atocha de Madrid.

Iba a escribir un chiste malo sobre la migraña como fusión entre migración y piraña pero me tengo que ir a los toros y posteriormente a beber así que mejor dedicarme estos últimos instantes ante la pantalla a una migración real, la de las sardinas sudafricanas, que según parece es la mayor migración del mundo, ocupando ésta muchos más campos de fútbol que los que ocupan las famosas migraciones de las mariposas monarca mejicanas y de los ñus (¿o se dice ñúes?) en el Serengeti. Pues las sardinas en Sudáfrica se dan un paseo gigante rodeando media África dando de comer, qué majas, a aves de todo tipo, a delfines, a pescadores y a tiburones hasta que llegan a una zona de aguas calientes donde las supervivientes hacen un fiestón descomunal. No sabía que además de banco a un grupo de peces que nadan juntos se le llama cardumen, así que este año por san Juan iré al mercado y le diré a la pescadera que me dé un cardumen de sardinas para asarlas y comerlas con mis amigos, que quiero perderles el respeto, si creo en lo que escribió Camba en “La casa de Lúculo” cuando decía que “las personas que se hayan unido alguna vez en el acto de comer sardinas, ya no podrán respetarse mutuamente”.

Las siete de la tarde se acercan, Las Ventas me llama y nos quedan muchas migraciones en el tintero, como la de un Kevin Costner con branquias y sin pelo en Waterworld, las mentirosas de las liebres por el mar, la migración de los delfines y las de las distintas clases de tiburones que migran en verano hacia las playas para que nosotros les devolvamos la pelota migrando dóciles al chiringuito a tomar unos calamares y unas cervezas. Venga, me voy, que torea El Juli, el pasmo de San Blas. Qué horror.

Hoy más que nunca branquias bajo el agua es el baile de actualidad. Salud.

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