Mi vida en pocas palabras · XIX y último

AKANTAZOLIMPIO-FRONTAL
Por Gengis Kant.

Aquellos militantes de la naturaleza tenían de ella una idea decorativa, paisajística, quizá porque nadie les habló de la gran física que, uniendo las doctrinas anteriores al Diluvio con las posteriores a nuestra época en una verdad eterna, nos habla de creación y de destrucción.

Hoy conocemos bien el origen remoto de la cosmética ecológica. «Puede que algunos miembros de las Sociedades de Cazadores –están escuchando ustedes una vez más a mi maestro– perdieran a veces el temple que requería la alta misión que les había sido encomendada. La marcha de algunos socios de ánimo delicado y sensitivo quizá no estuvo acompañada siempre de la concentración tensa y vigilante de quien no ceja hasta dar con su presa.

Nunca habían prestado mucha atención los cazadores a otra cosa que no fueran las marcas del animal perseguido: sus huellas, algún resto de pelo en los arbustos, el olor que deja en el ambiente. Pero ahora, con espíritu más paseante que depredador, alguno, que dudaría más de lo debido de sus posibilidades cazadoras, puede que distrajera su atención, y se parase a dar una patada a una piedra, a tirarla después lo más lejos posible, a mandar al perro a por ella… Alguna que otra vez, se detendría a oír el canto de algún ave, a observar una forma que, incluso sin comerla, le produciría una sensación placentera.

Fueron más lejos algunos en estas distracciones, y llegaron a desarrollar un sexto sentido que los dejaba como lelos, entregados a una admiración enervante de lo que bautizaron con el nombre de paisajes. El que fuera el terror de todos los animales se convirtió en un mirón inofensivo, entregado a la caza de imágenes. Para ello convirtió su ojo en un dispositivo que hace clic.»

Fue también el maestro quien fulminó a los de esta parcialidad. Para ello le bastaron estas palabras definitivas, escritas no se sabe si antes de morir o cuándo:

«Campiñas, florestas y cascadas son restos de cataclismos minerales. Todo es huracán y fuego. Atraviesa los astros una furia titánica, una rabia de temblores; tempestades de hidrógeno recorren los espacios interestelares. Los fondos infernales presionan hacia fuera, hacia la luz, en empuje brutal, en ciego brote. El universo es un estallido, metralla cósmica.»

En mitad de ese fragor gigantesco –pregunto– ¿cabe pensar que le preocupe a la naturaleza, ni mucho ni poco, cómo pueda salir en la foto?

Pero basta ya de tanta naturaleza y tanto cosmos: que este libro es para hablar de mí y no del universo.

Indultado del trabajo por razones que no me da la gana contar –¿qué se han creído ustedes que son unas memorias?– y sin nada más que hacer en Canarias, me vine a Madrid, donde, una vez instalado, aproveché la ocasión de hallarme en una ciudad donde hay de todo para hacerme con una esposa y un hijo. Para la casa. No hubo ningún problema.

Aún me quedaron ganas de comprarme un apartamento en una playa de Valencia. No diré que lo compré en primera línea, porque eso sería mentir, y sólo se debe mentir cuando hace falta; pero sí en Cheste, a unos treinta kilómetros escasos.

Cuando me cansaba de la playa, cogía un par de maletas, la familia y el paraguas, y me iba de viaje, a visitar otras culturas. De Europa he visto prácticamente todos los miradores. De monumentos tampoco puedo quejarme. En Roma más que en ningún otro sitio los hay que son verdaderas preciosidades. Para mi sentir, el más bonito es el Coliseo. El hotel, en cambio, regular, y la comida, francamente mala: todos los días, pasta.

Tierra Santa me conmovió mucho. Mi vivencia en el Calvario, poniéndome en el lugar de Cristo, es algo que no cambio por nada. A nivel de experiencia ha sido de lo mejor. La única pega es lo caro que sale subirse a una cruz; no hay derecho a que te claven de ese modo.

Me faltan palabras para describir la elegancia, la clase, el saber estar de París. No saben ustedes lo bien que se lo puede pasar allí uno: navegando por el Sena a la luz de la luna, mientras el guía lee a Simone de Beauvoir; subiendo y bajando por la torre Eiffel con el corazón inundado por una sensación maravillosa de angustia existencial. Desde lo alto se ve un pueblo medieval que está a unos doscientos kilómetros. Pensando en los que quieran ver París, yo construiría en ese pueblo una torre igual de alta.

Pero viajar, como todo en esta vida, termina cansando. Además, el hombre no ha venido al mundo a hacer y deshacer maletas. Dios habló de sudar, Buda de meditar, Lenin de hacer la revolución; ninguno de viajar. Yo me harté muy pronto de los viajes. Y más aún del jaleo ese de la vida, aunque solo sea porque, siempre que me puse a vivir, volví hecho un asco.

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