Los primos con las primas… tienen que estar

twist600
Por Rhumquina

A los diez años, los respectivos padres pusieron en contacto por primera vez a sus hijos. Y así, un año sí y otro también, el niño de provincias conoció Madrid y conoció a su prima.

Alternativamente intercambiaban residencia. Los tíos en Madrid pasaban los veranos en la vivienda aislada con jardín y piscina, aneja a la nave de trabajo que surtía de productos manufacturados a la tienda que en el centro tenían abierta desde después de la postguerra. Con todas las vacaciones para el ocio, además de visitas culturales a la Villa, las jornadas transcurrían con actividades al aire libre, en la piscina o recogidos por el calor. De la forma más natural los juegos se intercambiaban y primo y prima se divertían unas veces más con pelotas y otras veces más con muñecas.

Pero año a año los juegos se fueron sutilmente erotizando. Existía una cierta vigilancia de la tía que, a pesar del peso de la educación nacional-católica, se traducía más en un “cuanto se quieren los primos” y era verdad porque un sentimiento, que cosquilleaba los genitales, les embargaba a ambos conscientes que pertenecían a dos sexos condenados a entenderse o por lo menos a tenderse puentes.

En aquellos tiempos era costumbre madrileña ir a la sierra los domingos de excursión en grupos de familias afines. Para ello se desplazaba todo el colectivo, chicos y grandes, en autobús hasta el lugar elegido, donde aparte de baños en parajes naturales y entretenimientos de los que siempre hemos visto en películas americanas, se comía, y bebía, en franca camaradería y aprovechando la siesta o el mus de los mayores, los niños organizaban alguna francachela entre ellos, de tal manera que a la hora del retorno, por algún motivo u otro todo el mundo estaba bastante rendido.

Fue en el viaje en autobús de vuelta cuando, en asientos contiguos, adormecidos, ambos primos fueron acurrucándose uno con el otro y con el crepúsculo obscureciendo y cierto apartamiento de las miradas de viajeros limítrofes, el primo, algo más despierto, comenzó ligeros roces que terminaron en suaves tocamientos que materializaron la convicción de que les había llegado la edad adolescente. Hasta que las proximidades de la ciudad desperezó a los viajantes.

Al año siguiente, fue la prima la que acompañó de vacaciones a la playa a la familia del primo. Habían alquilado una casa en un pueblo pesquero y en aquel momento no era difícil conseguir espacios de suficientes habitaciones y buena localización respecto al mar que propiciaba estar la mayor parte del día en la arena. No obstante, la edad de nuestros protagonistas era ya de catorce años, paseos y excursiones a parajes próximos eran moneda común de la pandilla de veraneantes jóvenes que, habituales del lugar o nuevos ese año, con el paso de los días iban decantando simpatías mutuas para que el juego del “me gusta/no me gusta” fuese haciendo mella entre ellos.

En una de las últimas excursiones la prima y el primo, fruto de algún juego desarrollado por todos, quedaron ocultados y juntos tras una duna, pero cuando, próximos como otras veces, el primo le pidió algo más que en otras ocasiones, la prima se negó pudorosa o prudente. El primo, tras aquella tarde, pareció descubrir que otra chica, guapa y de Cádiz, que veraneaba aquel año acompañando a otros amigos de la pandilla, en lugar de a los requiebros de alguno de ellos, tenía interés por él. También sabía de la atracción que le tenía la hermana de otro amigo, pero ésta no le había seducido por razones que ahora no vienen al caso. Total que en la fiesta de despedida que en el casino del pueblo se hacía para los veraneantes, en cuanto se escuchó la ‘música moderna’, que iba a prevalecer aquella noche en el tocadiscos del bar, se lanzó, aun cuando era para él la primera vez que movía el esqueleto, a sacar a bailar a la gaditana y ella aceptó encantada. Demostrada la torpeza del primo, con pisotones, en el repertorio lento, fue en las piezas sueltas sin embargo, donde demostró un ritmo inaudito para un principiante que, bailando Winchester Cathedral con movimientos inspirados en el twist, consiguió las sonrisas más dulces de ella que luego -los mayores también estaban en el baile- en la despedida en portales oscuros cristalizaron en un buen morreo, pero que resultó tardío y demorado ya que se producía el último día del veraneo y sólo servía, si acaso, para prometer emociones el año siguiente.

La prima, que con más amigos había presenciado todo, comprendió entonces lo que había que darles a los chicos para camelarlos totalmente. El destino no les permitió una segunda oportunidad, porque esos veranos ya no volvieron nunca más.

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