Lo único que necesitas

DONBENITO
Por Gómez.
POLOS DE LIMÓN

No sólo hablaba dormida, sino que, en los primeros estados del sueño, era capaz de mantener una conversación coherente y fluida durante un buen rato, esto es, de narrar lo que estaba “viviendo” a medida que lo soñaba.

—¿Dónde estás? –preguntaba yo.
—En la playa.
—¿Y qué haces?
—Me como un polo.
—¿De qué?
—De limón.
—¿No te bañas?
—El agua está muy fría.

Era increíble. Además, hasta podías influir en el curso de su sueño:
—Pues si te constipas tendrán que ponerte una inyección –le decía yo, para animar el cotarro, sabedor de su fobia a las agujas.

Lo que provocaba una nueva deriva del sueño: ahora, se supone, de la playa había pasado a un consultorio médico u hospital:
—¡Dejadme en paz, payasos –exclamó enfadada–, o si no… Alfredo os va a matar a todos!

Alfredo no iba a matar a nadie, claro. Alfredo disfrutaba como un enano con aquellas surrealistas conversaciones.

DOMINGO

Sueños aparte, es la persona más dulce que he conocido jamás. Conviví con ella desde los veinte –diecisiete en su caso– hasta casi los treinta. Fue una década maravillosa en todos los sentidos. No hace mucho escribí, en otra parte, lo siguiente acerca de M. y nuestro primer apartamento:

Fíjense:

Mi memoria ha volado hasta el día en que nos mudamos a aquel lugar, y lo ha hecho con una precisión desconcertante. Era un domingo por la tarde y quedaban, como es lógico, decenas de cosas por hacer. Me he recordado colocando unas estanterías mientras mi chica fregaba el salón. Una luz arrebolada –y supongo que resulta curioso acordarse de una luz de hace tantos años, pero así ha sido– penetraba a través de la cortina, bañándonos con una calidez aterciopelada y, de alguna manera, enormemente dominical.

Felices por lo que se abría ante nosotros, teníamos la música puesta a todo volumen mientras trabajábamos. Y daba la impresión de que ella fregaba el suelo al compás de las notas que sonaban en el estéreo. Y eso mismo le dije:
—Parece que estés bailando.

Por toda respuesta, arrojó la fregona al suelo y se puso a bailar en el centro del salón, riendo a carcajadas mientras lo hacía (nunca tenía salidas así). Yo dejé también lo que estaba haciendo y también me eché a reír.

Mi chica llameaba. Elle rayonnait, por decirlo con Mallarmé… No sé si me entienden; pero de haberla visto aquella tarde, a buen seguro que se harían una idea.

Siempre he albergado la certeza de que la vida, tomada en su conjunto, carece en absoluto de sentido, y sólo cuando la sesgamos y tomamos de ella los hilos con los que está tejida cobra algún significado. Hablo de esos pequeños instantes, a caballo entre el anterior y el siguiente, en los que apenas reparamos mientras estamos viviéndolos. El problema suele ser aprehenderlos. Sobre todo los buenos momentos. Sobre todo cuando están sucediendo.

Pues bien: estos minutos que acabo de narrar conforman un momento de la mía, apenas un pequeño paréntesis desprovisto en absoluto de pirotecnia, triunfo o gloria: sólo un momento suavemente feliz de un día suavemente feliz. Sin embargo, mucho me temo que estos segmentos en apariencia triviales constituyen, al fin y a la postre, el Gran Regalo, probablemente el único tesoro verdadero que pueden dejarnos a su paso las horas, los minutos y los días.

38

Una mañana entré en casa y saqué de una sabaquera mi flamante revólver del calibre 38.
—¿Te lo han dado? –dijo, incrédula.
—Sí.
—¿Con papeles de verdad?
Le mostré la licencia de armas y la guía del revólver.
—Todo completamente legal –prometí.
—¿Y el psicotécnico?
—Lo pasé.
Se echó a reír.
—Están locos –sentenció, verdaderamente divertida–. ¡Qué bestias!
—Ya.
Sin parar de reírse se metió en la cocina. Desde el salón de tanto en tanto la escuchaba murmurar en voz alta: están locos… Y luego reírse otra vez. Ella sola.
Pasó así un buen rato.

LANGOSTINOS

La vieja Barceloneta preolímpica, a finales de los ochenta. Unos treinta y cinco grados a la sombra, como poco. Por alguna razón –supongo que tendría el coche en el taller, depósito municipal o cuneta—fuimos a pasar la mañana en una de aquellas playas urbanas –que poco tienen que ver, dicho sea de paso, con las de hoy—y, al acabar, decidimos ir a comer una paella en alguno de los bares de la zona. El sol caía a plomo aquel día, así que nos refugiamos en el primero que encontramos, y rápidamente, pedimos algo de beber. Cuando nos dimos cuenta de dónde habíamos aterrizado, ya era demasiado tarde como para dar media vuelta.

Era, sin lugar a dudas, el lugar más triste del mundo. Y me temo que me quedo corto. Faltaría a la verdad si intentara cualquier descripción física de aquel espacio después de los años transcurridos, pero sí recuerdo con inquietante nitidez unos azulejos de la pared torpemente decorados con motivos, por así decirlo, marinos:

Gambas, langostinos, mejillones, bogavantes y otras criaturas marinas imposibles de reconocer… Un auténtico horror que parecía dibujado por un párvulo con severas alteraciones sensoriales.

Lo dicho: el lugar más triste del mundo a la hora más triste del mundo. Y todo ese sol despiadado, allá afuera…

A nuestro lado estaban sentados una pareja de ancianos del barrio. Muy muy viejos. Más de setenta, seguro. Hablaban en voz lo suficientemente alta como para que, aun sin quererlo, no nos perdiéramos ni una palabra de su conversación. Por lo visto, estaban casados. Por lo visto también, él mantenía una aventura –no se me ocurre otra palabra mejor– con otra. La mujer, llorando, le estaba pidiendo que la dejara.

Ambos, como dije, no andaban muy lejos de los ochenta.

No recuerdo los términos exactos del diálogo, pero sí el final de la conversación:

Tendrás que joderte.
Eso le dijo aquel puto carcamal en aquel bar de mierda. Textualmente.
Tendrás que joderte.

Cuando se fueron, M., tan alucinada como yo, me preguntó:
—¿Lo has oído?
—Sí, sí –le dije.
—Es… es…
No le salía ninguna palabra adecuada para describirlo. Ni a mí.

Nunca volvimos a mencionar aquello. Pero ahí quedó, por lo menos en mi caso. Intenté escribir el episodio, sin conseguirlo, unas cien veces a lo largo de los siguientes diez años, cuando M. ya no estaba a mi lado. Me parecìa muy importante hacerlo. Pero era incapaz de trasladar al papel el ambiente, la situación y, sobre todo, el efecto que aquella conversación causó en mí. Y sigo igual. Sólo puedo decir que en aquel preciso momento supe, sin asomo de duda pero sin tener ni idea del porqué, que lo nuestro, nuestra bella historia de amor, se acababa de ir al traste.

Así fue.

EL SEÑOR BENITO Y YO

Dos capullos, al parecer desconocedores de que la casa de un hombre es su castillo, se presentaron en mi portería para hacer, por así decirlo, algún tipo de reclamación contra mi persona. Me temo que los motivos de la queja han quedado sepultados por el paso del tiempo.

—Ahora bajo –dije por el telefonillo.

Cogí mi bate de béisbol –“el señor Benito” para los amigos– y fui a ver qué se les ofrecía a los dos pájaros.

M. estaba leyendo una revista de moda en el sofá del salón, y me vio pasar.

—Ahora vuelvo –dije.
—¿Vas a jugar un partido?
—No. A comprar tabaco.
—¿Con el bate?
—Ahora mismo vuelvo.

Al verme salir del ascensor acompañado por el señor Benito, los sujetos recordaron en ese preciso instante que tenían algo muy importante que hacer en otra parte, posiblemente en la otra punta de la ciudad. Sea como fuere, cuando llegué al portal estaban ya al final de la calle, corriendo como posesos.

Jamás volví a tener noticias de ellos.

Volví a casa. M. no se había movido ni un milímetro de donde la había dejado.

—¿Has comprado tabaco? –preguntó sin levantar los ojos de la revista.
—Estaba cerrado.
—¿Todo va bien?
—Todo bien. Sí.

Continuó a lo suyo como si nada. Hojeando la revista, bella, fría como el acero. Y todo iba bien. Todo iba muy bien…

Todavía.

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